Teoría y praxis de la cultura e identidad del mercado Franklin

Teoría y praxis de la cultura e identidad del mercado Franklin

Teoría y praxis de la cultura e identidad del mercado Franklin

El modelo económico neo-liberal, aquel de la oferta y la demanda –ese de la mano invisible y que señala todo–, tiene un precio que maneja nuestra sociedad y que refleja la economía no sólo en la gestión del dinero, sino en la creación de cultura.

La cultura le ha sido expropiada al hombre común y se ha arraigado en las élites, esas que pueden disfrutar de visitas al Louvre, se fotografían junto a la sagrada familia o disfrutan de la ópera en el municipal. La cultura se ha instrumentalizado para ser creadora de brechas entre quienes pueden pagarla y quienes primero deben pagar luz, agua y gas.

Para Touraine, la economía y la cultura han sido cruzadas para ser una nueva brecha entre quienes pueden pagarla y quienes no: “La idea de globalización nutre aquí una ideología dominante y la de identidades culturales, sirven para legitimar los poderes autoritarios”[1]. La cultura gestionada por la economía toma una carga ideológica, mientras el juego perverso del mercado –como piedra angular– se roba el concepto antropológico de la cultura.

Lo mismo ocurre con el concepto de identidad; la posmodernidad liquida, aquella que se escurre rápidamente entre nuestros dedos, esa donde podemos ser todo a un click de distancia o pagando una cantidad de dinero, nos ofrece lazos tan útiles como una caja de herramientas sin herramientas. Pues la identidad, esa característica que nos hace distintos unos de otros, hoy nos hace similares, producidos en cadena y posibles de almacenar en stocks.

Entonces, ¿cómo podemos oponernos al juego perverso que pretende privarnos de cultura y nos ofrece tantas identidades de carácter etéreo? La idea de la operación es transformarnos en masa, en simple sociedad de consumo, bajo la misma sociedad criticada por la Escuela de Frankfurt[2]: ¿qué podemos hacer para salvaguardar nuestra estabilidad como sujetos?

La respuesta es simple, tan simple que se ha invisibilizado. La economía pretende transformarnos en simples amebas consumidoras, pues desde ese concepto de masa, es posible afirmar que “es la propia masa la que le pone fin a la cultura de masas”[3].

Debemos encargarnos nosotros mismos de revertir el fenómeno de ponerle precio a la cultura para volver la cara hacia nuestras propias construcciones semánticas, volver a mirar nuestro lenguaje como creador de identidad, volver a mirar nuestras casas como constructoras de estética cultural, nuestras costumbres como estructuras monolíticas que permitirán mantenernos firmes a una gestión posmoderna que pretende eliminar e imponer sus términos de existencia. “La desocialización de la cultura de masas nos sumerge en la globalización pero también nos impulsa a defender nuestra identidad apoyándonos sobre grupos primarios y reprivatizando una parte y a veces la totalidad de la vida pública, lo que nos hace participar a la vez en actividades completamente volcadas hacia el exterior e inscribir nuestra vida en una comunidad que nos impone sus mandamientos”[4].

En la práctica, el sector de Franklin da cuenta de una cultura que aún sobrevive y que ha sido construida por personas de barrios populares que no han permitido la usurpación cultural de la economía.

Fue fundado en 1847 como “Mercado Matadero”, para faenamiento y distribución de carnes, cuya actividad llega a su fin con la crisis económica mundial de 1929; esto produjo el aumento de comercio ambulantes y la apertura de industrias de manufacturas, convirtiéndose en “Mercado Persa”. Unos años más tarde, alrededor de los años 40, cuando surge el comercio al alero de la línea del ferrocarril, este movimiento mercantil auspició la toma de terrenos en las cercanías y facilitó el proceso de inmigración del campo a la ciudad para el sector.

Alrededor de los 50, se caracterizó como zona industrial, con fábricas y curtidores de zapatos, no obstante, con la crisis económica de 1982, se produjo el cierre de varias industrias, lo que dejó espacio para el asentamiento de locales para distintos tipos de comercio.

