Crónicas del abandono – Despertando mi resiliencia – Cap.04

Crónicas del abandono – Despertando mi resiliencia – Cap.04

Crónicas del abandono – Despertando mi resiliencia – Cap.04

Así como lo he escrito en mi diario que aún escribo, repetiré muchas veces que no es fácil contar tus tragedias al mundo para conseguir justicia.

Hoy, con el respeto, los perjuicios, las etiquetas, los estilos, las creencias, las tendencias que distorsionan todo y lo poco que leemos y comprendemos, casi no podemos evitar que el interés por los temas respecto del abandono se invisibilicen, provocando que veamos una sociedad injusta y sin futuro.

Estos temas son difícil de canalizarlos, porque el estereotipo y discurso que siempre se utiliza es el del rumor o chisme, pero aquí yo voy más allá del rumor, hablo de la idiosincrasia de un ser que padece familia, donde parte de ella es arrancada del seno materno por decisiones de otros.

Desde el año 1975 al 1979 en Antofagasta, viviendo solo con mi mamá Berta y Yarla (una perra pastor alemán muy graciosa) me la pasaba relajada, conociendo la vida, con muchas necesidades, pero ya sin Roberto y sus malos tratos.

Tengo hermosos momentos, sublimes para mi, tenia 8 años y recuerdo estar cocinando luego de haber ido al mar a sacar caracoles. Mi abuela, la Yarla y yo estábamos cómodas comiendo en un pequeño cuarto de cocina color amarillo suave, en una mesa de mantel blanco con tres sillas y una banca (quedaba tras el patio), comíamos arroz con caracoles, me encantaban y Yarla se los devoraba.

En aquel tiempo subía y bajaba la escalera de once peldaños, yo era muy inquieta, en el segundo piso aprendí a subirme a una ventana con una banca y ponía mis manos en la barandilla apoyada en el marco, pensaba qué haría mientras miraba el mar y el horizonte. Me repetía y pensaba, en no volver a ver nunca más a Roberto, ayudar a mi mamá en lo que pudiera, pensaba no hacer daño, me decía -lo que me hacen a mi yo no lo haré-, porque duele mucho, tambien veía por la ventana como llegaban o se iban los barcos del puerto de Antofagasta. Los colores en el cielo me hacían pensar en volar y perderme en lo profundo de la inmensidad del cielo nortino.

La niña del cintillo blanco seguía conmigo acompañándome, ya casi no recuerdo el rostro de mi mamá biológica, con el tiempo he ido perdiendo los recuerdos de sus facciones, mis botas rojas de charol estaban en un rincón ya gastadas, pero estaban ahí porque ellas eran un código para mi: éstas tenían por misión recordarme lo que había pasado con ellas.

En ese tiempo me gustaba estar con la mamá Berta junto al mar, me sentía segura, intocable. Comencé a tener un contacto con la naturaleza impresionante, me gustaba jugar más con tierra que con muñecas, los animales me gustaban en su totalidad, yo quería salir a la calle, pero no me dejaba mamá Berta hasta que pasaran los toques de queda, porque en las calles ya no jugaban niños, en las calles jugaban los militares.

Le preguntaba a mi mamá Berta ¿porque habían tantos milicos? ella me dicia que yo estaba muy niña para comprender y que por ahora estaba bien aquí, luego me decía -ellos nunca te harán daño, porque no los dejaré-. Loa militares se paseaban por las calles en jeeps, yo los veía desde el balcón y me escondía de ellos, sentía que me harían daño porque no tenía mis padres.

En ese tiempo se escuchaba de la voz de los militares que Pinochet se burlaba de los mapuches, que eran indios ignorantes y feos, y nosotros teníamos que reírnos también, y celebraban cada cosa que decía ese hombre, en ese programa de “Sábados Gigantes” que nadie se lo perdía, pero a mamá Berta no le gustaba.

La primera travesura que que hice -casi maté a mi mama Berta-, fue cuando fui a la calle sin su permiso y llegué a la casa de unas niñas, mis primeras amigas, Sally (Q.E.P.D) y su hermana Chila, fuimos tan unidas, se reían de lo cómica que era yo, jugábamos todo el día, comía y dormía muchas veces en su casa.

