La verídica historia de un niño de barrio y sus perros

La verídica historia de un niño de barrio y sus perros

La verídica historia de un niño de barrio y sus perros

En una región del país y bajo el alero de un barrio marginal, nace a un niño cuya vida oscila entre el vaivén y resquemores ambientales del lumpen, donde sus experiencias familiares y legado social, al parecer, pasó con más pena que gloria pese a su corta natalidad.

Entre sus dos hermanos y su hermana, forja su vida llena de vicios, desórdenes, delincuencia. En resumen, una familia disfuncional.

Su padre, un convicto. cuya condena fue causada por asesinato, generó el abandono, dejando a su madre, alcohólica y drogadicta, a cargo de sus dos hermanos casi bebes. Su abuela ausente y deslenguada, su tío vendedor de marihuana. Todos apostados en el mismo nido familiar.

Desde pequeños, sus hermanos solos y en precarias condiciones fueron abrazados por la tierra del pasaje donde habitan, su piel y sus genitales expuestos a la suerte del ambiente, desde pequeños no conocieron los pañales y pocas veces sintieron ropa apropiada, sus cabellos siempre cortos a causa de los piojos y su piel con sarna se entremezclaban con la tierra que cubría sus cuerpos.

La madre acudía minuciosamente a los consultorios para buscar la leche de sus niños, que más tarde vendería a los vecinos del pasaje o a otras personas para seguir el Statu quo del diario vivir.

Los vecinos del barrio en ocasiones garantizaban comida, agua y prendas para vestir, por otra, parte su madre y su tío, dado al negocio de las drogas, tráfico, consumo y prostitución, en ocasiones, por un espasmo de orgullo, no aceptaban, pero solo cuando la lucidez se los permitía.

En el barrio vivían amigos cercanos de la supuesta familia, también asiduos al consumo, tráfico y prostitución, una mezcla perfecta para la amistad y el cotidiano vivir en donde sus hermanos se formarían y aprenderían de la madre calle.

Cuando sus hermanos lograron tener un tanto de conciencia, comenzaron a probar el sabor de los golpes y la frustración callejera, se fueron haciendo fuertes a palos y llantos mientras la crudeza del ambiente los asechaba como el lobo a las ovejas.

Al poco tiempo y aún muy niños, la delincuencia les tendió la mano, como dejo de medida reparadora para escapar un tanto de las injusticias y por menores de la precariedad que los rodeaba.

Aparecieron los alimentos y algunos objetos nuevos, que reducían dentro del mismo barrio para comprar, en ocasiones, algunos caramelos para engullirlos escondidos por ahí.

En ese tiempo, la abuela ausente conoce a un hombre que al poco andar la empujaba a enrielar los arbolillos de su hija cuyo crecimiento más bien curvado no llegaría a buen fin. Los niños por consiguiente pudieron ir al colegio, con ropa y cuadernos para la posibilidad de enderezar el camino ya difuso.

Por cierto, que eso ayudó, pero no fue suficiente ya que las apariciones esporádicas propiciaban la desventura, la falta de continuidad de los niños a cargo de las irresponsabilidades de la madre y el negocio de la marihuana del tío no parecen conjugar.

En ese momento, la madre conoce a un nuevo personaje, aquel hombre esforzado, con su carretón de feria, vendría a luchar contra la corriente, al poco tiempo y con bastante voluntad se hiso cargo de la familia, logró romper con el negocio de la marihuana de su cuñado y alejarlo de la vivienda.

Logró componer un hogar con mesa y sillas para comer, fue una pelea bastante dura la que tuvo que enfrentar día a día, mientras llegaba tras largas jornadas de trabajo.

Él, fue un tipo valiente, tuve que romper adicionalmente con las amistades cercanas, la cual le trajo consigo innumerables problemas, sin embargo pudo salir ileso y romper con la costumbre de un camino difuso, lleno de precariedades y con un futuro nebuloso.

De esta relación nace finalmente el niño, luego de un agotado trajín y reconstrucción de un hogar, no con ostentación pero digno y correcto, al parecer marchaba viento en popa, lo cual de algún modo hacía brillar los ojos y salvar una leve sonrisa de algunos vecinos.

Las peleas con su mujer y el ambiente fueron bastante duro, este hombre al tiempo no pudo contra todo, terminó yéndose con otra mujer, dejando a este niño con la madre y sus hermanos.

Al tiempo sus hermanos cayeron al SENAME en un par de ocasiones, el tío volvió y de apoco comenzó a traer a sus hijos, todos de la misma índole, producto de otra familia disfuncional, eran más menos de la misma edad de sus hermanos.

Este niño comenzó bajo la misma crianza de sus hermanos, en la calle a poto pelado, aprendiendo desde pequeño a valerse por sí solo, al poco tiempo su imagen en el barrio se proyectaba como una promesa de la delincuencia.

