La muerte del lenguaje y su desplazamiento infinito

La muerte del lenguaje y su desplazamiento infinito

La muerte del lenguaje y su desplazamiento infinito

El lenguaje es algo tan viejo como el hablar, tan senil como la palabra, tan antiguo como la concepción de las desgracias que envían los dioses para mantener los mismos cuentos de las desgracias que no terminan o pueden callar.

Pero esta antigüedad no deja de lado la muerte, dado que ante el lenguaje, todo parece extenderse infinitamente, en su ejecución e inclusive después de la muerte respecto de algún hecho, un suceso o hasta de su propia historia.

La muerte ya sea de su misma finitud o reflexión, es reflejada y extendida por el lenguaje, actuando como un abrazo adulador y como un espejo que produce un reflejo infinito en cuanto al poder ejercido por la propia forma de extender toda representación y narración propia en sus distintas formas infinitas.

Entonces, la reflexión de la infinitud del lenguaje, deriva en el poder que tiene por su presecución de la muerte y su propia constitución y construcción a partir de la finitud de la muerte y por otra parte, por la infinita presencia más allá de la propia expresión como en el caso de su escritura y legado de los hechos que marcan la historia de la humanidad.

La escritura es la obra del lenguaje, capaz de avanzar profundamente y producir la duplicación de si misma, como una reduplicación del lenguaje, que hoy en la contemporaneidad se presenta como una aproximación a sus mismos orígenes, dada también por su capacidad para reproducir escritura y por ende la escritura reflejada en una obra.

La obra ciertamente, alberga el cuerpo mismo del lenguaje, donde la muerte le abre un espacio infinito a partir de su reflejo, dado que genera la figura de la muerte en si y su reflejo para si misma, y que deja como resultado una doble perspectiva de la posibilidad del lenguaje, por una parte una finitud de la muerte en si y la extensión infinita a partir de su muerte.

Como también en los origines desde la aparición de los dioses, que han susurrado el hablar para no morir, algo así como la sucesión de historias que deja el partir, que no desaparece y crea la expresión en la historia, para que el lenguaje lo transforme en una obra integral, y tan desnuda que solo el lenguaje puede desnudar y trascender a través de lo que la obra puede decir.

En estas doble intencionalidad del lenguaje, pude ocurrir que la dualidad del lenguaje de cuenta de un suceso que no es discontinuo o que ocurra una bifurcación, porque cada autor, por cierto, tiene una perspectiva distinta de lo que el lenguaje pulsiona, y por tanto, la aproximación del lenguaje da cuenta de una muestra su poder absoluto, donde establece la marca del limite que el mismo lleva como la delimitación de su reino, aquel reino del lenguaje que se impulsa a la necesidad del exceso y requiere de la finitud de la falta de muerte para extenderse.

Es así entonces como el lenguaje se dispone hacia el infinito, se impulsa y multiplica al infinito desdoblándose a si mismo. Ya que el lenguaje en su proceder infinito y se soporta en lo finito para su misión infinita de su reino comandante de la historia y que ni si quiera podría apoyarse ni reparar en lo más mínimo en lo mas vano, para continuar su camino casi obsesivo de creación y expansión infinita como un ente libre y sin fronteras.

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Equipo Revista Piojo.cl Autor: Equipo Revista Piojo.cl
Cristian Vásquez Diaz Edición
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