Del temor de la mayoría y la valentía de pocos

Del temor de la mayoría y la valentía de pocos

Del temor de la mayoría y la valentía de pocos

¿A qué le teme un carabinero protegido con casco, escudo, chaleco antibala, armas y bototos?

¿Qué miedo motiva a un hombre a manejar un carro lanza agua y convencerse de que su misión en el mundo es defender el orden social aun a costa de la vida de otros? ¿A qué le temen todos aquellos que defiende el actuar de nuestras fuerzas de orden y que justifican las muertes y heridas que hoy reciben los estudiantes? ¿Qué temor mueve a un hombre a disparar o a golpear a otras y otros? La defensa personal podría llegar a ser una posible justificación. Pero ¿Qué amenaza representan hoy los miles de jóvenes, escolares y universitarios, que marchan por un cambio significativo en el sistema que les tocará administrar cuando los viejos abandonemos esta vida?

Muchos análisis describen el malestar social que ha predominado durante los últimos años. Lo que no se ha descrito aún (y este texto tampoco lo hará) son las respuestas que genera estas manifestaciones populares. Más allá de las posibles causas y soluciones del problema, hay que hacerse cargo de las muertes y de los lesionados. ¿Es normal que en un país que se llama en vías de desarrollo sea noticia común que a carabineros se le pasó un poco la mano y golpeó en forma desmedida a unos manifestantes? ¿o que un joven dispare a otros jóvenes solo por temor? Un país que ve morir a sus jóvenes y que no hace nada para evitarlo, claramente está condenado a la autodestrucción.

Para los más jóvenes la estructura económica que se ha impuesto en nuestro país ya no se sostiene, ni menos sirven los argumentos que ponen por sobre el bienestar de las personas la preocupación por el crecimiento y los índices macroeconómicos. Lo mismo con la educación, la salud, la jubilación, el medio ambiente. Pero principalmente, lo que no se sostiene es una estructura de pensamiento que no es útil para las nuevas generaciones. Nuestros abuelos tuvieron una mirada distinta y muy poco preparada de lo que significaba su presente, y cuando se esbozó una posible pedagogía del oprimido se ajustaron los sistemas opresores y estos funcionaron de la mejor manera. Nuestros padres vivieron una dictadura que mató, torturó e hizo desaparecer, por lo que resulta comprensible que se hayan visto limitados en el ejercicio de la manifestación de su opinión.

Hoy lo que más se ha hecho es hablar a los jóvenes del valor de la democracia. Nuestros políticos dan muestra de maestría verbal al hablar  de ellos mismos como los portadores de la voz de los sin voz. Los medios de comunicación nos informan que Chile entró en carrera para ser como los países supuestamente desarrollados y que el valor de la libertad es lo primero.  Pero apenas se les ocurre salir a marchar, las calles se tiñen de un verde oscuro y autos y camiones que lanzan agua, y gases que irritan y palos que ponen moradas hasta las ideas. A pesar de todo esto, siguen movilizándose, se juntan y proponen y al parecer no tienen miedo.

A estos jóvenes y a algunos pocos e inmaduros adultos nuestra clase política parece responder: Ciudadanos y ciudadanas, queremos pertenecer al primer mundo (porque eso nos trae beneficios económicos a algunos pocos) pero ni cagando permitiremos en nuestro país aquello que hace que el primer mundo sea siempre el primero. Por lo tanto: no pidan educación ni salud gratuita; háganse cargo ustedes mismo de su vejez y buena suerte; no se les ocurra exigir más derechos laborales, miren que con tener trabajo ya deberían estar más que contentos; no pidan mayor representación que la que ya tienen a través de sus senadores y diputados que fueron electos democráticamente, con el financiamiento más oscuro y pernicioso que puede existir, sí, pero democráticamente a fin de cuentas. Y para todo aquel que no esté de acuerdo con esta hoja de ruta, hemos entrenado a unos jóvenes muy mesurados y educados en el elevado arte de la persuasión. Por lo tanto, si usted considera que el sistema es injusto acérquese a cualquier carabinero y este le dará los argumentos necesarios para que se replantee su postura. Si aun así usted sigue considerando que la situación debe cambiar, tenemos a un montón de defensores de lo privado que podrían incluso llegar a disparar en pos del bien común de nuestro país. Ambos, carabineros y protectores civiles del orden, cuentan con la aprobación de la ciudadanía bien educada, esa misma que se culpa a los propios muertos o heridos por andar marchando, porque sabemos que se lo merecen. Así que mejor piénselo bien antes de salir de su casa cuando convoquen a una próxima marcha. Y si sale, no diga después que no le advertimos.

Entonces ¿a qué le tememos cuando comenzamos a matar y golpear a nuestros jóvenes? La respuesta puede venir de muchos siglos atrás. Puede que le temamos a lo mismo que le temía Saturno cuando devoraba a sus propios hijos, o a lo mismo que asustó a Layo cuando supo el destino de su hijo Edipo. El mismo miedo tuvo Herodes cuando mandó a matar a todos los primogénitos. Todos ellos y nosotros le tememos a ese impulso creativo y renovador que nos intenta imponer la juventud y que nos dice que la vida sigue y que el poder no se puede sostener por muy poderosos que creamos ser. Hay un proceso de aceptación que a los adultos nos resulta difícil de asimilar.

Lo primero que se podría hacer es recomendar la lectura de mitología en las FFEE de carabineros para que reflexionen sobre cuál es el resultado de todo ese miedo y de tanta violencia. ¿Sabrán los carabineros qué ocurrió con Saturno y Layo? ¿Será fuente de consulta permanente la mitología para nuestros políticos? Al decir de Russell en su Sobre el cinismo de la juventud: “¡Qué agradable sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en la bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía y poesía griega, y en el que los políticos estuviesen obligados a tener un sólido conocimiento de la historia y de la novela moderna!”. Lo mismo para nuestras fuerzas de orden y seguridad, como también para todo adulto que se precie de ser representante del bien común. Personalmente confío más en los que vienen que los que ya se van.

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