Resaca de una Discusión Reseca

Resaca de una Discusión Reseca

Resaca de una Discusión Reseca

Las reiteradas discusiones discursivas que iteran incansables una y otra vez, lejos de acercar un debate (en el bien entendido), provocan cierto distanciamiento y radicalización en las posiciones que a pesar de mostrarse enfrentadas en la forma, tienen (o debieran tener) una convergencia común en el fondo.

Oculta en la retórica generosa de defensores y detractores de lineamientos y proyecciones de sociedades evolucionadas, lo cierto es que en el común urbano del ideario de quien se cruza con nosotros día a día, se pierde un poco el eje del camino al que nos impulsa tal o cual iniciativa, indiferente al origen de ésta, o la sustentabilidad real que pueda tener, simplemente no se entiende claramente lo que se nos quiere decir.

Resultado de esto es que insistentemente se usa y abusa en la idea de la falta de claridad en la entrega de la información correcta a la ciudadanía, generando una espiral de reiteración que más que apuntar a cimentar una base teórica que alimente el debate, finalmente lo que pareciera prevalecer es la convicción de lograr el apoyo ciudadano en base a una imposición conceptual reiterativa que por cansancio, logrará implantarse en el inconsciente colectivo que finalmente apoyará el ideario programático basado en el “sí porque si” tendiente a resolver un debate favorable antes siquiera de contar con una amplia distribución informada y al alcance de cualquiera para entonces tomar rumbo al debate.

Este tipo de prácticas ahonda distanciamientos y fomenta descalificaciones, en las que el uso de términos y expresiones que hablan de sinos espirituales, coartar libertades y otras en ese sentido, han logrado una proliferación endémica que más que enriquecer el debate (algo que en política asoma con una cotidianeidad naturalizada), sólo estimulan el sesgo tajante de una opción en desmedro de otra, con un pobre interés por complementar o reconocer los defectos o virtudes que finalmente, es al futuro ciudadano en masa al que van a afectar, más que al interés de unos pocos, que bajo el prisma del cómo estamos hoy, no es descabellado asumir un aumento en las marcadas diferencias segmentarias que padecemos.

No es difícil caer en una suerte de embriaguez discursiva que parece acompañar este ir y venir de fraseos y parafraseos que destacan conceptos simples de repetir, símil a muletillas comunicacionales, que se instalan sin requerir de una profundización argumental, o de un fondo en el discurso, aumentando fácil y exponencialmente una masa adherente que respalda iniciativas sin mayor medicación o necesidad de inquirir una segunda capa de análisis que pudiera clarificar y dar más certeza aún del camino a seguir en vías de establecer una buena idea y concretarla en el medio social y comunitario, velando porque su impacto sea acorde al objetivo autoimpuesto en términos programáticos.

A esta reincidencia exhaustiva e incansable también nos debemos reservar un momento de reposo, una desintoxicación que nos aleje para tomar un punto de vista distinto, buscar una empatía diferente que nos permita consensuar nuevos elementos y alcances que de verdad proyecten un debate informado y constructivo, más allá del simple deseo y palabras de buena crianza que se acercan más a lo “políticamente correcto” que a la real intención de equiparar posiciones que permitan una genuina construcción del objetivo propuesto, porque cumplir no se debe traducir en “a toda costa” o emplazando y haciendo gala de una mayoría aparente que, a pesar de compartir esfuerzos en sustentar patrones evolutivos, no está del todo de acuerdo en acometerlos bajo cualquier costo, que más que económico, se puede traducir en un costo social.

Vana resulta entonces una discusión acalorada en términos de conceptos intransigentes que no presentan mayor avance en el “cómo” se van a generar, sino simplemente se imponen por la validez o certeza del concepto resultante, resolviendo la cuestión del debate antes que este se origine realmente, haciendo del alcance público una eterna discusión reseca que pocos llegan a entender, prolongando incertidumbres en el desempeño que tendrá su implementación, alimentando desconfianzas de unos y otros, y entre otras cosas, cerrando el nivel de participación, la que finalmente se decidirá a la sombra de un nuevo conciliábulo excluyente del que todos saldrán airosos, adjudicándose nuevamente la preponderancia participativa y decisiva en el devenir reformista que hará de nuestra sociedad chilena una comunidad más justa, igualitaria, libre y respetuosa del derecho, o al menos es lo que el pomposo slogan nos difunde, pero que en la base, en el día a día, en el uso compartido del transporte público o en la simple construcción solidaria con el que deambula frente a nosotros por las calles de las ciudades, es ahí donde realmente empezamos a construir una mejor sociedad, lejos de la resequedad discursiva, pasando ya la resaca de un ciclo para dar inicio a uno nuevo, con una mente y espíritu bastante más despejada, participativa y constructiva.

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