La Sarcástica Nobleza del Lucro

La Sarcástica Nobleza del Lucro

La Sarcástica Nobleza del Lucro

La concepción que acompaña al término lucro nunca ha estado exenta de polémica, denotado ya desde los tiempos de Lucano y Séneca, en la época de la Roma del Siglo I.

Ornamento implícito de la avaricia, aún pudiendo contextualizar o no el término, y aún apelando a la mera intuición, la semántica desdice y desecha cualquier intención de buena voluntad que pudiera presentarse a fin de apelar a una nobleza que claramente no guarda el asidero mínimo para darle una vuelta comprensiva.

Recapitulando, el uso del término lucro da cuenta de una mirada comercial por sobretodo, apelando a la obtención de una ganancia, beneficio, ventaja o incluso aprovechamiento, en virtud de una actividad comercial o bien material.

El problema radica en la finalidad que sustenta este concepto, dado que una ganancia podría apostar a sustentar el desarrollo social, por ejemplo, de determinada urbe, pero esta “nobleza” no es más que una falaz utopía en términos de la cruda verdad.

No es otra verdad que el enriquecimiento egoísta de beneficio netamente individual, la concepción primigenia lo establece ya de esa manera, por lo que en términos esenciales es muy difícil establecer una idea distinta que desvirtúe tajantemente esta concepción intuitiva.

Ante un sistema estructurado en el beneficio individual o parametrizado en un grupo reducido de inversores o dueños absolutos del capital, si aparece como una declaración de principios de buenaventura declarar el deseo de generar lucro basado en la actividad, justificación que parece razonable al contextualizar un sistema que pretende preservar el enriquecimiento y desarrollo individual más que equiparar una condición social que alcance a todos.

Visto de esta manera, la consecuencia humanitaria aparece como un elemento colateral, en un plano inferior y que sólo puede acceder a los beneficios de este lucro cuando los selectos dueños de la actividad lo permitan, ya sea porque es necesario salvar una apariencia legal o simplemente para bajar la tensión social en términos de aminorar el tono del repudio generalizado.

Aparecen como una excusa perfecta ciertos eventos de fin solidario para lavar esta heridas y lograr una empatía social que de una u otra forma soslayen los abusivos niveles de apropiación generados producto de un lucro que irónicamente no necesita ser encubierto, dado que el entendimiento popular lo da por sentado, como una suerte de inocente vox populi.

Resulta poco comprensible entonces que aún dando entendimiento a esta problemática del lucro, poco y nada se haga durante tanto tiempo, y por mucho que tengamos actos de cortesía hacia los matices de unos u otros, en términos de liderazgo y dirección de la nación, siempre la convergencia de los sucesos ha tenido un mismo fin.

Detallar los gobiernos que globalmente se han visto afectados por particulares intereses, incluso de carácter transnacional, parece algo trivial y de una cuantía arrolladora al hacer una breve y gentil retrospectiva al pasado histórico, en el que la mítica Troya deslumbra las primeras páginas enciclopédicas cual Venus resplandecía en los antiguos cielos.

Ejemplo brutal de nuestros días, y vivido absolutamente en tiempo real, resultó ser la tristemente famosa invasión de Irak por fuerzas que en afán libertario, poco y nada pudieron hacer para justificar acciones que desarmaron salvajemente la feble estabilidad de una región.

Tristemente célebre es el episodio que decantó en la Revolución de 1891 en nuestro Chile querido, cuyo origen radica en el enfrentamiento gubernamental a cargo de Don J. M. Balmaceda por querer salvaguardar un desarrollo social que por aquellos albores de nuestra patria era el escalón necesario en la evolución y posicionamiento nacional, en contra de intereses privados defendidos por el Congreso apoyado por la Armada de la época, que a decir verdad nos es más que el enfrentamiento de dos potencias transnacionales (EE.UU. e Inglaterra respectivamente) que esperaban sacar divisas (entiéndase lucro) de este quiebre nacional, lo que finalmente ocurrió.

El fortalecimiento de un sistema basado en el lucro que a esas alturas no mostraba reparos en desplegarse totalitariamente, terminaría por incidir en todo ámbito de actividad, análogo a un regente que dicta las normativas de comportamiento o proyección y cauce de desarrollo, pero que a la luz de la mirada un poco más incisiva, sólo es capaz de notar y amplificar un surco que en nuestros días tiene un carácter gráfico a lo que nos parecería el Gran Cañón del Colorado, en un tono no tan irónico y alegórico como en realidad quisiera expresar.

Aún cuando se quieran implementar medidas y regulaciones que pretenden mitigar esta dramática situación, la realidad basada en cálculos numéricos sólo empaña temporalmente la percepción respecto de situaciones que no ameritan desarrollos intelectuales profundos, dado que el peso de la evidencia que desnuda la fatalidad del día a día impregna el inconsciente colectivo de nuestra sociedad, y de no mediar movimientos y reconvenciones masivas popularmente, quizá esta temática aún no estaría instalada en la palestra de la discusión.

Mediar con una realidad que nos reduce a simples esclavos de un poder económico enquistado en un sistema basado en el lucro que se nutre con una precisión exacta, al modo de la mecánica de la relojería suiza, irremediablemente conduce a un colapso y a una reivindicación social que una vez más clama por recuperar una nobleza relegada por el enriquecimiento de unos pocos (muy pocos) en pos de una gran mayoría.

Orientar la discusión en un carril supeditado al lucro, es simplemente pretender continuar una indefinición que raya en lo inmoral, con ribetes de indiferencia total, y un abandono absoluto de nuestra esencia comunitaria, solidaria y participativa, que hoy por hoy está tan explícitamente arraigada en el tema Sistema Educacional, por ejemplo, y que casi como una súplica pide por un pragmatismo capaz de por fin levar anclas y dar curso a una travesía que permita dar la real oportunidad de participar del sistema ya no como una consecución numérica de tiempo, sino más bien como la forma en que nuestra nación logrará un correcto nivel de desarrollo y superación inclusiva, pero esta travesía tiene que iniciar ya.

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