Encuentros casuales de un mall libidinoso

Encuentros casuales de un mall libidinoso

Encuentros casuales de un mall libidinoso

El supuesto progreso de la modernidad, junto al comercio, ha traído consigo la instalación de colosales estructuras de cemento del tipo legos.

Compuestos por un sinfín de alternativas que le proponen al transeúnte y potencial cliente detenerse al paso.

El comercio distribuido, estratégicamente, dentro y alrededor de este palacio del consumo, dispone de necesidades creadas, ofertando a los clientes una extensa gama de productos y servicios para capturar al consumidor y mantenerlo el mayor tiempo posible, con el fin de obtener el máximo de ganancias entre todos los posibles vendedores.

Más aún, se ha pretendido instalar el concepto de boulevard, ese que habla del antiguo paseo de caminata que transita entre un espacio amplio y arboleado, pero por cierto con algunas diferencias, como por ejemplo la de reemplazar árboles por locales comerciales, donde el caminante urbano podrá divertirse todo el día consumiendo lo que a su paso sea más atractivo.

El mall y el boulevard se expresan como espacios públicos, otorgando a cualquier persona la posibilidad de pasear, mirar y comparar precios e inclusive, en ocasiones, solo ir a la hora de colación a los patios de comida para consumir algo rápido para luego volver a sus trabajos que bordean el perímetro del armatoste.

No obstante, como toda sociedad bajo sus constructos culturales, quedarse sólo en lo que le ofrecen no es un tema, hasta que como buenos chilenos se puede sacar ventajas de aquello que ha quedado a la usanza y en el terreno de lo público.

El inesperado lugar donde muchas personas suelen ocupar para sus necesidades biológicas y los llamados de la naturaleza, también parece ser el lugar salvaje y más natural de la libido.

El experimento de los encuentros casuales de parejas lujuriosas que buscan la aventura temporal libre de compromiso y juguetona, hoy se convierte en parte de la supuesta libertad de mente e independización de los adultos jóvenes más modernos.

Al parecer, el concepto de boulevard se quedó corto y el comercio sexual también se hace parte, pero por cierto que sin la legalidad correspondiente, ni menos con un arriendo de local, aunque no por eso menos viable.

Los servicios higiénicos parecen ser un espacio que cumple con los requisitos para que algunos jóvenes vean la oportunidad de ganar unos pesos realizando encuentros casuales, donde jóvenes que oscilan entre los 16 y 20 años, dotados de tecnologías y a través de las bulladas redes sociales, les entregan la flexibilidad y rapidez como prestaciones necesarias para acordar citas espontáneas para concretar un acto sexual.

Actos que van desde la sodomía hasta la felación, donde el precio y los límites parecieran tratarse entre el público de tránsito que observa de reojo y las partes íntimamente involucradas, que terminan en un encuentro libidinoso, casual y pasajero que funciona entre las amalgamas de consumidores que merodean y rondan las tiendas, entrando y saliendo de los servicios higiénicos.

Tomando en cuenta que estos espacios públicos de higiene son visitados por innumerables personas día a día y que el tránsito de personas distintas es enorme, en términos de seguridad, identificar a clientes y oferentes, sería algo así como buscar una aguja en un pajar.

Por otra parte, es importante considerar que la moral cultural que hoy se estila en nuestro querido país no deja ser conservadora, machista y moralista, y que pese a las agrupaciones que se han esforzado por instalar nuevas sensaciones o percepciones de un cambio cultural, lo que sin duda no se puede negar es que Chile no ha dejado de ser un país poco tolerante, que mira este fenómeno de reojo sin la fuerza, ni el ánimo, ni la moral para enfrentarlo.

Porque pareciera ser que nuestra cultura sexual esta maltrecha y malamente educada bajo una moralina conservadora y reprimida, donde recién hace una década hemos visto como los canales de televisión abierta comenzaron con los desnudos, por la inevitable globalización y la avalancha de información disponible en internet, que no les dejó otra más que remar en el mismo sentido global antes que terminaran ahogándose.

Una sexualidad cargada de traumas sociales, donde los ancianos quedan sorprendidos por la liberación y soltura de los jóvenes, mientras que los jóvenes se sienten cómodos y libres de sorprender a las antiguas generaciones con conductas arriesgadas, osadas, liberales y junto con ello liberadoras de aquellos traumas que fueron traspasados.

Es por eso, que sin caer en lo barato de poner más vigilancia, lo preocupante es como la sociedad chilena no se ha hecho cargo de aquellos jóvenes que han llegado a pensar que su proceder es una salida económica.

¿Por qué la sociedad chilena no se ha hecho cargo de educar sexualmente a las personas para que el sexo casual esporádico y callejero se autorregule con amor, educación y el reposo de un acto romántico íntimo, natural y con el tiempo necesario para su realización?

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