Los chilenos y los vehículos como garante de estatus

Los chilenos y los vehiculos como garante de estatus

Los chilenos y los vehiculos como garante de estatus

Mientras las formas urbanas de transporte se modernizan, tanto la estética como el estatus y las brechas sociales adornan el transito circundante de la ciudad.

Entre los variados vehículos particulares de transportes, el automóvil ha pasado hacer uno de los más preciados y referentes al momento de movilizarse por las calles de la ciudad.

Sus características de diseño e ingeniería hacen que este vehículo cubra necesidades de transporte que pueden prestar a quien lo adquiera un estatus no necesariamente ecuánime a la realidad de quien lo porte.

Desde la revolución del transporte particular durante el siglo XX y la instalación discursiva  como un vehículo de transporte necesario, llega a mediados a Latinoamérica como un sinónimo de estatus, el cual adquiere su sitio simbólico de un bien preciado, donde solo unos pocos pueden llegar a tener acceso.

En Chile, la importación de diversas marcas de automóviles ha provocado que los amantes de estos vehículos tengan una gran variedad al momento de elegir.

En un inicio la alta sociedad acompañada del automóvil, hacía gala de su poder económico sin reparar en la despectiva mirada al transeúnte que camina a pie el corto tramo, es que la patas de los caballos ahora tienen ruedas y la realeza no escatima en demostrar su brecha de vivir en la riqueza.

Conforme han avanzado los años, en nuestro país la supuesta clase media ha ido teniendo cada vez más acceso a este vehículo y por tanto de ha ido incorporando como un consumidor mas de este objeto, en estricto rigor, primero por necesidad y acceso, tal vez no por un diseño acabado ni por una velocidad sobre el promedio, solo apelando a la necesidad de trasporte y de comodidad.

El aburguesamiento del país y el crecimiento económico han auspiciado a que los accesos a los vehículos sea a un mayor, esto ha provocado que el acceso ya no sea el punto primero a evaluar, sino su diseño y elegancia que no necesariamente cumple en ocasiones con el objetivo principal que es transportar, sino que el que su estética acompañe a la personalidad de su dueño como primordial.

Por supuesto que la cultura chilena se hace presente y no se queda atrás, la competencia por tener el auto más grande, lujoso y de última moda es símbolo de éxito, de riqueza, estilo, gusto, etc., pasando a ser prácticamente la persona un llavero del auto y no al revés.

En la planilla ejecutiva joven el automóvil es un preponderante al momento de hablar o hilar una conversación, el auto pasa a ser el tema principal y por supuesto el tiempo de cambiarlo y renovarlo para ir al pie del cañón con la modernidad y el futuro.

De hecho, las líneas lujosas de marcas en el País ya están instaladas hace un par de años y por supuesto que la alta sociedad no se queda a tras gastando inmensas sumas de dinero diciendo presente, estamos aquí para mostrarles que si bien los de abajo tienen acceso al vehículo, nosotros tenemos lo mejor.

A raíz del acceso a los vehículos, sus accesorios, y la globalización de información mediante canales por cable, satélite y cine nuestro país experto en adaptar y adecuar chilensis impone su sello.

Las carreras clandestinas se hacen parte del acceso voraz al automóvil, tomándose las breves zonas industriales cercano a las carreteras para demostrar quién es el mejor o el más veloz con una mecánica basada en el maestro chilensis, de ahí los llamados autos “enchulados”, que no son ni más ni menos de una copia chilensis del genero más holliwoodense.

En la ciudad, diversos tipos de conductores se han apoderado del vehículo para potenciar características personales que sobresalgan a través del diseño, ingeniería y magnitud del vehículo.

Las grandes camionetas, imponentes, poderosas, temibles, donde el dueño normalmente ejecutivo de edad mira despectivamente en el semáforo al pobre transeúnte y que no me toque aquel que no tenga seguro.

El ejecutivo joven con su deportivo para impresionar a cada muchacha que pretenda mirar esta vultuosidad de máquina, porque el piloto es la máquina y eso no se puede negar, está a la vista, es evidente.

El “Flaite” con su auto “ennchulado” con altos decibeles de ruido y su buena canción de Reggaetón, con luces merodeando el vehículo y ajustes de diseño forzosamente incrustados , diciendo a viva voz, yo soy el big boss nadie me para estoy en control.

En general, el automóvil ha pasado de ser un medio de transporte por necesidad a una exacerbación de la personalidad del dueño, algo así como dime que auto tienes y te diré quien eres.

En Chile la industria de venta automotriz crece año a año, y los compradores aumentan, conforme a ello el parque de vehículos circundantes de una u otra forma están colapsando las calles.

De hecho las calles, avenidas y carreteras no fueron pensadas para una explosión del consumo automotriz, es ahí cuando el vehículo más noble sale al frente a dar su opinión para descongestionar, la bicicleta, rival noble y acérrimo del automóvil que hace frente a la descongestión, mejora la calidad de vida por el ejercicio y no contamina, dos características como para ir a ganador en la pelea.

El automóvil ha hecho presa fácil al chileno para demostrar o extrapolar su pobre personalidad cultural histórica, pero siempre está la esperanza que las personas también con una pizca de sensatez puedan visualizar al automóvil como una herramienta a recurrir para desplazamientos de largas distancias, como un parte de la acción que se desea y no como el deseo para la acción.

Sin duda que los vehículos son un garante de estatus para aquellos que desean aparentar una realidad que no es la de ellos, o marcar una diferencia entre el ciudadanos convencional y el con poder, pero como todo lo sólido y material se desvanece cual sol lo hace brillar y derretir, más temprano que tarde dar cuenta que es una herramienta y no una ayuda para la personalidad es el trabajo que hay que hacer.

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