El Mito del Fénix y la Necia Pira Literaria

El Mito del Fénix y la Necia Pira Literaria

El Mito del Fénix y la Necia Pira Literaria

La fascinación e incandescente atracción del fuego por sobre el resto de los otros elementos primigenios (tierra, agua & aire) se remonta a los albores del entendimiento humano, y nunca ha estado ajeno a una mirada suprema y reverente.

Ocasión de la presencia viva del Astro Rey y divinizado desde siempre, el secreto del fuego estaba reservado a la clase poderosa y poseedora del profundo conocimiento, entiéndase los sacerdotes, quienes de una u otra forma, mantenían el contacto divino que transmitían al resto de la sociedad, y eran los llamados a preservar la espiritualidad y sobrecogimiento protector que el fuego ejercía (y aún ejerce) en términos de trascendencia del ser, que aún ejemplificado en la forma más convencional, como una fogata, establece una convivencia y conexión del ser espiritual y trascendente de quienes lo comparten, sea de forma ritual o no.

Reservado a un sitial transformador (junto al elemento aire), es el encargado primigenio de la amalgama vital y conexión esencial que se produce entre los elementos tierra y agua, generando las más diversas formaciones que componen el medio que nos acompaña como humanidad, incluso siendo poseedor del misticismo que acompaña el devenir de lo que hoy es, efecto clave en la aprehensión de mantener un fuego siempre vivo, costumbre que aún en nuestros días se mantiene intacta, ejemplo de esto es el fuego “eterno” que simbólicamente está presente en los lugares de oración, y que incluso podemos dar cuenta en la Antorcha Olímpica, que conlleva el fuego divino desde su natal Atenas al lugar en donde se desarrolle el evento en cuestión.

Este aspecto divino del fuego, protector y perenne de la trascendencia vital, también es poseedor de un carácter no tan amable ni reivindicador, como es la capacidad de anular, aniquilar y arrasar todo vestigio y existencia de la propia esencia vital del ser, o por lo menos, eso es lo que se interpretaba del ideal malintencionado de su uso, convirtiéndolo en una de las primeras armas de destrucción masiva que el hombre usó para con sus pares, y es que desde se tuvo cierto control del “manejo” del fuego, se usaba para incendiar aldeas y tribus que pudieran estar en conflicto con otra poseedora de este noble elemento, destrucción que paradójicamente se asociaba a la purificación.

Naturaleza de destrucción y purificación que da lugar a la trascendencia inmortal de la luz creadora, es lo que refleja y recoge como herencia el Mito del Fénix griego, basado en el Mito del Bennu Egipcio, un ave fantástica que ardía cada quinientos años en el Templo de Ra para simbolizar la inmortal creación y renovación de la vida, lo que se trasuntaba del amanecer diario del Sol que se ocultaba tras las montañas en cada ocaso, y que renacía vigoroso cada amanecer.

A esta renovación y purificación del ser, no quedaba exenta la creencia de la purificación de la mente a través del fuego, radicalizando esta idea en vergonzosos acontecimientos que pretendían tajantemente cercenar violentamente ideologías y libre pensamientos de quienes osaban dar una mirada espiritual, solidaria y social que obviamente desafiaba la voluntad y hegemonía del gobierno imperante, siendo la primera de estos tristes hechos (históricamente datado) la que tuvo lugar en China, en el Siglo II a.C. en la que numerosos textos de filósofos y pensadores como Lao Tzu y Kung Fu Tzu, cuyas obras y escritos, junto a los cimientos de las escuelas de filosofía, ardían al incandescente fragor de una pira literaria.

Vanos esfuerzos se repitieron históricamente en tiempos de Hypatia cuando se arrasó la Biblioteca de Alejandría en el Siglo III d.C. o en la llamada Hoguera de las Vanidades, donde los escritos inmorales ardían en la Florencia renacentista, o en la pira literaria que consumió escritos y herencia cultural Maya, considerada profana y pecaminosa por cierto, en tiempos de la conquista de México por los españoles, pero que sin duda alcanzaron un clímax de la arrogancia y soberbia en los tiempos del régimen Nazi, durante los años 30’, icónicamente (y tristemente) representada en la Pira Literaria de la Plaza Bebel de 1933, en la que centenares y centenares de obras de excelencia fueron consumidas por un abrasador fuego alimentado por la necedad e incomprensión absolutista y prejuiciosa, amparada en una concepción de flagrante ataque al espíritu alemán, que claramente atesoraba un fanatismo ideológico, ambicioso y por cierto egoísta.

América volvió a la palestra en los años 70’, cobrando protagonismo en Chile y Argentina fundamentalmente, también a los pies de regímenes dictatoriales y absolutos que pretendían aniquilar todo intento de ideología o libre pensamiento que pudiera no estar de acuerdo a la propuesta que tan afanosamente se quería imponer, factor común a todos los tristes eventos que han acompañado el “desarrollo” del ser, y retratan una historia que se repite, como analogizando la idea de Nietzsche acerca del Eterno Retorno, aún en términos alegóricos y guardando las proporciones.

Resultado de estos eventos descritos, también es parte común a los eventos, y es que a la forma del Mito de Bennu, la trascendencia de las ideas, de las filosofías, de los libre pensamientos, de la herencia cultural en sí, está más allá del efecto sólo destructivo y purificador, sino que para dar aún más integridad a la idea, este se transforma y transmuta en un elemento vital y renovador, asegurando la inmortalidad del espíritu en algo que está más allá del entendimiento y cifrado que puede darle un compendio escrito.

De nada sirve un texto sin la voluntad presente y eficaz de quien quiera develarlo, descubrir su expresión, aventurarse a un mundo de creación sin importar el campo filosófico artístico o científico, lo que importa en esencia es la posibilidad cierta de trascender y heredar un descubrimiento vivo y dinámico de nuestra sociedad, extendiendo y desarrollando una culturización que sin duda permitirá que generaciones tras generaciones crezcan en el sentido de la extensión del horizonte de las posibilidades, alcanzar el llamado de la superación plena e ir aún más allá en la senda de las columnas básicas de nuestro espíritu, a saber Libertad, Igualdad y Fraternidad, sobre todo esta última, que nuestra amada América aún resiste por abrazar.

Es que el pensamiento y extensión del alma trascendente, cifrada en textos, están intrínsecamente abrazadas al arte de enseñar (latín docere), y por supuesto a quien ejerce este arte del docere, es decir, el docentis, nuestros docentes que en un marco de vocación por naturaleza, en un marco de entrega incondicional por virtud, hoy por hoy luchan por reivindicar y defender la nobleza de una tarea que no busca otra cosa que engrandecer una alicaída sociedad que parece deambular en la ceguera de la inconsciencia, como aún sumida en esa Hoguera de las Vanidades renacentistas.

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