Crítica en la Superación del Error

Crítica en la Superación del Error

Crítica en la Superación del Error

Con toda naturalidad es lógico y razonable asentir un modo de prevenir un fallo o error como resultado de una acción o proceso que deseemos llevar a cabo.

En un escenario menos favorable, al menos contamos con un plan de contingencia (el célebre Plan B) que nos permite librar del error o al menos restaurar una condición anterior.

Y es que intrínseco a la condición humana, esta mezcla entre razón y animalidad, siempre está latente, como la Espada de Damócles, la posibilidad cierta de errar.

Errare humanum est reza el proverbio latín, que Séneca completaría con sed perseverare diabolicum (errar es humano, pero perseverar es diabólico), que no hace más que reafirmar la idea cierta de “errar” en lo que decidamos y/o hagamos, independiente el nivel de interacción en el que nos desenvolvamos.

Un anhelo soñado hasta la obsesión casi compulsiva es materializar la ausencia de errores, lo que se ve mucho en la industria moderna, buscando minimizar la ínfima posibilidad siquiera del riesgo a equivocarse.

De la mano de esta iniciativa, y ya con declarados aspectos económicos sobre la mesa de análisis, aparece la robotización como respuesta brutal a los procesos de mejora productiva.

Esta deshumanización ad portas ha permitido avances reconocibles que han aportado en un mejor confort social, aun cuando los niveles de desigualdad de nuestra sociedad hagan ver que estas mejoras parezcan una broma de mal gusto, con etiqueta de “Reservado”.

El uso de implementos y artilugios de una sofisticación cada vez más exuberante, nos llenan de fascinación, una estupefacción que rememora los mejores tiempos de infancia, pero que a contracara nos debe dejar espacio a la íntima reflexión.

Estaremos ya en condición de sustitución, reemplazo o simple descarte? Nos aferramos a la idea de emotividad, esencia y alma para rebatir con grandilocuencia esta idea, y con mayor fuerza aun cuando apelamos al raciocinio como la evidencia inobjetable de la superioridad humana.

Y a pesar de la relativa validez de estos argumentos, los esfuerzos y aplicaciones automatizadas continúan desarrollándose incansablemente, en niveles de complejidad tan sorprendentes como atemorizantes.

Cuando somos capaces de reducir procesos cognitivos en simples pulsiones reflejas de condicionantes medioambientales, como por ejemplo la toma de decisiones, ya estamos reduciendo el campo de propiedad privada que mantiene la razón.

El quiebre parece estar en los procesos que no están asociados al uso de cálculos y procesos mecanizados de interpretación probabilística en variables de acción, sino por el contrario, en los procesos que se anidan en la emoción, expresión del sentimiento emanado del alma.

Y nuevamente jaque cuando analogizamos la expresión emotiva al nivel de reflejo circunstancial, porque en términos lógicos, somos capaces realmente de marcar la diferencia entre una respuesta aprendida de otra aprehendida, sin temor a confundirnos entre una u otra?

Profesionales de la simulación, los actores, nos lo muestran día a día, con simulaciones que sobrecogen hasta la frontera más extrema de realidad/fantasía. Incluso los simples vagabundos que nos conmueven con sus dramáticas historias más de alguna vez nos mueven al terreno de la duda.

Si pensamos que el sentimiento está en un sitial robusto en esta temática, la evidencia parece mostrar que no es tan así. La sentimentalización no es una constante, tiene un fuerte nexo respecto del medio y se alimenta con la experiencia.

Sin embargo, aún todos estos elementos son perfectamente factibles de homologar con una adecuada carga de datos, al símil de una supercomputadora que analiza y predice el clima, o las que juegan increíbles partidas de ajedrez, desafiando al más talentoso de nuestros campeones.

Hacer mención a la intuición es muy loable, pero la intuición no es también una rápida respuesta analítica a situaciones alimentadas por la empiria, sea propia o no?

Hasta la intencionalidad (independiente la calificación) y el “actuar de buena fe” parecieran también quedar relegados al menos al terreno de la duda, ya que en estos también podemos reconocer cálculos e intereses egoístas de beneficio particular-

Penosamente, esto lo vemos ejemplificado hasta el cansancio en el manejo político que con tanto esmero y profunda dedicación nos muestran nuestros gobernantes, con un llamado transversal de colores y banderas para que nadie se sienta excluido.

Por muchos que sean los cálculos, por muy acabada que sea la simulación, por muy razonable que nos parezca la respuesta emocional de un sentimiento emanado frío y lógicamente, el ancla de nuestra esencia en términos de dimensionalidad humana, radica en nuestros preciados 21 gramos, los que nos proveen de identidad, los que están muy lejos del sometimiento numérico, los poseedores de una herencia infinita que ha nutrido y nutre nuestra existencia.

Son los mismos que seguirán reclamando eternamente por nuestra liberación, por nuestra reivindicación, por asumir de una buena vez la moral del amo y no la del esclavo, entiéndase en el sentido del uso de la reflexión emancipadora.

El llamado es a luchar por la humanización, por lo que nos levanta como sociedad, por darle sentido a la doctrina social más allá de un credo impuesto, por equilibrar la balanza de oportunidad y crecimiento, para que nadie se nos quede bajo la mesa.

No es cerrar la puerta a la tecnologización, no se trata de radicalizar posturas que resulten en sesgo del aprendizaje, sino más bien velar por la íntima reflexión que equilibre y acompañe el deseo de ir más allá, de mejorar cada día más en lo que hacemos.

Que esta reflexión sea nuestro cable a tierra no para inhibirnos, muy por el contrario, porque necesitamos solidarizar puntos de vista, porque necesitamos aprehender concienzudamente de nuestro medio.

Es que el uso de herramientas tecnológicas nos facilita este largo camino de entendimiento? Por supuesto, en la medida que sepamos aprender “con” tecnología y no “de” tecnología, en la misma medida que seamos capaces de dar cuenta de nuestro real posicionamiento tanto como individuos como sociedad, con todos nuestros aciertos y con el perenne derecho a errar.

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