El Romanticismo del Glamour y su Decadencia Contemporánea

El Romanticismo del Glamour y su Decadencia Contemporánea

El Romanticismo del Glamour y su Decadencia Contemporánea

Lo cotidiano en el uso y entendimiento de concepciones asociadas a términos ampliamente difundidos, es una de las grandes virtudes (para bien o para mal) que plantea nuestra generosa lengua española en términos de dinámica, de alimentarse y crecer, de adaptarse a la contemporaneidad y localía del uso, de incorporar palabras que mucho gravitan y se entienden de acuerdo a lo masivo y social del uso frente al origen etimológico.

Obnubilado por lo inmediato, presa del fragor exigente del día a día que apunta a comportamientos y consumos al paso, sin mediar mayor cuestionamiento o análisis, refutando o rechazando la propia sabiduría popular para dejarse inundar por cuanta tendencia glorificada en un pseudo desarrollo y emblema de una promesa de status, tristemente cerramos la puerta a la voluntad de ir un poco más allá en el entendimiento y comprensión del como estamos estructurando y participando del entorno social, empezando simplemente en el cómo nos expresamos, en el cómo nos damos a entender y en lo que realmente damos cabida para entender en oposición a lo que debiéramos entender.

Reside en cada uno de nosotros, una suerte de glamour esencial que nos acompaña, crece y se alimenta desde el momento mismo en que nos empezamos a forjar como identidad, es decir, desde la primigenia época en que ya comienza el flirteo cognitivo con nuestro entorno íntimo, con nuestro círculo más cercano, irradiando desfachatez y tomando posesión innata de la existencia, respaldada y acrecentada en el marco de las condicionantes que estén a nuestro alcance.

Este glamour esencial, que no es otra cosa que el “encantamiento” que provocamos en otros de una u otra forma, que incluso anida en el agrado de estar en presencia de alguien en específico, dista de ser una cualidad ajena al individuo, muy por el contrario, es gracias a esta característica que servimos de plataforma de reconocimiento e impulso a quienes logran un mejor desempeño o equilibrio de expresión, un determinismo que calza en nuestro cotidiano entendido de “carisma”.

Nace la concepción de glamour, en el anglicismo que definía al hechizo que vertido en uno, provocaba un encandilamiento de agrado y aceptación en los demás, y con una significancia íntegra, no cautiva en un ámbito específico, sin aprisionamiento de algún referido, sino apelando a la significancia total del individuo, por su discurso, por el manejo del vocabulario, por la gesticulación y expresionismo, por los matices vocales, por la forma de incorporarse y plantearse frente al resto, en fin, una conjunción de caracteres que causan una subyugación en el entorno.

Al paso del uso y épocas, en particular desde el Siglo XIX, el uso de glamour cómo acepción del encantamiento íntegro de un individuo, sufrió una drástica y tajante caída a la marginalidad de la estética visual, a la frialdad de la percepción sin mayor interacción, en total desmedro del carisma comunicacional que alguien nos pudiera ofrecer, en una suerte de trastocación valórica y esencial remitida y reducida a la expresión virtualmente física que el individuo es capaz de expresar.

Visto en el uso común, amparado en lo que masiva y socialmente se entiende, el glamour está cautivo hoy más que nunca en un cerrado estrato que revolotea exclusivamente en torno del aspecto del individuo, pero no cualquier aspecto y no cualquier individuo, menos aún en cualquier medio o circunstancia, muy por el contrario, sólo existe si está referido a un ámbito visual de pseudo admiración masiva, algo que la tecnología se ha encargado de exacerbar más aún, al permitirnos consumir referentes de este tipo prácticamente a todo momento y circunstancia, vulnerando (y así lo permitimos) incluso las temporalidades más íntimas de nuestro ser.

A la referencia de la moda, algo que prácticamente consumió y particularizó el uso y concepción de glamour, también se podía referenciar la arquitectura y expresiones artísticas, incluso el cine y particularidades de la dramaturgia, pero todo este romanticismo, toda esta inhalación pura del expresionismo y estética visual cayó en la infatigable exhalación vanidosa, excesiva y banal de una culturización impuesta, no esencialmente popular, y que hoy por hoy tiene en la farandulización a su máximo referente, incluso sometiendo a la moda y “Jet Set” como meros participantes expectantes de una consideración mediática que los reviva.

Ritualizado y alimentado por nuestra enajenación, la consumación de la farándula como referente visual y de temática obligada, no fue hasta hace mucho el comando y guía de lo que dictaba la mediatez audiovisual de la programática de las emisoras locales y no locales, en lo que a pesar de ser un género ya en franca retirada, aún permanecen las figurillas en un ir y venir rimbombante y no exento de polémicas varias, alimento gratuito y absolutamente digerible, complemento ideal a una existencia express y libre de cuestionamientos y análisis visionarios de mejora y compromiso social.

Denotar una absoluta gravidez temática o pretender hacer del análisis una religión forzada, es el equivalente a farandulizar la razón, algo que no tiene sentido en lo más absoluto, simplemente se trata de equilibrar la relación intrínseca que cada uno lleva dentro, una suerte de rescate del glamour que convive en nosotros, seamos observantes de la integridad, de la relación del entiendo/expreso en términos de comunicación ampliada, elementos que sin duda establecen y estrechan vinculaciones sociales formadoras de comunidad.

Es que la decadencia de ciertas temáticas frías y ajenas nos debe significar y representar un despertar, una oportunidad de encausar un flujo de ideas más acorde a lo que vivencialmente nos marca el entorno, una chance para renovar y mejorar consciencias respecto de nuestra urbe, respecto del abrazo sincero al arraigo que nuestra patria nos da, y no porque lo que hayamos vivido sea una pesadilla eterna que amerite ser revivida, muy por el contrario, rememorar es vivir el presente con la consciencia del pasado pensando en la construcción futura, algo que pretendemos delegar a futuras generaciones, como si la magia nos diera esa alternativa de eludir lo que construimos en ellos también, y es que el glamour esencial que los nuestros exhibirán mañana, de una u otra forma, y aún más certera de lo que pensamos, radica en nuestro propio glamour, pero no el de pasarela de moda, sino el de nuestra pasarela de vida.

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