El Despertar Psicótico de la Enajenación y su Pandemia

El Despertar Psicótico de la Enajenación y su Pandemia

El Despertar Psicótico de la Enajenación y su Pandemia

La enajenación es el ensimismamiento in extremis en una actividad u objetivo que a los ojos del interesado, reviste de una primordialidad y jerarquía vital ya en términos esenciales.

Obviedad e intrascendencia que no amerita mayor atención es el posicionamiento que ocupa el resto de la actividad personal, que seguro recaerá en el interés y atención de alguien más, pero que para el “afectado”, ocuparse de esta situación no es tan simple, fundamentalmente porque radica en la existencia de una voluntad propia que empiece por dar cuenta de la situación, en un sitial ajeno a la masificación social presa del sistema impuesto, capaz de discernir la carrera por la obtención de objetivos y felices éxitos generados en pos de un pseudo bienestar capital que, además de alimentar el egoísmo individual, genera un efecto de túnel en el que nuestra mirada sólo puede prestar atención al distante punto luminoso y distante, haciendo absoluto caso omiso de cualquier suceso circundante.

Resiliencia se define como la capacidad del ser para sobreponerse a una situación adversa y/o dolorosa, y así mantener el equilibrio y continuar con un buen desenvolvimiento social, pero es interesante también el aspecto fortalecedor y preciso de la resiliencia, que nos habilita de un enfoque puntual y frío, en términos de decisión, respecto lo que realmente importa desarrollar según nuestro recorrido trazado y el punto objetivo al que deseamos llegar.

Es que de una u otra forma, y aún a pesar de caminar por veredas sino contrarias al menos distantes, tanto la resiliencia como la enajenación nos dotan de un enfoque puntual respecto de un objetivo o plan a desarrollar, aunque claramente el nivel de “desorden” mental y alienación de una y otra sean muy distintas.

No daríamos cuenta, en términos individuales, de la presencia formadora (o deformadora) de ellas en nuestro ser, dado que nuestra percepción, y cognosis en general, sufriría esta perturbación y la asumiría naturalmente, por lo que un ente externo es fundamental, aunque no sea para decláranoslo directamente, al menos sería un directo (y triste) receptor de los efectos de una actitud obcecada, y que aun pudiendo presentar características puramente altruistas, la naturalidad social de nuestros tiempos apunta a la contraria exacerbación, es decir, el avaro egoísmo.

Acápite de esta temática, está la situación de cierta evasión de la íntima realidad, en que la enajenación voluntaria es el escapismo ideal para soslayar algún déficit de integración social, en la que el individualismo que siempre nos acompaña (inhibido o no), es la columna vertebral de comportamientos indiferentes, socialmente hablando, en el que la satisfacción y bienestar propio es sin dudarlo, el edén de funcional perfecto para quien sólo vela por atender lo que está realmente contenido en el abanico de intereses.

Vivencias comunitarias, experiencias familiares, o simplemente la experimentación fraterna de episodios en que la solidaridad y comunión social no debieran ser un esfuerzo, sino muy por el contrario, una actitud normal y cotidiana, aparecen extrañamente resaltadas y sindicadas como un enaltecedor halago de quien hacer uso de ella, algo que a buen observador no hace más que retratar patéticamente el alto grado de desconsideración social que vivimos.

Al aterrizar esta mirada en el seno íntimo de nuestra relación más cercana, nuestra familia, sea la que formamos o de la que formamos parte, la pseudo evolución social (con ribetes de involución, ciertamente), ya nos marca pautas respecto el nivel de enajenación que nos victimiza, y que lejos de cortar el ciclo y replantear conductas, nos transforma en victimizadores de los nuestros, inculcando los beneplácitos y comodidades de un consumismo desmedido que nos heredará la fría y egoísta masificación individualista, por paradójico que suene.

Recalando en un nivel un poco más abierto, nuestra herencia individual y alienada, poco podrá integrarse libremente presa del prejuicio individual que hasta este punto, naturalmente asumido, aún podría distar de plantear una problemática para el individuo en sí, pero que a la mirada ya un poco más distante y global, con un enfoque en el desarrollo social de la población, las carencias saltan y se hacen notar cual mancha de barro en un inmaculado vestido blanco, generando brechas sociales y/o generacionales entre los diversos actores sociales, apuntando gravitantemente desde el modo de vestir, de hablar, de comer, hasta la forma misma en que nos planteamos objetivos de desarrollo social, privilegiando, obviamente, lo que desde cuna ha sido nuestra meta.

Desde una órbita superior, no deja de ser curioso a la vez que doloroso, que una tierra de origen tan común y que de una u otra manera ha experimentado los mismos cambios en relativamente los mismos plazos de tiempo, nuestra América, se mantenga tan distante y enajenada en los propios intereses, abusando de concepciones patrióticas que poco y nada tienen que ver con el llamado ancestral e histórico de integración, que aún en tiempos Mayas (y con un floreciente desarrollo económico inserto en una comunicación fluida entre los distintos y distantes pueblos), se nos ha representado, y que hasta ahora siempre ha tenido el mismo resultado, el rechazo a una idea “fuera de lo posible” y que el mismo Simón Bolívar (hoy tan recurrido y ensalzado) sufrió en su propia Venezuela, siendo exiliado por sus ideas inconducentes.

El lapidario resultado es una sociedad resistente a la solidaridad, fría e indiferente, exaltada por medios que denotan más lo sensacional que lo emocional, una sociedad que desbanda el férreo fundamento del enriquecimiento individual (la distribución de la riqueza así lo demuestra), poblada de cómodos zombies que deambulan rutinariamente para cumplir metas de satisfacción material, donde lo ajeno al ser es la gala con la que pavoneamos nuestras múltiples, pero erradas, virtudes.

La Comunidad Amricana está en deuda en este proceso unificador, se deben generar avances y acuerdos que apunten a integrar sociedades tan disímiles como voluntariosas, pero que poco y nada podrán hacer si su composición social anida en reclamaciones y reivindicaciones individualistas que pretenden prevalecer, a toda costa, los propios intereses por sobre el resto, generando distanciamientos y desconfianzas en procesos de inclusión que conviven tanto interna como externamente, y que son herencia de los procesos de enajenación que vivimos día a día, y que cuando osan ser interrumpidos, abruptas, brutales y desmedidas son las reacciones iracundas y vehementes que acarrean.

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