Replanteando el Concepto Yeta – Antecedentes

Replanteando el Concepto Yeta - Antecedentes

Replanteando el Concepto Yeta - Antecedentes

Implacable, tajante, demoledor, instalado a fuego en nuestra expresión popular y entendido transversalmente en nuestra sociedad, figura el concepto yeta.

De un alcance tajante y lapidario en muchos casos, es una rotulación de la que nadie quisiera ser portador, pues de un modo u otro conlleva un mal resultado o un mal proceder.

El uso de esta expresión no es local. Su origen está en Nápoles, Italia, en que el dialecto expresa jettatura como “mal de ojos” o “atractivo maléfico” y jettatore como “hombre maléfico” o “alguien que con su presencia daña al resto”.

Posteriormente, migrada al lunfardo (jerga bonaerense) en los mismos términos, siempre apelando a la mala suerte o al mal designio. No hay registros formales del uso sino hasta comienzos del siglo XX, aunque modificada por fonética a yeta.

La llegada a nuestro país desde nuestro vecino es natural, dada la constante comunicación que desde tiempos preindependentistas siempre hemos tenido.

Semánticamente ha mantenido su connotación negativa, hasta el punto de estigmatizar irrenunciablemente a un individuo en términos sociales, haciéndolo acreedor de alcances y poderes de ilimitada magnitud, y que por cierto, como toda mitología clásica, carecen de certeza científica, y sólo se pueden sostener en base al clamor popular.

Uno de los episodios más recordados y que finalmente sacó del anonimato popular a este fatal concepto para instalarlo en el inconsciente colectivo de nuestro lenguaje casi de modo mítico,  data del medio artístico nacional de los años 60’, cuando un connotado personaje del medio, incipiente en esos tiempos pero no menos importante, tildó de yeta a un par de artistas de la escena bohemia de esos años, malogrando sus respectivas carreras en el medio nacional.

De ahí en más, y ya con un suficiente respaldo en el uso del lenguaje, este concepto ha logrado una masificación y popularidad que ya lo ha instalado en el seno de la idiosincrasia criolla.

Parece la excusa perfecta para adjudicar eventos y resultados que van desde lo negativo a lo catastrófico, a individuos que poco o nada, en términos sensatos, pueden incidir en la resultante de estos acontecimientos, transversalmente aplicados a todo orden y ámbito de cosas.

Así, desde la frustración por no lograr una meta deportiva, por ejemplo, en más de una ocasión trae a la palestra la discutible presencia de algún personaje que de por si ya es un mal augurio o predestinación ineludible de un mal resultado, exculpando así factores que claramente tiene mayor asidero pero que convenientemente podemos soslayar.

En términos políticos, la referencia yeta o “mala suerte” ha estado presente desde temprano, y a personajes reconocidos desde Simón Bolívar en Venezuela, los Presidentes José Figueroa Alcorta y Carlos Saúl Menem en Argentina, y Pedro Montt y Sebastián Piñera en nuestro Chile querido, aunque últimamente  la Presidenta Michelle Bachelet también ha sido blanco de ciertas insinuaciones en este sentido, quizá para compensar la fatalidad que aún permanece en la memoria colectiva del anterior período.

Alcances más, alcances menos, lo cierto es que aún a pesar de la increíble coincidencia o casualidad que muchos acontecimientos ocurren de la mano de presencias o participaciones indirectas, personales o no, la historia siempre ha querido acercar, más allá de lo tangible o comprobable, la incidencia personificada de la mala suerte, folklóricamente hablando, en una persona yeta.

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