La Ética y Responsabilidad Social del político

La Ética y Responsabilidad Social del político

La Ética y Responsabilidad Social del político

Tras los episodios recién acontecidos, la política chilena nos entrega muestras de lo que ha estado moviendo los motores económicos de grupos políticos que, sin responsabilidad ni ética, han tenido repercusiones en todos los sectores políticos, a los que la sociedad chilena mira a regañadientes.

Ciertamente, la ciudadanía ha visto cómo los políticos, luego de rotundas negaciones, salen al paso a aceptar y confirmar el error, con una demostración de sentimientos y supuesta humildad, lamentando lo ocurrido.

El político no debe cargar el bolso de los sentimientos, sino su sentido de deber, vocación, responsabilidad y mesura junto a su sentido común. En la actualidad, las pasiones se han volcado hacia el político chileno con un manto de inseguridades, desproporcionalidades y desatinos, cayendo en la inmoralidad política, debido justamente a la falta de responsabilidad y vocación, por el no complemento de ambas prácticas profesionales, esto han provocado que el político perdiera su sentido de la proporción.

Es que hoy el político chileno cayó en la desproporción, descontrolado e irresponsable, no ha tenido la suficiente mesura para mantener las distancias. A diario, los políticos, con su discurso, logran encantar a sectores de la ciudadanía, sin embargo, el problema no está en su discurso que cambia una y otra vez: eso es parte del político. Lo que no puede suceder es que lo prometido no le sea cumplido a la ciudadanía, ya que, más encima, la ciudadanía los subsidia, a sabiendas de la existencia de financiamiento económico empresarial y el compromiso que conlleva para el levantamiento de una campaña de un político con fines instrumentales.

El político debe tener presente su ética de la responsabilidad o la convicción para enfocar sus actos, ya que la elección de una u otra de estas cualidades recaerá paradójicamente en él al momento de ejercer políticamente, por lo que es de suma importancia que el político tenga la suficiente mesura en su convicción para que pueda tomar decisiones responsablemente para el colectivo y no para sí mismo como individuo particular.

Además, es imperante que la ciudadanía participe, que practique su responsabilidad informándose y ejerciendo su voto al momento de tener disponible la urna, ya que esto es lo que genera los obstáculos para los conglomerados políticos y así evitar las pasiones individualidades de los políticos. Por su parte, la participación de la ciudadanía es fundamental para el fomento del correcto camino del político y, acto seguido, la ciudadanía siga cumpliendo el rol de auditor social.

La sociedad moderna se desarrolla junto a los conglomerados políticos, desde la familia y la junta vecinal hasta los partidos políticos, porque en la sociedad actual las actividades culturales, deportivas, y las diversas comunidades y agrupaciones actúan políticamente y, en consecuencia, los ciudadanos y ciudadanas son políticos que escogen a sus líderes políticos desde los medios de coerción.

En esta sociedad moderna hay que entender que el Estado se ha convertido mayormente en un estado subsidiario, alojando decisiones de servicios en los privados; para ello, el privado, a su vez, ha conectado con el político para su participación y porvenir en ocasiones en desmedro de su ética y responsabilidad social, dado también por los métodos de transparencia, manipulación sobre los compromisos, financiamiento y funcionamiento legal actual del país. A su vez, los funcionarios públicos se convierten en trabajadores políticos que lidian con los privados a través de una licitación, adjudicación, ejecución y mantención de servicios que subsidian y alojan en privados.

No hay que perder de vista que los líderes políticos tienen como objetivo ejercer poder (otorgado por el Estado), por lo que el actuar político debe mediar inexorablemente con la ética y los fines públicos, particulares o partidistas de esta sociedad, aunque no siempre funcione acorde a la legitimidad que el político obtenga de acuerdo a la sociedad en la cual se desenvuelve, ya sea como parte del conjunto político o gobierno de turno.

Hoy, el maltrato de la imagen política está a la deriva: la ciudadanía está pasmada por la práctica del descaro político, cuya práctica surge como evidencia de los hechos que refutan la correctitud y la confianza, por ello la ciudadanía no partidistas y supuestamente apolíticos caen en los brazos de la decepción e incertidumbre que genera la autoridad.

Sumes a lo anterior, que las nuevas generaciones de votantes es baja; existe una percepción de descrédito político. El alegato popular atiende a un recambio o refundación de la fuerza política legislativa, sin embargo, si no se refuerza una nueva generación más politizada con educación civil que sea capaz de impulsar el recambio de los políticos, los antiguos apellidos oligarcas que han ejercido cargos políticos durante años, lo seguirán haciendo.

Tener presente también que parte de la educación política no está en la mayoría de los hogares, porque el descontento genera no hablar de política en los hogares ni en las fiestas particulares por miedo a la discusión o al enojo. Las familias, en general, no hablan de política, no se informan ni menos forman a sus hijos e hijas políticamente. La educación cívica se ha echado por el suelo, manteniendo a las nuevas generaciones con placebos burgueses adjuntos a la carrera del joven exitoso apolítico que no estima necesario estar informado de las necesidades de su país.

Hoy, por más desgaste y errores, “los políticos han de permanecer tranquilos”, ya que a un gran porcentaje de la ciudadanía no le interesa hablar ni manifestar su voz política para enfrentar los problemas ante los apernados asientos del Congreso.

Parece ocurrir que, tanto el gobierno como la oposición, partidos de izquierda y derecha, convergen en una nube de acuerdos, cuyas líneas de valores se ven trastocadas por la ética y la responsabilidad de algunos políticos apasionados, que, sin mesura, negocian con sectores opuestos para logran el fin político y no precisamente el fin social. Esto es más evidente cuando se trata del ocultamiento del financiamiento de las campañas políticas para, más tarde, devolver la mano en licitaciones de proyectos sociales, políticas públicas y votos más o votos menos en proyectos de ley del Congreso.

El ejercicio y la actividad política están bajo el control del Estado, cuyo fin último es hacer el bien a la sociedad y no la de un individual, particular o colectivo político. Si los intereses particulares de los políticos priman por sobre el de los ciudadanos, entonces la ética de la responsabilidad y la moral están acabadas y junto a ello el mismo Estado.

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Cristian Vásquez Diaz Edición
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RPC

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