Con el Fervor de Balones a Pelotas y Pelotudos

Con el Fervor de Balones a Pelotas y Pelotudos

Con el Fervor de Balones a Pelotas y Pelotudos

La exacerbada afición por una actividad, el encantamiento desproporcionado, el entusiasmo desmedido, la dependencia anímica de un resultado favorable, las manifestaciones de fanatismo radical, en fin, situaciones extremas que denotan del fervor una adopción del apasionamiento llevado y exigido en el límite.

Obviamente, la expresión fervorosa no está contenida ni convive en la actividad, sino es un carácter que el ser le otorga, atribuyendo status de personal trascendencia y jerarquía a la cotidianeidad del entorno societal en el que nos desenvolvemos.

Referir este fanatismo a la expresión religiosa, es limitar el verdadero alcance que hoy por hoy dedicamos a la absoluta sumisión por la actividad, algo que va desde nuestra inserción laboral, hasta lo que nos puede estimular en términos de distracción o dedicación de “tiempo libre”, alcanzando ribetes de enajenación en nuestro círculo íntimo y/o una radicalizada percepción entre lo aceptable y lo conveniente.

Es amplia la gama de actividades que quedan sujetas al abrigo del fervor voluntario que regalamos cual premio liberador de nuestra consciencia oprimida, pero es convenientemente hoy el deporte el que más atención acapara, en un formato tan sutil y soslayado que comúnmente no es considerado en esta fervorosa reclamación.

No es que se actúe con simpleza en este reconocimiento, sino simplemente suena un tanto más romántico referir a la pasión por sobre el fervor, algo que semánticamente rescata una positiva valoración de lucha por ideales y expresión de libertad, que aún cuando tiene toda validez para el practicante continuo, parece que excede un poco cuando la virtud es apropiada por un lejano observante que siente un compromiso intrínseco por algo que quizá ni acaba de entender integralmente, y que es asimilado simplemente con las herramientas cognitivas que se dispone, y que cuando no son de un alcance equilibrado, usualmente desborda animalidad por alguna de sus riberas.

Ampliamente difundido, y poseedor de una cautivante destreza en nuestra América, el deporte del balompié o fútbol, invento inglés de fines del Siglo XVIII, genera y motiva una aceptación e inmediata representación (en la generalidad) en el entorno de la actividad, pero es para el marginado practicante, el adepto, el hincha, que este deporte se practica con una difusión y entrega total, a diario y en todo horario, tanto por lo que ya fue, como por lo que va a ser, rescatando ancestrales resultados históricos, envaneciendo conquistas y méritos lejanos como propios, escondiendo una aterradora y violenta emancipación violenta en un manto de pseudo pasión, cual volcán que con estrépito arrasa con poblados y territorios, en una furiosa búsqueda libertaria.

Variadas son las ocasiones en que hemos atestiguado la animalidad exacerbada que muchos esconden en la aparente inocencia de la afición, un problema que claramente es global, no tiene un dueño exclusivo, un problema que no recae en la actividad en sí, pero si atenta al desarrollo de sociedad al que nos dedicamos, al que pertenecemos y al que si le debemos fervor, entrega y fanatismo.

Auspiciados en esta enajenación del balón, apoyamos causas de superioridad, de supremacía, de eterna venganza, de lavar el honor mancillado, de desprecio social por sobre los nuestros, tapizando con insultos un lenguaje tan corto como vulgar, dando rienda suelta a una irascibilidad tan incomprensible como absurda, y que más temprano que tarde nos trae terribles consecuencias y víctimas que poco y nada tenían relación con fin triste y amargo, que más alla de la individualidad, afecta a familias y en general, todo un entorno social que compartimos fraternalmente, o al menos así es como debiéramos dar comprensión.

Resulta paradójico que el problema del balón no sea el balón en sí, sino más bien nuestra capacidad de asumir y reflejar una conducta que bien invita a recrear una pelota, con un deambular voluntario, pero de voluntad ajena, no la nuestra, presa de avatares y ocurrencias poco previsibles y que nos llevan de la ofensiva a la defensiva como por azarosa jugada caprichosa y hasta pícara del destino, que en un instante nos puede dibujar la sonrisa y elevar el alma, o muy por el contrario, tirar la manija de la frustración por una vez más, algo que nos ensalza en un status profético y que gusta de presumir frente a los pares.

Difundir y masificar el deporte del balón ya no requiere tanto mayor esfuerzo, su propagación viene incentivada ya desde la cuna, instintivamente volcamos esfuerzos en patear un balón, algo que reporta una satisfacción instantánea e incuantificable, y a pesar de ser una actividad rescatada en la honorabilidad deportiva, el abuso y sobre abuso fervoroso, con dedicación plena y una cobertura mediática agotadora, inundan la racionalidad social y transforman y modifican la noble finalidad que el deporte per se pretende establecer en nuestro espíritu.

Es que campeonatos van y vienen, continua e incesantemente, sean de nuestras latitudes o no, sean de nuestra localía o la del vecino, no hay rincón en que la consciencia pelotuda, malentendida, fanática y ferviente defensora de principios soberanos y aguerridos que poco y nada tienen de real asidero, ufanas y glorificadas en el desprecio, militantes absolutas de la autoflagelación social, una pelotudez tal que parafernaliza una actividad socialmente aceptada y que genera convivencia, pero que a la luz del desenfado en el comportamiento y lenguaje, tan ampliamente difundido y envuelto en el morbo del show, nos muestran que realmente somos un país aficionado y apasionado deportivamente, o sólo un rebaño pelotudo dispuesto a liberar epítetos y bajas reacciones en el fragor del devenir de una resultante que no importa si es favorable o no, simplemente muestra una fervorosa e inconsciente actitud brutal?

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