La calle lo hiso fuerte, nunca fue a la escuela, no le tenía miedo a nada, era la promesa del choro del pasaje, ya desde pequeño enfrentaba sin temor a cualquier personaje de la población que lo criticase, con palo en mano manifestaba su valentía, era solo un niño, pero cojonudo y claro un perfecto delincuente con agallas.

El encontró un gran amigo, un perro abandonado, que el mismo barrio apadrino dándole de comer. Este perro, al poco tiempo se hiso el guardián del barrio en compañía de este niño, inseparables los dos, con el máximo respeto entre ambos recorrían el barrio.

El perro fue el guardián del pasaje durante años, hasta que fue envenenado por los traficantes del entorno ya que sus clientes se impacientaban tras ser ahuyentados por este animal.

En ese episodio le mataron a su mejor amigo, a quien más respeto le tenía, a su familiar más cercano, a su compañero, a su cobija de penurias, en quien pudo confiar sin reproche.

En ocasiones, sus hermanos presos de la pasta base, alcohol y la angustia lloraban y criticaban a la sociedad desconsolados y nauseabundos algunas noches, dejando su garganta en el suelo dentro de su mundo alucinógeno y su penumbra de alegato perturbado, interpelando a la vida, enfrascándole lo solos que se encontraban en la vida.

La municipalidad de vez en cuando subsidiaba a esta familia llevando algo de alimento y accesorios básicos para la vida, que duraban poco porque al rato eran reducidos y vendidos.

Más adultos, ineludiblemente aceptaron el segundo llamado de la delincuencia, al que accedieron sin más, eran buenos niños, pero la dinámica de su entorno fue trágica y pujante, no dejo un poco aire de respiro para que vieran otra opción.

Los vecinos observadores, cuando pudieron tender la mano por algún problema, lo hicieron, los tres hermanos cargaban el código antiguo de la delincuencia, cual era del respeto a los que vivían con ellos en el barrio, si bien las necesidades eran grandes y de vez en cuando tiraban las manos a la pasada, se asumía un respeto de población.

Este niño construyó su entereza en este ambiente, se pulió en el lumpen, siendo el más choro de la población, loco como una cabra, ya que desde pequeño mostraba indicios de aquello.

Más tarde nacería su hermanita, que él tomaba en sus brazos haciéndose cargo de su miserable vida, pero lamentablemente no pudo evitar que en las noches un bebe de dos años gritara con altos tonos de desgarro tras violaciones de la nueva y reciente pareja de su madre, que con el tiempo se supo entre los pobladores.

En diversas ocasiones los pacos y ratis entraron a registrar la casa y entre gritos y forcejeos vio cómo se los llevaban detenidos a sus hermanos.

A raíz de estos episodios, el abandono del lugar fue inevitable. Finalmente quedó solo, lo dejaron abandonado en la casa, sus hermanos iban y venían de vez en cuando; estando generalmente solo pese a ser menor de edad y acompañado de lo aprendido en su corta experiencia.

Nos obstante continuó, por segunda vez fueron los perros, abrazó a aquellos que en algún momento le recordaron lo que había construido con su anterior amigo envenenado. Los perros eran su familia nuevamente, un montón de perros que cobijaban su falta de cariño y afecto, ellos le entregaban lo necesario para ser feliz.

Al tiempo en una explosión acumulada de ira, drogado, algo gatilló en su cabeza, optando por quemar toda la casa, aquella que lo vio crecer frente a la calle, aquella donde vivió violaciones, prostitución, drogas y quien sabe qué otra cosa, esa maldita casa fue quemada, como para alejar y terminar con todo aquello que lo vio crecer, como para hacer desaparecer el pasado, tantas experiencias que quiso que ardieran hasta no quedar más nada.

La municipalidad como es de costumbre, subsidio medias aguas para que construyeran nuevamente, a la cual ante el regalo de todos los elementos, volvieron habitar, hasta personas que no se habían visto jamás en el barrio.

La madre invalida quizás por qué motivo, volvió, desgarrada y llorando por su casa, “que nunca formo y tuvo”, su abuela a la vez culpaba a los vecinos que nada tenían que ver en el hecho.

Este niño se fue finalmente del lugar dejando abandonados a sus perros, como dejando todo atrás.

Unos años más tarde,  como si el viento no tuviera el color ni el olor de siempre, los perros comenzaron a aullar, aullaron tres días seguidos.

Luego al siguiente día, el pasaje del barrio se entera de la noticia, su partida llegó, a sus 25 años habría marchado, tras un ahogo de vómito los perros acusaron recibo, mucho antes que aquel ambiente que lo vio crecer y que sintiera su casi predestinado final, aquella vida de sufrimiento, desconsuelo, de soledad, donde su única familia más cercana fueron los perros.

Que en paz descanses niño, discúlpanos y perdónanos por no haberte dado una vida mejor.

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