Comence a subir peso, me daban sémola con leche, pase de ser flaca hormiguita patelana, a la guatona rusia. Con estas nuevas amigas vi como era una familia, sus padres, hermanos, vi lo bueno y lo malo de una familia. Me sentía querida por ellos, pero se me venia a la cabeza Roberto, me atormentaba que un día apareciera, me daba mucho susto acordarme de él. Como la mamá Berta me habló de Dios, yo le pedía a él que me protegiera.

Íbamos a la capilla Andacollo cuando era mes de María, yo en particular iba a recoger un juguete que daban a los pobres en navidad ques entregaba un camión de milicos en la esquina de la capilla, juguetes feos, a mi me toco una vez una muñeca fea tiesa y de ojos muy enojados, desnuda y las otra veces una pelota que con dos chuteadas se deformaba, y luego desilusión, ya no había más pelota, por cierto, los juguetes para los ricos eran diferentes sin duda alguna.

Tuve un despertar platónico al ver la diferencia entre niños y niñas, y por tanto ir a misa por ejemplo era estar con Dios, pero también ver a los chicos y reírse sin maldad con mi amigas Chila y Sally que nos emperifollábamos pare vernos mejor, hasta tubos nos poníamos para salir con el pelo crespo, teníamos unos mellizos atentos a Sally y a mí, donde nos poníamos más coquetas, en la misa nunca estuve quieta, siempre quería reírme cuando iniciaban los cantos, porque habían señoras que cantaban a todo fervor.

De vez en cuando pensaba lo complejo de mi situación, por un lado pertenecer a una familia con amigas y mamá Berta y por otro no pertenecer a una familia real, era como no tener raíces, como una vida secreta, mi vida era tan misteriosa para mí y para los demás que muchas veces escuchaba diálogos como el siguiente:

Un día salimos a pasear con mamá Berta y nos encontramos con una señora, se saludaron y le preguntó

-¿Usted tiene a esta niñita? (tacándome la cabeza).
-¿Porque? dijo mi mamá Berta.
-Yo se la historia de ella, dice la señora.
-Dígame por favor que pasó, dice mi mamá Berta.
-Ah yo no me meto en problemas, dice ella, es muy peligroso hablar de eso ahora.
-Y mi mamá le insiste y ella le dice -no Bertita es muy delicado. Le pregunto a mi mamá Berta si esa señora conoce a Roberto,
-Mamá dice -si hija de eso hablábamos, pero tu tranquila estás conmigo.

Yo estaba asustada, ese Roberto siempre venía a mi mente y confundía todo de nuevo. A nadie les hablaba de mi papás, si me preguntaban solo decía que estaban lejos y que siempre se comunicaban, en la escuela seguí siendo una alumna regular, me distraía fácil en clases, pero trataba de esforzarme, muchas veces sentía mucho desapego a como tenía que hacer las tareas, las encontraba aburridas. Tenía varias amigas en la escuela una en especial que hasta el día de hoy conservo. Para mi era más importante estar pendiente que no me quedara sola, porque eso me hacía temblar de miedo.

Tuve una pareja de amigos adultos que me querían mucho, tenían una confitería y ahí me la pasaba comiendo chocolates y les ayudaba en su negocio. Los amigos me invitaban a los cumpleaños, era la primera en comer, pedía repetición, (por favor) me gustaba bailar cumbias y hacerle la vida feliz a los demás, era el alma de la fiestas, escuchaba música y mi corazón saltaba de alegría. Nadie podría pensar que yo sufría y de esa forma empecé a formar esa coraza de la resiliencia.

Recuerdo que cuando peleaba era porque ya era mucho, recuerdo un compañero destacado de curso, le gritaba cosas a mi mamá Berta sobre mi en tono de burla, hasta que un día ya no aguante, y me tiré encima, le saque la mierda, el también se defendió, al final unas señoras nos separaron, mi compañero salió corriendo y nunca más me molesto, hace unos años se lo recordé y me dice que no se acuerda, -ja-

En coro tenía un sonsonete muy fuerte guiaba a los demás, en folclore bailaba la canción ojos azules, un trotecito andino. La figura de padres ya se me iba olvidando, solo admitía que ese recuerdo formara para mí un escudo protector, para que nadie me pudiese dañar, era complicado pero lo intentaba, era agotador, muchas veces ocupaba todas mis fuerzas.

