Tribulaciones y Lamentos en Dorado

Tribulaciones y Lamentos en Dorado

Tribulaciones y Lamentos en Dorado

La obcecada y alucinada fascinación por el dorado tiene una historia tan disímil que camina entre la majestuosidad y arrogancia del poder, y la tragedia y lamento fatal de las insensatas pretensiones egoístas del ser, algo que rememora la mítica historia del Rey Midas.

Otros historias, otras épocas, daban cuenta de una relación absolutamente armónica y alineada en los procesos vitales e influyentes que establecía el Astro Rey con las primigenias poblaciones que ya empezaban a articular ideas y lineamientos respecto del natural comportamiento del medio.

Reverencia y envidia, pareció ser la premisa que se anidaba en el corazón de los ya no tan sabios conocedores del comportamiento natural, atribuyendo majestuosos y fantásticos poderes a este dorado ente que blandía con desconocido juicio el poder de la luz y oscuridad, el poder de la vida y la muerte.

Eso al menos era lo que se interpretaba y transmitía desde los místicos personajes a cargo del bienestar espiritual de la población, hacia los regentes, furan estos emperadores, reyes o faraones, quienes por sobremanera se entendían como herederos del poder supremo e hijos de una casta bendecida por el poder absoluto.

Nada pudo representar mejor esta absoluta magnificencia y superioridad, sino el uso de un metal que ya se trabajaba artesanalmente desde prehistóricas edades en artículos ornamentales y decorativos, principalmente por su facilidad de manejo y moldura, en contraste de otros metales de esa época, como el cobre, que tenían un reservado uso en artículos que requirieran de una mayor resistencia, como es el caso de las espadas, por ejemplo.

Así es como este dorado metal (cuantas veces interpretado como un regalo y manifestación del Poder Solar) rápidamente se ganó la primera fila de la admiración y deseo cegador de cuanto trono pudiera contar con él, y cuanto más fuera, mejor y mayor era el poder que se ejercía, alimentado por la aparente riqueza, rozando la invencibilidad, la sabiduría incuestionable, la sucesión infinita, y por qué no, la inmortalidad asegurada en un dorado receptáculo esencial, tal como lo demuestra el uso de innumerables máscaras mortuorias, destacando la de Agamenón y Tut Ank Amon.

Volcado a lo metafísico, y acuñado en el deseo de trascender, lo cierto es que la nobleza de este metal dorado dio para sustento de poder económico, para banales y ególatras necesidades, y también para insólitas prestaciones, respecto de esto último, por ejemplo, el uso de polvo de oro en preparaciones y brebajes medicinales como cura a la Peste Negra que afectó a la Europa de mediados del Siglo XIV.

Ante una creciente demanda de este dorado metal, a estas alturas un incuestionable referente para la tasación e intercambio comercial, y amparado en el misticismo de poderes que aún deambulaban en la penumbra del entendimiento humano, diversas expediciones trataron de dar alcance a lejanos territorios que míticamente se creía poseían incalculables tesoros, riqueza desbordante, dorado por doquier, y cuya exploración bien valía arriesgar la propia existencia con la promesa de la prosperidad como moneda de cambio.

Revestidos en la ciencia incipiente y mágica aún, empieza a articularse una élite de investigadores circunscritos a la Alquimia, denominada de esa manera por herencia de las artes tanto del Medio como Lejano Oriente (de hecho, la palabra tiene etimología árabe), y que de un modo compulsivo y obseso, volcó abnegados esfuerzos en alcanzar una comprensión y manejo respecto del uso de los metales, tanto en sus aplicaciones como en su obtención, un metal nunca está en el medio natural en una forma pura, debe ser procesado para lograr la funcionalidad deseada.

Durante siglos, y transversalmente distribuida en el mundo, la Alquimia logra importantes avances y desarrollos prácticos, siendo cada región que la abraza poseedora de particulares secretos y aplicaciones, como la Pólvora Negra en China, pero sin duda su filiación más comúnmente conocida, es la que circunda a la transmutación de determinado metal en uno precioso, en este caso referimos al oro, y aunque esta referencia pudiera sonar a mero mito o insensato y liviano alcance, a fines del Siglo XVIII, ya en descenso de las actividades alquimistas, se decía que por fin se había logrado alcanzar la anhelada transmutación en Oro a partir del Mercurio.

En una mirada a nuestra América, los tres Grandes Imperios precolombinos mantenían en el Sol una suerte de misticismo y encantamiento análogo a lo que ocurría en otras latitudes, cobrando el dorado elemento preponderancia vital en el ornamento y cotidianeidad entre la casta regente, trasuntando al pueblo toda la devoción y ceremonial que la investidura requiriera, subyugando la sensatez a la necesidad ostentosa y figurativa.

Tema aparte lo constituye el mito de El Dorado, una magnífica y misteriosa ciudad construida y ornamentada con oro, y que junto a la Atlántida, formaron parte del inconsciente imaginario de generaciones tras generaciones, no siendo hasta muy recientes tiempos en que ambos fantásticos misterios han encontrado cierta respuesta a manos de infatigables expediciones científicas.

El Dorado estaría basado en un mito que encuentra origen en historias de los primeros conquistadores españoles basados en un extraño ritual indígena que tenía lugar en una laguna cercana a lo que es actualmente la ciudad de Quito en Ecuador, aunque otros relatos alimentan el mito con nuevos ingredientes, manteniendo el misterio por un tiempo más.

Aún cuando el Imperio Inca hizo todos los esfuerzos posibles, recaudando desde lo más recóndito del territorio hasta la última pieza de oro disponible, aún así no fue posible ni recuperar la libertad del Inca Atahualpa, ni salvarlo de la ejecución en ciernes que rezaba sobre él, lo que a la postre marcaría la caída del último Imperio Americano.

Mitos, esperanzas, prosperidad y herencias de profundo orden sentimental acompañan de siempre a los poseedores de piezas del dorado metal, sin embargo, una sombra de infortunio parece nunca tomar distancia, y a la suerte de una extorsión, pareciera que hasta los arraigos sentimentales y emotivos más profundos que pudiéramos atesorar simbolizados en estas piezas metálicas, tienen una valorización intrínseca que en una angustiosa temporalidad, ya la hace partícipe de una oscura transacción en que la nobleza de la intención relativiza tristemente lo que va asociado en términos sentimentales por sus respectivos dueños.

Oscurecidos en la fatalidad, desprotegidos en el recuerdo, cuesta dar cabida al entendimiento cuando parte del patrimonio esencial y no material de un individuo, sus recuerdos y vivencias, hoy son llorados ante la pérdida inminente del símbolo que representa esta esencialidad ausente, es lo que acontece con importante cantidad de usuarios de un sistema estatal basado en préstamo/empeño que hoy no tiene forma de resarcir la emotiva y sensible filiación resentida y extraviada en la perversa conducta delictual, lo que ni duplicando o cuadriplicando su valoración comercial, logrará reivindicar lo que espiritualmente representa.

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