Huelga del Transantiago: Un corte en la autopista de los cuerpos

Huelga del Transantiago: Un corte en la autopista de los cuerpos

Huelga del Transantiago: Un corte en la autopista de los cuerpos

Hay criterios que para el Estado son esenciales, entre ellos la idea de democracia representativa, el monopolio de la fuerza y uno que pasa subrepticiamente para la mayoría de las personas: el tránsito de los cuerpos –como el ciudadano y ciudadana de un Estado–.

La idea de democracia es sustancial para el Estado; sin ésta se desmorona y se transforma en un régimen monárquico, totalitario o tiranía. El monopolio de la fuerza es lo único que el Estado no puede permitirse privatizar, ya que es lo que defiende su sistema e impide y regula las movilizaciones sociales.

Me detendré en la última y más compleja: el tránsito de los cuerpos. El cuerpo ha sido estudiado como lugar donde el poder se vuelve concreto, medible y palpable. Foucault no cree que exista solo una dimensión e idea de poder, sino más bien distintas dimensiones y maneras de operar sobre mujeres y hombres como corporalidades tangibles. El Estado puede encerrar en cárceles o psiquiátricos a los cuerpos defectuosos o anti-sociales (como un stock de “productos”); en estos lugares, se les aplicará la “ortopedia estatal” para reformarlos o rehabilitarlos. De no lograr “el alta”, los cuerpos se mantendrán almacenados hasta su descomposición, tipo morgue, pero con personas vivas.

Lo anterior es como hoy: el Estado muestra su poder sobre los cuerpos, es decir, ejerce un biopoder, entendido como aquel “poder sobre la vida (las políticas de la vida biológica, entre ellas, las políticas de la sexualidad) y como poder sobre la muerte (racismo). Se trata, en definitiva, de la  estatización de la vida biológicamente considerada, es decir, del hombre como ser viviente”[1]. Un  ejemplo de ello son las políticas abortivas de un país. Aquí la ley y el Estado se inmiscuyen cual ginecólogo en la vida de la mujer. Otro ejemplo: las políticas de esterilización ocupadas por Hitler y por Inglaterra; un caso emblemático: Alan Turing, padre de la computación moderna y homosexual. Sobre Turing el biopoder se vio reflejado en una castración química, mediante un tratamiento hormonal para la reducción de la libido.

Ahora bien, los cuerpos de chilenos y chilenas que no están en cárceles o psiquiátricos –prácticas de salud pública– funcionan bien. No son defectuosos y no realizan contra conductas a la razón del Estado. Ellos pueden circular libremente en su interior, protegidos. Sin embargo, cualquier corte en esta carretera por donde pasan los cuerpos es un hecho desestabilizador del Estado, principalmente en sus dimensiones de orden y de derecho: “Mientras el derecho remite a un sistema jurídico, el orden remite a un sistema administrativo”[2].

Es así como la acción de los trabajadores y trabajadoras de Express resulta tan agobiante. Integrantes de la empresa ingresaron a las vías del Metro y lograron interrumpir el servicio entre la estaciones Moneda y Unión Latinoamericana. El Metro “intervenido” –entendido como medio de transporte de cuerpos a sus estaciones de trabajo– es un golpe duro al Estado y su criterio de normalidad.

Frente a esta acción, el Estado se pronuncia a través de su intendente, Claudio Orrego, quien señaló: “una cosa es marchar por una calle de Santiago y otra muy distinta es paralizar el Metro. Nos parece un delito que tiene que ser castigado, muy probablemente con pena de cárcel”[3]. Conjunción perfecta de las esferas jurídica y administrativa. Sincronía perfecta en términos de biopoder. Y, por último, ejemplo claro de lo problemático de interrumpir la producción.

Estas acciones también fueron tomadas por el movimiento de pobladores de UKAMAU, quienes cortaban el tránsito en General Velázquez e impidieron que la fuerza de trabajo llegue al barrio alto. Golpe seco a la oligarquía chilena.

El acto de los trabajadores de Express fue certero al mentón de un Estado con quijada de cristal. La magnitud llevó a Orrego a afirmar que “el Ministerio del Interior ha decidido, a través de la Intendencia Metropolitana, querellarse por la Ley de Seguridad de Interior del Estado y por incendios contra quienes resulten responsables”[4]. Esto tipificaría a los trabajadores y trabajadoras como terroristas.

