Santiago de noche es otra cosa

Santiago de noche es otra cosa

Santiago de noche es otra cosa

En la noche todos los gatos son negros, y es verdad, pero al parecer los mismos gatos de día son otros de noche, porque Santiago de noche es otra cosa.

Al ciudadano chileno le encaja a la perfección el traje nocturno, el traje que flirtea con la libertad y la justicia, ese traje que está potenciado con los accesorios perfectos de la ocasión.

La transformación que adquiere el ciudadano chileno cada vez que se oscurece, al parecer es inevitable y como arte de magia se apodera de él como un guerrero libertador.

Un fenómeno que data desde el bohemio oligarca parisino del siglo XIX, cuando los jóvenes enviados por sus padres a Europa pasaban gran parte de su educación entre libros y bares de aquella época.

No es casualidad que al regreso, muchos arquitectos y otros profesionales afines, comenzaran a crear pseudo barrios parisinos para rememorar las aventurillas y hazañas de su vida universitaria. Mientras, en Chile, la fiesta se movía en cantinas y bares con el nacer folclórico de época de los sectores más bajos de la sociedad.

En la actualidad, pareciera ser que el acceso al placer nocturno ha amparado a los jóvenes con un discurso de transversalidad a la sociedad con el toque de placer que ha dejado entrever que al momento de divertirse, todos somos iguales.

La sensación del maltrato histórico de la sociedad chilena ha dado la excusa perfecta para el cobro inconsciente de la deuda de desigualdad ante los jóvenes.

De una u otra forma, las nuevas generaciones se las han arreglado para complacer sus deseos y abrir la llave de la represión de sus antecesores, que coincidentemente han sufrido el abandono de sus padres por motivos económicos, por un lado para hacer fortuna, y por el otro donde ésta escasea.

Al llegar la noche, el ciudadano acompañado de inhibidores se dispone anímica y espiritualmente a darlo todo; tiene la oportunidad y la toma, porque quizás mañana no la volverá a tener, pues la noche no es eterna y debe ofrecer todo lo que esté a disposición para emprender el viaje del deseo y alcanzar la satisfacción.

Esto al ciudadano le ha caído como anillo al dedo, por la diversificación de las ofertas de entretenimiento nocturno. Ha encontrado el rincón perfecto para liberar la represión, aquella que de alguna manera quedó anquilosada en su ADN por los avatares de la historia, y cuasi por añadidura viste su traje de batalla para satisfacer las fantasías más oscuras que adhieren en el ambiente nocturno.

En la noche emanan los traumas, las impotencias, los deseos, y todo se conjuga en el fragor de la noche. La única intensidad que pueda salir de la luz es la identidad, aquella que ha estado esquiva a lo largo de la historia del país.

Es por eso que, sin temor, el ciudadano ve el ejemplo en la televisión local, donde la programación nocturna denota la fantasía hecha realidad, donde da cuenta de los deseos que gustan de aventuras apresuradas y pasajeras. No es casual que en la noche, el público en general, vea con un amigable desenfreno: el beber alcohol, drogarse o tener sexo casual, porque de eso se trata no?, de ver el reflejo o la fantasía cumplida que la represión socavada en la cotidianeidad no ha permitido satisfacer y se lleva a cabo en la oscuridad, donde no muchos puedan ver, donde quede oculto.

Santiago de noche es otra cosa, es para aquellos que estén dispuestos a perder la virginidad moral al ritmo del descontrol y el carnaval, para aquellos donde las barreras sólo son impuestas por la luz de la sensatez, para aquellos donde el humo es el perfecto compañero de un escondite para el observador, aquellos donde el recuerdo quede oculto y que sólo hasta que la luz llegue y desenmascare el traje de represión pueda impedir la libertad de los traumas que solo el trabajo interno y el alimento del espíritu puede sanar.

La noche deja caer al reprimido, al que sólo el atardecer tiende los brazos de una nueva noche de sentimentalismo vano, limitado y primitivo que abraza la libertad sin límites.

La noche es uno de los fenómenos más hermosos de la vida, no obstante, no es culpable de la pérdida del romanticismo y de quienes la viven con venganza, y no ven en ella la oportunidad de encantamiento mágico y solidario que otros aprovechan en silencio.

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