Cuando la Medición del Tiempo se hace en un Metro

Cuando la Medición del Tiempo se hace en un Metro

Cuando la Medición del Tiempo se hace en un Metro

La sofisticación de las sociedades y sus sistemas de autocontrol y estructuras organizativas, han permitido una cada vez mayor relación de injerencia y dependencia respecto del tiempo en el que se establecen períodos y plazos asociados a la actividad humana, independiente la génesis de ésta, pero si con una transversalidad relativamente constante.

Oculto en la grandilocuencia del cimiento esencial que plantea la concepción del tiempo, en la que hoy por hoy hemos generado una suerte de culto y adoración, no es el enfoque cosmológico o relativista, planteado por la Filosofía y la Ciencia respectivamente, en el que basamos toda nuestra energía y esperanza del “día” para establecer nuestra cadena de cumplimientos estrictamente diseñados y férreamente asociados a temporalidades precisas que “exigen” nuestro quehacer.

Remontado en la historia, numerosos artilugios y convenciones respecto de la interpretación y escalabilidad del tiempo, han organizado la cotidianeidad social desde la distribución de tareas como los plazos de siembra y cosecha, hasta la temporalidad o vigencia de algún sistema o estamento, como por ejemplo, lo que ocurre con los gobiernos basados en sistemas democráticos, en los que el “calendario” establece tajantemente el inicio o fin de la actividad, usufructuando el poder que le hemos cedido.

Este alcance evolucionado en la medición del tiempo, nace posterior a la naturalidad del evento instantáneo, es decir, una vez que el ser humano primitivo comienza a dar cuenta de la posibilidad cierta de programar eventos que escapan de la ocurrencia inmediata, y que referencian a eventos crónicos del entorno que le sirven para cuantificar un determinado lapso de espera u ocurrencia.

Naturalizados y entendidos axiomáticamente, a la suerte de un fundamentalismo, el tiempo y sus auxiliares de interpretación establecidos en el reloj y calendario, rigen nuestra dinámica y sociabilización, llevándonos al plano dependiente respecto de la empresa acometida o por acometer en la que estemos proyectados o inmersos.

A la luz de esta jerarquización delegada que hemos hecho, nuestra humanización arriesga un enajenamiento brutal del que hoy ya se avizoran ciertos índices conductuales de nuestra sociedad, que más temprano que tarde, inciden violentamente en un quiebre de la estructura íntima del comportamiento y convivencia, retratando relaciones frías e impersonales amparadas en la “temporalidad” o bien, relativizando la atención cotidiana en nuestro entorno versus la “urgencia” de la tarea en que estamos abocados.

Vital se nos hace, en este sentido, que seamos nosotros como sociedad, los que relativicemos el acontecer, contrapunto de la relativización que hoy hace el acontecer en nosotros, abrazando una suerte de esclavismo autoimpuesto y fomentado por un sistema en que el bienestar basado en la materialidad aduce a una precisión temporal “exacta” de la actividad productiva del sistema económico.

Ante la posibilidad cierta del “control” que parecemos asegurar con el tiempo, reflejado en los distintos usos habituales que tenemos incorporados en los distintos relojes y sus sistemas de alarmas, cualquier súbito e intempestivo evento no programado pone de cabeza nuestro feble ordenamiento y planificación, ya sea a nivel doméstico o a nivel ya de un carácter organizacional y sistémico, con implicancias de índole más transversal, socialmente hablando, y que por el número de involucrados, genera un caos instantáneo que precipita y da cuenta de todo el malestar acumulado en los últimos tiempos, y que reclama por una absolución milagrosa y definitiva, para no arriesgar que un nuevo incumplimiento se produzca.

Reconociendo las últimas eventualidades, y descartando la naturaleza de sucesos catastróficos e imponderables como los que han asolado nuestro querido Chile en el último tiempo, al estilo de terremotos, inundaciones o incendios, los colapsos de tráfico y tránsito dan cuenta de una vulnerabilidad con la que convivimos todos los días, y en la que estamos apresados sin darnos cuenta, y que es capaz de trastornar la esencia social más arraigada que podamos tener o echar mano, como la solidaridad (algo de la que nos vanagloriamos) o la simple empatía por los nuestros, pero no, es en otro sentido que fluye nuestra naturalidad, apelando al egoísmo, a la indiferencia, y con una facilidad que no deja de inquietar, las muestras de ira que en la masa, son capaces de proyectar una coordinación destructiva no menor.

Decepcionantes pueden ser los resultados que se puedan esperar de cualquier proceso productivo, aún más cuando la sobre exigencia de los mismos, los empujan a niveles de colapso máximo, el mismo que es soslayado confiado en una pseudo intachabilidad de “no ocurrencia”, pero que de la noche a la mañana, caen bajo un telón de irrefutable y pesada carga de evidencia contingente.

En la medición del tiempo, en nuestra medición íntima del día a día, el brutal colapso del sistema público subterráneo de transporte, Metro en nuestro Chile, y apoyado en incidentes de reciente data acontecidos en el mismo sistema, provocaron un seguro e infranqueable descontrol en la planificación de las actividades programadas del día, apelando al “no cumplimiento” en muchas de ellas, desde casos de cancelaciones en atenciones médicas, tramitaciones de documentos, viajes y pasajes perdidos, y en más de un caso, incumplimientos laborales que marcaron mermas en distintos niveles productivos, pero que aún así, espiritualmente, y apelando al carisma y glamour social que todos llevamos dentro, la pérdida de esencias íntimas con los nuestros son las actitudes que más nos debieran llamar a reflexión.

Claramente nos provoca molestia y enfado que “algo” falle, pero aún así este tipo de ocurrencias son parte de la arquitectura social sobre la que nos desenvolvemos, y distante por cierto de ser esto una mera e insulsa disculpa, el fondo de cuestión es el hecho de sacrificar y dar cuenta hasta que punto somos capaces de transar el entendimiento solidario por el interés personal y egoísta de sacar la ventaja miserable, lo que en tiempos de crisis aflora con mayor continuidad de lo deseable, y que forma parte del dossier que debemos desechar para avanzar en la maduración social a la que estamos llamados, en la que sin dudarlo un segundo, la fraternidad es la revolución que tenemos pendiente.

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