Catarsis en una Antología del Abuso

Catarsis en una Antología del Abuso

Catarsis en una Antología del Abuso

Catarsis en una Antología del Abuso

Los límites que el poder y su ejercicio establecen, en retrospectiva histórica, usual y seguidamente son puestos a prueba por quienes lo ejercen, haciendo del abuso una fatal y triste variable que poco a poco genera una naturalización recurrente en el inconsciente colectivo social.

Ocurrencias en este sentido tienen una transversalidad y distribución global que obviamente ha cobrado mayor peso e injerencia en la medida que nuestras sociedades han alcanzado cierto nivel de desarrollo y evolución, aún muy en ciernes, y sobre todo a la luz de hegemónicos ejercicios de poder.

Resulta pintoresca la “asimilación” que este funesto ejercicio del poder precipitando en abuso, hace de nuestra primitiva esencia animal, símil a lo planteado por Charles Darwin en su obra El Origen De Las Especies, que establece como fundamente la preservación natural vía adaptación al medio, pero que también remarca la subsistencia vía poder, lo que comúnmente se conoce como “Ley De La Selva” o “Ley Del Más Fuerte”.

Este noble establecimiento de Darwin, concebido a la luz de su inagotable travesía mundial, establece parametrizaciones y conductas instintivas de una lógica de supervivencia en el Reino Animal, que parecieran tener un asidero y analogía de comportamiento social que realmente llama a la reflexión acerca de la vana superioridad de la cual hacemos gala con una desfachatez tal, que a la luz de los hechos, del abuso, de la historia en sí, llama a la profunda introspección, en el más puro sentido de la catarsis griega.

No resulta distante entonces, que nuestra patria también se enmarque en esta suerte de torbellino de muestras de abuso, porque es algo a lo que como sociedad estamos expuestos cotidianamente, y al momento de individualizarnos a la sombra de la tenencia del poder, el debilitamiento de nuestra esencia en términos de cimientos, son traslapados en pos del dorado brillo del enriquecimiento y superflua vanidad.

A mera particularidad, y precisando el enfoque en la influencia valórica, educativa y formadora que la Iglesia ejerce, el abuso goza de un cariz distinto, profundo, esencial y diametralmente decidor en términos de aceptación o rechazo en virtud del reflejo e influencia social que determinadas obras tienen sobre la comunidad.

Vanos y estériles resultan, a la vista más alejada, los incasables e inagotables esfuerzos en fortalecer el bienestar social, en defender principios esenciales, en la educación impartida con sana vocación, en la lucha por la reivindicación de libertades trastocadas en privaciones, tanto materiales como de pensamiento y razón, que en el peso avasallador del abuso, pasan a un segundo y tercer plano de la consideración social, vilipendiado en términos institucionales sin distinción ni particularidad, una generalización muy propia de nuestra actual idiosincrasia.

Tiene una relevancia e impacto social tan grande, incuestionablemente mayor que el enriquecimiento material, cuando la orientación del abuso apunta a nuestras juveniles e infantes generaciones, siendo ya el impacto de una manipulación del uso de la razón y pensamiento basado en la retórica, una fuente de rechazo pleno, pero cuando este abuso tiene una connotación física, ejercicio de una dominación y aire de superioridad plena, entonces si es absolutamente condenable y repudiable transversalmente en términos de la comunidad.

Este tipo de acciones son las que desvalorizan totalmente, reduciéndolas a lo deleznable, toda acción o trabajo previo en pos de la defensa de nobles principios sociales, y lamentablemente nuestra sociedad está siendo objeto y testigo aún en nuestros días de este tipo de abuso, algo que hoy por hoy queda expuesto con una celeridad tal que hace extrañar tal vértigo en la aplicación de las respectiva condena al delito.

A la luz de procesos que se extienden por años, y que a veces son débilmente perseguidos por los que debieran ser los más interesados, la Iglesia en este caso, la resolución judicial (cuando la hay) no genera la respectiva sensación justa de la pena merecida, lo que atenta aún con mayor eficacia en el desmedro de la institución.

Moral y moralidad parecen adornos de un discurso tan manoseado y carente de sustento, que poco comprensible se muestra cuando quienes hacen una autocrítica al respecto, resultan silenciados o al menos receptores de un llamado de atención, como olvidando en el baúl más recóndito de la vieja buhardilla, la real cimentación y equilibrio de la Ortodoxia y Ortopraxis de la enseñanza eclesial católica, que no es más que la propagación del mensaje cristiano que con tanto afán exhibimos en la solapa de las virtudes.

Objetivamente, es claro que en todo orden de cosas, se dan situaciones que llaman a la revisión y a la autocrítica, y es claro que en una institución existan distintos enfoques sobre tal o cual tema, al fin y al cabo, es parte de nuestra humanidad, pero pretender y hacer de esto una notoriedad, es un claro exceso si al otro extremo de la cuerda no equilibro esta conducta en un enérgico repudio materializado en algo más que una sanción domiciliaria que a la luz de la opinión pública, parece sólo un paseo al campo y no con el peso judicial que amerita este abuso, algo que sólo una condena al estilo “Justicia Para Todos” podrá reivindicar la mirada comunitaria y social.

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