La Paradoja Militar

La Paradoja Militar

La Paradoja Militar

La fuerza militar, ejército, milicia, etc. ha sido desde inmemoriales y lejanos tiempos, referente y bastión inequívoco para la defensa de los fundamentos esenciales de toda nación, territorio o grupo societal asentado en algún lugar.

Obnubilar este sentido único refiere de desestimar el origen y evolución natural de las especies, dado que por una simple lógica de sucesos, la defensa no es más que la respuesta al ataque, lo que ya plantea un acercamiento a la real intención de mostrar una incuestionable superioridad frente a otros.

Rutina animal, es por cierto, la ley de preservación que ubica al más fuerte por sobre el resto de sus congéneres, lo que aparte de conceder privilegios, otorga un posicionamiento de cúspide jerárquico en la pirámide social.

Entonces, ya en una suerte de resplandor amenazante, la fuerza militar primitiva, ejército terrestre cabe señalar, era garante ideal para ejecutar y ejercer ambiciones expansionistas, sometimiento, amedrentamiento o simplemente inclinar la balanza comercial en el beneficio propio de algún líder de turno.

Nadie podría resistir la “noble” idea que todos estos avatares no son nada más que en virtud del engrandecimiento de una nación o sociedad, o por defender una causa o ideal que encumbra el espíritu más allá del horizonte conocido, logrando escalones incluso idolatrados.

Aún cuando en su origen pudiéramos dar cuenta de casos relativamente informales, al estilo de grupos armados, en general la fuerza militar tiene regulaciones, comportamiento y jerarquías bastante normadas, tanto al interior de estas incipientes instituciones, cómo en el comportamiento con el resto de la sociedad o civilidad.

Veni, Vidi, Vici (he venido, he visto, he vencido) rezaba el célebre lema de Julio César para demostrar de un modo ineludible, la superioridad y fortaleza infranqueable del líder capaz de todo, a la cabeza de una fuerza militar que no escatima esfuerzos para avasallar absolutamente cualquier contrariedad enemiga que osara enfrentar su camino, tal como alguna vez lo hiciera Alejandro de Macedonia, el “Libertador del Asia Menor”, nuestro conocido Alejandro Magno.

Análogo a estos acontecimientos, también las culturas originarias orientales y americanas preciaban una fuerza militar que apabullara cualquier levantamiento enemigo o simplemente acompañara los impulsos de extender fronteras y anexar territorios.

Raramente estos ejércitos tenían una mirada desdeñosa en el seno de la sociedad, dado que el sentido de resguardo y seguridad, alimentos inequívocos de la confianza, tenían una férrea defensa en esta leal fuerza militar que aseguraba el desarrollo, la prosperidad económica y porvenir de la nación.

Duraría este descanso social, ajeno a toda duda y creciendo cual árbol frondoso, pero desconocer que todo gran árbol genera una gran sombra, sería una mirada muy parcial y bajo cierto prisma, muy ingenua, pensando en que esta situación perduraría eternamente.

En términos históricos, y aún con los mejores esfuerzos de objetivizar la evidencia, la emulsión entre el poder político y la fuerza militar induce un daño colateral social evidente y primigenio, ya que atentar a las bases de convivencia provoca quiebres irreparables y contradictorios, a la par de opciones absolutas y tajantes, en un sentido o en otro, dejando escaso margen a la integración de ambos, procesos que sólo el tiempo es capaz de relativizar.

Tan altamente adictivo y contagioso resulta ser este vicio de manipulación sobre la fuerza militar hacia los propios en virtud de prevalecer cierta idea o credo, que de manera independiente a la dimensión  espacio/tiempo, este fenómeno se ha repetido tan seguido como la consecución de civilizaciones lo ha permitido.

Egipcios, griegos, romanos, persas, indios, chinos, incas, mayas, aztecas, etc. todos de alguna manera y en algún momento histórico, ejercieron de manera infranqueable una suerte de represión para ahogar descontentos ciudadanos derivados de tributos excesivos, implacables jornadas de trabajo, discrepancia frente a las leyes que se imponían, etc. y claro, el ingrediente común no era otro que enviar a las tropas contra los sublevados.

Así como las civilizaciones fueron teniendo mayor desarrollo y conciencia social, la sofisticación también daba cuenta de la fuerza militar, siendo siempre una importante pieza en el tablero del devenir político de una nación, pudiendo alterar la balanza en un sentido u otro.

Miradas al pasado no tan lejano, dan cuenta de esta fenomenología que como ya vimos, se distribuye transversalmente en el plano mundial, y que en Francia, por ejemplo, tuvo uno de sus episodios más notables, con un protagónico Napoleón que dio cuenta de un duro revés represivo al pueblo francés para instaurar un “orden” político a su medida, que a pesar de sus logros militares en pos del pueblo, en medida absoluta resarce un aplastamiento contra los propios, civiles en absoluta desventaja y nula posibilidad de defensa.

O es que estos personajes levantan estos procesos, o son los procesos que erigen a un personaje para dar respuesta a determinado momento histórico, la verdad es que ambas visiones tienen sus arraigos propios, pero lo que si es que el mundo continuó presenciando este espectáculo como en rotativa, a la suerte de un eterno retorno.

Mientras Rusia estaba en lo suyo, Italia también participaba entusiasta junto a otros tantos, cada unos en su propia medida, pero sin duda personajes como Hitler en Alemania y Stalin en la Unión Soviética, dieron al concepto represivo una dimensionalidad y grandilocuencia que por lejos superó a cualquiera de sus más enconados predecesores.

Una ya no tan incipiente América también tenía lo suyo, al momento de tener ya relativamente instaladas las respectivas soberanías, se da inicio al juego político de la estructura interna de cada nación, y así como los aires de desarrollo impregna el espíritu americanista, así también lo hacen las mañas y vicios gubernamentales.

Con el fortalecimiento de los países, se fortalece la institucionalidad de cada uno, y no tardan en sucederse episodios bélicos que salpican el alma local de cada país, enalteciendo el espíritu ciudadano deslumbrado por exitosas campañas armadas que sirven de refugio ideal para artimañas de interés político particular.

Hermanos en la independencia, hijos del sueño de integración, pero al final cada unos quiere lo suyo y nada más, desacuerdos demostrados en innumerables episodios de nuestra amada y herida América, herida por un sueño que hablaba de integración y que cae al paso de la decepción por el quiebre.

Omnipresente, la fuerza militar ha sido testigo y partícipe tanto en el orgullo patrio, emocionando lo más profundo del ser en los heroicos relatos de los nuestros, pero así también en la vergüenza más cruda y latente, con una emoción tan disímil a la anterior pero igualmente profunda, constituyendo así una paradoja histórica y universal que no nos pertenece, pero que hemos abrazado y que sólo el paso del tiempo sabrá dar contexto, pero que por lo pronto, de un modo u otro debemos equilibrar para reencontrarnos con la nobleza y honor que alguna vez, hace tiempo atrás, suscribieron la civilidad y la fuerza militar para convivir en la armonía que nuestra nación merece.

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