Las demandas de los trabajadores son tres: aumento de sueldo, mejorar las condiciones laborales y turnos éticos. A los ojos de todos y todas, se trata de demandas comunes y corrientes de cualquier trabajador o trabajadora (las mismas han pedido quienes trabajan en Salud, por ejemplo).

Lo que podemos ofrecer, modestamente, es un análisis distinto.

Ya he apelado al concepto de cuerpos, ahora, invocaré el concepto del discurso de los trabajadores. Primero, su dirigente –una mujer con voz fuerte e ideas claras– aglutina a sus compañeros y compañeras tras un objetivo compartido. Segundo, la dirigente suplica empatía[5]. Y tercero, un lienzo que recitaba: “Lealtad con lealtad se paga”, levantado y extendido por otro sindicato.

Ninguno de los argumentos es objetivo y no evocan un razonamiento científico. Los argumentos recurren al componente emocional de la ciudadanía. Una mujer que defiende, como una madre, a sus hijos de los abusos de un padre ausente llamado Estado chileno, apelando a la empatía, sentimiento que puede enmarcar las dimensiones éticas y morales del ser humano. El lienzo habla de una cohesión, una forma de lucha en bloque y unidad que forma una totalidad.

Los trabajadores y trabajadoras, quizás sin saberlo, han recurrido a un argumento que es característico de los nuevos movimientos sociales y de la posmodernidad. Los nuevos movimientos sociales saben que las fuerzas son asimétricas, por lo que se mueven con tácticas irregulares: se juntan, actúan y desaparecen. Eso sí, actúan donde más duele: las redes de comunicación y tránsito. Recordemos la huelga Entel, una empresa de telecomunicaciones con problemas de comunicación. Hoy, una empresa de transporte con problemas para transportar personas.

Según el polaco ganador del premio Príncipe de Asturias Zygmunt Bauman, “Se le ha devuelto la dignidad a las emociones; legitimidad a las simpatías y lealtades “inexplicables”, incluso “irracionales” que no pueden describirse en términos de su utilidad y propósito”[6]. Bajo este prisma podemos ver cómo las marchas por la educación son acompañadas por luchadores y luchadoras que solo aspiran a una vivienda digna. Las marchas medioambientales son acompañadas por quienes están a favor del aborto. Las marchas que exigen una actitud ética a los políticos son acompañadas por movimientos que piden el respeto del plan urbano regulador de las comunas.

El Estado enfrenta un clima inestable y le está resultando difícil controlar a los movimientos sociales. Los ciudadanos y ciudadanas se aglutinan en grupos y derriban el mayor triunfo de la desidia posmoderna: el individualismo y atomización. ¿Cómo evolucionará el biopoder para hacer frente a estas nuevas formas de organización social? Según Esposito en su libro “Bios: biopolitica y filosofía” nos entrega la entrada al tártaro y señala que: la vida, sometida al razonamiento político y conjunción de orden y derecho, está siempre en riesgo de ser sometida de forma violenta.

Personas Rol
Mauricio Gonzalez Seguel Periodista
@gmauricio554
Claudia Andrade Ecchio
Cristian Vásquez Diaz
Edición
@PiojoChile

Bibliografía

[1] Castro, Edgardo. (2004). Diccionario Foucault. Buenos Aires Argentina: Siglo XXI. p.55.
[2] Castro, Edgardo. (2004). Diccionario Foucault. Buenos Aires Argentina: Siglo XXI. p.349.
[3] http://www.latercera.com/noticia/nacional/2015/06/680-633985-9-servicio-interrumpido-en-linea-1-de-metro.shtml (12 de junio de 2015).
[4] http://www.latercera.com/noticia/nacional/2015/06/680-633649-9-intendencia-anuncia-querella-por-ley-de-seguridad-del-estado-tras-desmanes.shtml (12 de junio de 2015).
[5] Empatía: sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra.
[6] Bauman,Zygmunt. “Ética posmoderna”. Buenos Aires Argentina. Editorial Siglo XXI. Pág.41.

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