La historia de una negra jornada se escribe en si misma

La historia de una negra jornada se escribe en si misma

La historia de una negra jornada se escribe en si misma

El peso de una pluma puede llegar a demoler el ideal de muchos, tan solo dejando su huella a través de su tinta, ella ha de trazar las contorsiones más hilarantes, que antes han de tramar en la niebla y la penumbra.

En el íntimo encuentro de una pluma y una hoja de papel, se trazaría la más negra escritura envestida de luto, en este papel, con disimulo se ha rociado el hedor fatal y mortal que vestirá al lector de instrucción, para el acápite de un cuento que para unos comienza y para otros será el paso a una nueva vida.

En la carta ha quedado el estampado de las huellas rasgadas de la tinta, la cual se vestirá elegante para viajar con su mensaje a dictar la desdicha que han de ejecutar otros por delante, y aunque devastante en lo profundo, sólo acusa la mascarada y no el fondo.

En algún apartado, el sueño interrumpido se sorprende por la realidad, sin mas, hay que despertar con la disposición de oír, porque la casualidad no es de fiar y las señales de un sospechoso andan en el aire alertando lo que estaría por elucubrar, por ahora, el malestar y el estómago parpadea, dando cuenta de lo que alguna vez se presintió y que ahora se hace presente y merodea.

Mientras tanto, las calles observan la disciplina y la instrucción haciendo gala de su rigidez y frialdad, resonantes de ritmo constante, imponiendo el temor de cual avalancha intimida y nada deja a su paso, sino la destrucción de lo que no esquiva a su paso.

Los gigantes acorazados avanzan uno tras otro, al andar sin peligro ni miedo a derribar, la imponente estampa ahuyenta el viento que no se atreve a soplar en su contra, intimidante poder aquel, que no habla pero a la primera expresión, lejos hay que estar, para no aprender la lección y dar cuenta de su poder de destrucción.

El palacio se viste de trinchera para acoger a los que pretenden en su sentir más ingenuo, sostener lo insostenible, también para contrarrestar lo que las tripas han de gruñir, porque es hora de poner el pecho duro y apretar los puños, para defender la angustia, la incertidumbre, la nostalgia, la familia, todo aquello que solo los sueños logran hacer realidad.

En el cielo, las aves han de dejar el camino despejado junto a sus secuaces nubes, donde preparan la alfombra celestial más noble preparando el escenario desolado para el desfile de flechas plateadas, donde su disposición a surcar y sortear los cielos no pierde contemplación en el magro ambiente y pretenden con su mirar despiadado intimidar a los más duros concretos que se atrevan a desafiarlas.

En la oscuridad, la incredulidad hace turno y llega a su culmine, los hechos han hablado, los colores que pintan el cuadro se han definido y sin matices dan muestra de la obra concebida en blanco y negro.

A lo lejos la voz ha de hacer su tarea; en los hogares sólo el silencio las habita, mientras la voz de fondo con la pasión que algún día el más temible soñó ensalzar aquellos oídos de los hogares, insipiente parecer de aquella voz estoica y sin reparos, solo porque la responsabilidad tiene que dejar pasmado al inquieto y al indiferente, porque frente al sufrimiento que invade, no se puede ser menos de lo que amerita y acredita.

Al paso operante, las contradicciones y penurias avanzan seguras y consientes, pues el panorama, que deja entrever al compás de la danza asoma la masacre con azotes, que solo aquellos viejos románticos de las historias pueden contar con reposo, echando mano al recuerdo con entusiasmo de aquellas dominaciones primitivas de los pueblos antiguos.

Las fallidas opciones y el fracaso de brindar la alternativa para dejar envejecer la precocidad de la impaciencia juvenil, no logran el sufriente ánimo como para evitar la inminente tragedia que se concibió alguna vez, como aquel verdugo ejecutor de la justicia medieval a que espera la orden para degollar y poner punto final con su apreciada guillotina.

La lealtad se apodera del ambiente, la compañía vana y justiciera que se respira parece no tener fin, los murmullos abrazan la voz que no quiere callar y rehúye toda necesidad de abandonar, pero la voz ha hablado y deja caer el ancla para que solo aquellos navegantes que pretenden entregar el alma sin recibir lo hagan y aquellos que han de contar la historia, que tomen sus lápices y los guarden, porque serán responsables y encargados de contarles a las nuevas generación como se escribe la historia y no por reproche ni capricho, tan solo porque es el deber del valiente que debe en sus escritos traspasar la memoria del ser humano.

Las flechas plateadas han dado cuatro miradas fulminantes, agrediendo de manera hirientes al símbolo del poder dejando en claro cuál será su heredero, junto a ellas, los acorazados hablan y apoyaran el discurso de humo y neblina, cobijando la búsqueda del poder que atesorará el nuevo heredero del terror socavado.

Al fragor de la orquesta, una humilde bandera ha sido presa violenta del fuego, ardiendo lentamente con las lágrimas de la opresión, de la intensa crueldad del momento, del entusiasmo imprudente de lo brutal, quemándose y sollozando, apagando cual vela se derrite en una noche romántica mientras las palabras soplan frente a ella.

El tenor de la crisis siembra toda hierba que atesora lo mal parido, el semblante estoico de los muros blancos con adornos anquilosados soslayan y cubren de negras lágrimas, salpicadas como tales rocas en una avalancha, la fachada se pinta de fuego, como cual abrazo de aquella madre que no quiere perder su hijo, como tal adiós irresistible antes de partir, como tal ángel cubre el miedo.

La algazara no da tregua y deja a su paso un ambiente inhóspito y hostil, un arcoíris hecho de matices en blanco y negro, por fin ya no queda más que hacer, el desprecio a lo que los años han dejado de enseñanza se ha calmado, el respiro que se ha violentado, decanta, el recubrimiento de lo planificado señala que está hecho.

Al medio de la marea, las aguas se han calmado, pero junto con ello el ahogo y la voz se apaga, el silencio ha de saber el momento culmine, porque así tenía que ser, porque así son las historias, porque las condiciones ambientales han puesto las últimas palabras que en ningún minuto cuestiono la razón de seguir, porque simplemente no había escusa, porque ameritaba, porque la vida es así, porque el fin tiene que llegar, porque no basta con seguir, sin más trascender en un acto maniatado de sentimientos dejando caer su último suspiro de libertad para la eternidad, y pasar a la posteridad cargado en un chamanto de la Ligua por calle Morandé.

La culminación de aquello, que en el comienzo fueron las huellas de una tinta heredada de una pluma, solo fue el aperitivo de lo sucedáneo, que solo la historia de cuan valiente contará sin escatimar en ridiculeces, donde sólo el viento susurre al oído e inspire a los que siguen y griten a viva voz lo que en algún momento se apagó y libere todo bienestar para aquellos que nacerán y serán testigos de esta historia.

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