Hoy la zona de comercio del barrio Franklin aloja aproximadamente a 4500 locales –entre galpones de carnes, cecinas, víveres varios, ropa, muebles, antigüedades, tecnologías, cocinerías– y comercio ambulante a las afueras de locales y los galpones: una variedad inimaginable de utilidades y objetos del vivir cotidiano.

El Persa Bío Bío abre todo el año a excepción de Pascua y Año Nuevo; el día del trabajador hay menos comercio, pero de todos modos están presentes para condimentar el comercio.

Entre las calles de los negocios y galpones, mientras el visitante camina, puede parar unos minutos a ver al señor del condorito que baila, los bluceros, los rescatistas de mascotas –cuya noble misión es adoptar o dar en adopción a perritos–, también chinchineros y uno que otro personaje ocasional para la entretención al paso.

Los galpones son como laberintos, túneles tras pasillos; uno se pierde entre tantos objetos de todo tipo: se pueden encontrar libros, discos de vinilos, la tuerca que faltaba para la lavadora, marcos y cuadros para coleccionistas, accesorios para autos y bicicletas, películas, pinturas, herramientas, tecnologías digitales, el local de maní tostado calentito en el invierno, etc.

Hay galpones dedicados a los muebles, en los cuales se puede encontrar una variedad increíble de muebles, a un precio muy asequible; otros galpones son de prendas de vestir, donde la ropa es muy representativa de las modas más juveniles, aunque también se pueden encontrar prendas más conservadoras; otros galpones son de coleccionistas, con un sinnúmero de objetos. En algunos galpones se pueden encontrar cocinerías de gran versatilidad gastronómica, como comida peruana, cubana, mexicana, colombiana y su buena empanada frita, su anticucho, su tonto (abundante) completo o su sungururo (sándwich) y, por supuesto, comidas chilenas como el caldo de pata, ajiaco, patitas de chancho, pernil con papas, porotos, pastel de choclo, etc.

Pero tras la mascarada del comercio y las distintas posibilidades del consumo se encuentra el folclore, la rebajita y lo barato al momento de comprar. Existe una cultura de Franklin que refleja y se siente al pasar, condimentada con la talla a flor de piel de los vendedores y la cercana atención de las personas que atienden los puestos. Todo lo anterior hace que un simple paseo se transforme en una aventura.

El comercio que se da aquí es popular: son las raíces que tiene el chileno, pero que esconde con vergüenza muchas veces, pues en el comercio del barrio Franklin no hay que raspar para apreciar la cultura e identidad nacional, ya que se encuentra suelta y libre por las calles.

Es nuestra responsabilidad ir al rescate de lo que está ahí, para superponerla y convivir con el consumo y el mercado, así como lo hace el barrio Franklin, así como muchos que pretenden ser actores pasivo-activos, para convivir con el progreso.

Texto producido por el equipo de Revista Piojo Chile

Personas Twitter
Mauricio Gonzalez Seguel @gmauricio554
Cristian Vásquez Diaz Edición
@PiojoChile

 

Bibliografía

[1] Touraine, Alain. “¿Podremos vivir juntos?”. México: FCE. 3º Reimpresión 1997.P.42.

[2] La Escuela de Frankfurt –dueña de la teoría crítica– construye análisis crítico no sólo en relación con la teoría sino también con la praxis y la conjunción histórica de ambas. La teoría crítica es una conjunción entre el marxismo y la teoría de Freud, la que se aplica sobre la sociedad de masas. La sociedad de masas es sociedad dominada por la cultura de masas, los medios de comunicación de masas, la sociedad de consumo de masas y las instituciones impersonales de gran escala.

[3] Baudrillard, Jean. “Cultura y simulacro”. Barcelona España: Kairos.Impresión 2012 P.92.

[4] Touraine, Alain. “¿Podremos vivir juntos?”. México: FCE. 3º Reimpresión 1997.P.11.

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