Epítome de un Relato Colonial

Epítome de un Relato Colonial

Epítome de un Relato Colonial

La concepción colonial, para dar una justa y global contextualización histórica, debe ser considerada tanto como el vehículo del desarrollo de una zona, región o territorio, como también la sucesión de una dolorosa herencia invasora y conquistadora.

Asentada ya la especie humana en algún territorio o región en particular, echando vista a unos cinco mil años atrás, se establecen las bases para que pueblos antiguamente nómades, alcancen la sedentarización,  se desarrollen productivamente, crezcan poblacionalmente, y finalmente viene el impulso expansionista.

Visionarios, aventureros y exploradores de alma, comulgarán la idea de extender fronteras y alcanzar nuevas fuentes de aprovisionamiento que busquen nutrir de mejor manera a una creciente población ávida de un desenfrenado desarrollo.

Aunque revoloteen en la bóveda del recuerdo ciertas escaramuzas invasoras alojadas en una concepción ideológica, al menos en términos de intención primigenia, lo cierto es que a la luz de los antecedentes históricos, los casos hablan de una persecución egoísta y soberbia de la riqueza y bien material de una nación a expensas de un territorio del  que poco importa la natividad propia, alojando la concepción de “Proceso Colonial”.

Resulta muy difícil soslayar en este contexto de invasión ideológica y libertaria, las expediciones de Alejandro Magno y el proceso medieval de Las Cruzadas, dos de los emblemas notables que podemos reflotar en la mirada retrospectiva, e incluso considerando el caso misionero y evangelizador que el catolicismo impulsó en toda la orbe, este proceso también presenta en muchos de los casos, el particular auspicio de una previa invasión y conquista, o al menos en desarrollo.

Distanciar este Proceso Colonial de un conflicto armado, independiente de la crudeza del conflicto, resulta un ejercicio a lo menos agotador y extenuante, logrando un escaso y exiguo resultado en términos de la nobleza del origen del episodio en cuestión.

En nuestra Latinoamérica tenemos el triste honor de ser testigos vívidos y herederos de este tipo de situaciones, en que nuestra raza originaria fue diezmada en términos absolutos por el conquistador de turno, que entre españoles mayoritariamente, y portugueses en una lejana escolta, tomaron posición y posesión territorial, con episodios de conquista que aún hoy estremecen el consciente histórico por el despliegue de fuerza brutal y avasallador, ejecutando una política colonial absoluta en términos de dominio y regencia, y que derivó en una no menos tranquilo proceso independentista de nuestros pueblos.

Tomando el caso chileno, el proceso de conquista que inicia con la expedición de Diego de Almagro (principios Siglo XVI) y que finaliza en la última Gobernación de Alonso de Ribera (principios Siglo XVII), da cuenta de un proceso de asentamiento de nuevos centros urbanos establecidos entre las fronteras naturales del Río Copiapó y el Río BíoBío, y regencia que tenía su representación local en la figura del Gobernador (representante directo del Rey de España) con potestad absoluta del poder político, económico, judicial, militar, etc.

Este proceso colonial deja, por sobre todo, una marca indeleble (y que aún hoy persiste de algún modo) respecto de la resistencia araucana establecida férreamente al sur del BíoBío contra los intentos españoles de introducir asentamientos en aquellos territorios, que estableció un conflicto (Guerra de Arauco) que alcanzó una temporalidad de casi tres siglos.

Ad portas de una nueva conmemoración del “descubrimiento” americano por parte de los españoles hace ya poco más de cinco siglos atrás, vale la pena (y mucho) repasar históricamente la génesis y desarrollo de este proceso, del que somos hijos y herederos de una mezcla cultural que debiera equilibrar lo mejor de ambas, sin pretensiones de “exterminio” de una frente a otra.

Miradas originarias y sucesoras del proceso colonial están llamadas a converger en una amalgama homogénea que dignifica nuestras raíces, que recupera nuestra esencia social y no nos encandila en alucinaciones que no nos pertenecen, pero de las que si nos apropiamos.

Orientemos este recuerdo histórico colonial en un marco respetuoso, llamado a la conmemoración, a la reflexión, a la empatía de nuestra pertenencia, al voluntarismo de una pacificación social equilibrada y que recupera y reivindica nuestro pasado grabado a fuego en la piel y que más temprano que tarde debiera refrendarse en una real comunidad fraterna anclada en la memoria común de nuestra Latinoamérica.

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