La Naturalización de los Derechos Indebidos

La Naturalización de los Derechos Indebidos

La Naturalización de los Derechos Indebidos

La respetuosidad y cabida que los derechos han tenido en la historia humana, se han enriquecido y formalizado en la sombra de la evolución societal, y aunque la percepción de la dignificación humana pareciera algo natural e inherente, sólo en el último tiempo se ha logrado una conceptualización como entendemos hoy al derecho.

Oriente y su cultura milenaria tenía el acento en el deber del individuo social, y salvo pequeños atisbos de inserciones literarias, el reconocimiento de la dignidad en términos de derecho, no tenía un fuerte y fundamental asidero, esto expresado en términos generales.

Revisando la situación occidental también en los albores de la historia, la concepción del derecho y su reconocimiento eran definiciones febles y al menos someras, y siempre acomodadas a los intereses de los grupos de control social y de la manera en que estos categorizaban a la sociedad en sí.

Ejemplo de esto último se rescata incluso de la sociedad griega, fundacionales de la democracia, donde la participación estaba claramente sujeta al status o ranking que tuviera el individuo y en donde la naturalidad de la igualdad convivía abiertamente con la desigualdad, con el consecuente reconocimiento de derechos para unos y no para otros, ideas sostenidas por filósofos del talle de Platón, y aunque a la luz de nuestros días pudiera parecer un despropósito, lo cierto es que el contexto histórico si lo abrazaba.

Ni aún en la progresión de la sociedad romana, la dignificación del derecho inherente al hombre era considerado naturalmente, claramente había un sesgo social y de participación que lo apoyaba, y a pesar de la fuerte influencia cristiana, la injerencia religiosa respecto del reconocimiento de la igualdad y dignidad del hombre tenían un enfoque de clara incidencia espiritual, algo que puede ser visto naturalmente como la forma de incidir sin interceptar un orden político y social establecido, y con razón en tiempos que el peso específico de la ideología estaba aún en pañales.

A pesar de esto, y aún pudiendo sonar en un mismo tenor, lo cierto es que esta incidencia y cada vez mayor participación, fueron fundando una reivindicación y analogía conceptual que se orientaba a un enfoque respecto de la justicia, donde el rescate por el derecho humano se traducía en la sanción por lo justo, o por la flagrante injusticia cometida en el sentido del quebrantamiento de algún derecho como lo podamos entender en nuestros días, derecho que sólo rezaba el resarcimiento a la luz de una pena o castigo.

Visto a la luz de las primeras comunidades ancladas en nuestra Latinoamérica, y a excepción de las sociedades Imperio que gobernaban hasta el Siglo XV (entiéndase Mayas, Aztecas, Incas), los pueblos en general mantenían comunidades colaborativas, en la que el respeto y dignificación empezaba en el reconocimiento de la Madre Tierra, y al ser humano por herencia, y la concepción valórica se aplicaba prácticamente en igualdad de condiciones, aun teniendo jerarquías y jefaturas, pero en términos administrativos más que dogmáticamente absolutos, recordando que en las sociedades Imperio, el designio de monarca o rey tenía una solemnidad divina.

Aún era tema no resuelto el reconocimiento de la igualdad de las personas cuando incluso iniciaron los primeros intentos independentistas desde fines del Siglo XVIII hasta inicias del Siglo XIX, donde la promesa de una Carta Magna reivindicatoria, era parte de un discurso que llamaba a rebelar esclavos y aunar fuerzas en pos de un ejercicio liberador, sostenido en la efervescencia europea que por aquellos tiempos enarbolaba la bandera de la Libertad, Igualdad y Fraternidad guiados en la luz de la experiencia de la Revolución Francesa, que a pesar de la lógica que pudiera ser para cualquiera en tiempos contemporáneos, en el contexto histórico representaba un cambio radical al comportamiento social que imperaba desde las civilizaciones primigenias, y que aún en nuestros tiempos, persisten sociedades que condicionan la real magnitud del respeto en la derecho humano, ya sea por un tema ancestralmente anquilosado en la idiosincrasia nativa, o bien por un tema de “convencimiento” e interés, en términos de maniobra gubernamental.

Resulta de una asociación casi natural entender, o al menos tener un resabio, de la implicancia del derecho humano, su respeto y transversalidad, la conciencia que no es un premio o que está sujeta a pérdida de condición, por el contrario, es perpetuo, propio e inextinguible, exigido en cualquier circunstancia, y apelable en términos de mantener la dignidad del ser a cualquier costo; aun entendiendo toda esta conceptualización “verborreica”, en el transcurso del Siglo XX ha costado lágrima, sudor y sangre (más de la que uno quisiera) llevar la Declaración de Derechos Humanos al campo de la práctica societal más allá del paradigma literario o de las aventuras heroicas de algún personaje idolatrado, y es que en el campo de la defensa del derecho por añadidura hay una violación y quebrantamiento del derecho, aun cuando este esté naturalizado en la comprensión y comportamiento que la sociedad mantenga.