A los 10 años aparece esa figura tan rechazada por mi, Roberto. Nadie en la población se entero cuando el llegó, siempre nos veían solas, viene a buscarme pensé, sentí terror, me miró y le dijo a mi mamá -que bonita se está poniendo esta cabrita, esa frase despertó el miedo en mi.

Inmediatamente cerró puertas y ventanas, la casa estaba a oscuras y empezó a mandar, me cortó las salidas a la calle, me dolía el pecho y solo veía oscuridad cuando estaba. Sentía que estábamos invadidas por Roberto. Volvió a recordarme que tenía prohibido hablar de mi, y que si lo hacia con cualquier persona, me mataría.

Yo le explicaba que nunca hablaba de mi, y me decía mentirosa, andas por ahí hablando. Y yo replicaba que no pero igual terminaba castigada y golpeada. Los golpes los sentía mucho más, era un terror en silencio. Me empecé a poner testaruda y fuerte de carácter, empecé a tomarle resentimiento y me confundía por su identidad de padre. Lloraba mucho en silencio, ya había aprendido a llorar sin que nadie lo notara.

En la escuela empecé a tener mal comportamiento y me puse muy pelionera, me llamaban la atención y me juzgaban. Yo pensaba -si supieran que falta me hace hablar la verdad- que no soy así por nada. Me angustiaba pero siempre trataba de ver la parte positiva de todo lo que vivía. La escuela era un lugar de refugio, caminar de la escuela a la casa o de la casa a la escuela era terapéutico, me permitía pensar y relajarme, pero cuando estaba Roberto, miraba el reloj cada vez daba un paso, era tan angustiante, el caminar rápido y solo mirar al frente. Lo terapéutico terminaba transformándose en estress.

Las tareas eran por horas y horas, sin aprender mucho porque sentía que me bloqueaba, trataba de caerle bien a Roberto ya que no quería que me dañara más, pero ni por eso cambiaban las cosas. Nunca fue a la escuela a presentarse, pero si me reclamaba cada trabajo que pedían. Habían momentos de relajo cuando bebía, se ponía hablar sus anécdotas con mamá Berta y se olvidaba un rato de su realidad.

Roberto le reclamaba a mi mamá Berta que estaba muy consentida que así yo no servía, los días que estuvo lo vi que salió poco a trabajar. Llegó un día con productos para el aseo personal. Recuerdo que mamá le pido barras de jabón y un agua colonia inglesa. No daba para la casa, lo vi borracho decía que donde estaba tenía que estar escondido ya que lo andaban buscando. Yo no comprendía de que hablaba en ese entonces.

Siempre escuchaba cosas y una de esas fue una conversación, que me quedo hasta el día de hoy grabada de él, sentado en un sillón en una esquina y mi mamá parada discutían sobre mi, mi mamá me llama y me dice que el papá ya se iba, que tenía que elegir si me quedaba con ella o me iba con él, yo pensaba y decía no importa que Roberto me pegue por mi elección, yo me quedo con mamá Berta, y la elegí a ella, él se enojó y la amenazó, le dijo -si viene la policía por mí, le diré que usted se robó la niña, pero Roberto dijo ella, como le dices eso a la niña, entonces mamá Berta me tapo los ojos y oídos y así tal cual, desapareció para no verlo hasta en un tiempo más.

Continuará – “Crónicas del abandono – Doble identidad Forzada – Cap.05”

Personas Rol
Ojos Marrones Autor
Cristian Vásquez Diaz Editor 
@PiojoChile

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Revista Piojo.cl

Acerca de…

Revista PiojoChile está compuesta por una red de colaboradores con opinión, orientada a generar Conciencia Social a través de escritos urbanos.


Sitio Principal Piojo.cl
Twitter @PiojoChile
Pagina Facebook
Grupo en Facebook
Pagina en Google+
Canal de Youtube