DDHH, la nomenclatura que se reconoce internacionalmente como Derechos Humanos, cobra una trascendencia dolorosa escrita en sangre en los lamentables capítulos transcurridos en nuestra América, en particular en nuestro Chile, donde su sistemático, brutal y recurrente quebrantamiento acaecido desde comienzos de la década del ’70, generó un cisma que aún se percibe en nuestros contemporáneos tiempos, exacerbado a la luz de incógnitas que se mantienen sin respuesta, alimentando la amarga incertidumbre de miles de compatriotas que heredan el dolor en la esperanza de la mitigación de la justicia reparadora y liberadora.

Es la muestra exclusiva del quebrantamiento de la dignidad del derecho humano? Por cierto no es así, aunque resulta inevitable (a la luz de los descrito anteriormente) adjudicar integralmente la exclusiva responsabilidad del irrespeto generado en aquellos años, y sin ánimo de minimizar el fatal impacto social que aún testificamos, se han repetido y mantenido ejercicios que resultan tan indignos como humillantes al ser, y sin embargo, gozan de una naturalidad que a cualquiera deja estupefacto al dar cuenta de la real gravidez del hecho, fenómeno que se basa en la aceptación de una ocurrencia que por su periodicidad continua y constante, logra desactivar la sorpresa o retardar el análisis revelador de la flagrante aflicción en la que se incurre.

Tomado de los albores de la patria, pareciera, esta conceptualización asimilada al comportamiento oligarca  colonialista, da cuenta de la dignidad y derechos humanos pero bajo el prisma de la conveniencia política, con el marcado sesgo de la inclemencia del poder económico sustentado en el avasallador sistema capitalista, que de una forma u otra, determina tajantemente la posibilidad el reconocimiento del derecho al alero de la ganancia egoísta e individualista, lo que trasciende, por ejemplo, en la capitalización de bienes que por muy naturales que nos parezca su reconocimiento, no dejan de estar supeditados a un constante quebrantamiento.

Ejemplificado en la Educación, hoy un tema en boga y en la palestra de la ciudadanía, causa escozor social el entender que siendo un derecho al que todos debemos acceder en términos igualitarios, tratarlo como bien de consumo parece de una irracionalidad inconcebible, digna de rebelión y exaltación popular a niveles de arduas confrontaciones, sin embargo, pasivamente no nos provoca tal incomprensión que el acceso a derechos como tener agua al alcance diario si se considere un bien de consumo, y que mes a mes nos exige un cobro que está sujeto a la suspensión total del suministro en caso de impago.

Ante esta naturalización, que poco y nada pareciera molestar, al punto de exigir un resarcimiento de la situación, se suman numerosos ejemplos de diaria convivencia que atentan directa o indirectamente a la dignificación del ser, y que claramente se manifiestan en sesgos clasistas que apuntan a la estratificación societal, que aunque ya no tengan el rótulo de ciudadanos de segunda o tercera generación, de todas maneras los clasificamos en descenso alfabético, transgrediendo la ufana e idealista consigna de Libertad, Igualdad y Fraternidad que con tanta soberbia nos gusta esgrimir pero que a la luz de la evidencia, poco interés nos tomamos en salvaguardar, o por lo menos no el entusiasta interés y apasionamiento de otras temáticas que pudieran resultar más “interesantes” en términos de enriquecimiento personal, lo que a la larga se trasunta en la amplitud de la brecha social que nos marca.

Madurar estas concepciones no resulta tan evidente, en primer término porque se debe contraponer la naturalidad de la herencia ancestral que arrastramos y que gentilmente auspicia la inequidad y las sutiles provocaciones indignantes con las que día a día debemos lidiar, desde el irrespeto urbano en el transitar diario, el desenfado solidario por los nuestros en condiciones económicas exiguas, la intolerancia que nos enfrenta hasta por las más vanas fundamentacionens, la amabilidad y gentileza perdida en el individualismo ególatra y alimentado en la materialidad que arropa un comportamiento despreciativo frente a los más desposeídos, y que encubierto de compasión cual lobo con piel de oveja, sigue dando rienda suelta al indignante y descalificador abuso de los derechos humanos.

Omnipresente en nuestra sociedad, el incumplimiento de los derechos humanos es cotidiano, al alcance de todos, y es lo que claramente sustenta (con justa razón) tanto “vigilante” defensor de los derechos humanos, que aun cuando caen en convenientes discursos llenos de retórica, no quitan mérito de la esencia inherente y natural de la defensa del derecho versus la indebida naturalidad de su quebrantamiento, que podrá mutar en su forma mas no en su fondo, porque la civilizada brutalidad, por muy civilizada que esta sea en la forma, sigue siendo brutal en el fondo, análogo a la censura de medios que se hace en la cobertura temática, por ejemplo, del tema profesores, o tantos otros temas urbanos que soslayamos al amparo de la naturalidad pero que en nada disminuyen o atenúan lo indigno de la situación, o será que ya tenemos en el ADN de la naturalidad del derecho indebido, por ejemplo, a los nuestros que esta noche como tantas otras tendrán en la situación de calle la indolente e indiferente respuesta social que nos compromete, y que lava sus culpas al son del cántico solidario vestido de gala en el espectáculo multitudinario?

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