Condenar y Maldecir: Detestar las prácticas humanas no deseadas

Condenar y Maldecir: Detestar las prácticas humanas no deseadas

Condenar y Maldecir: Detestar las prácticas humanas no deseadas

Existen ciertas prácticas humanas a las que hemos conferido personalidad propia y eso nos ha permitido alejarnos de ellas para observarlas como eventos con una dinámica propia. Dentro estas prácticas, entre casi todo lo humano, se encuentran la economía, la política, la religión y el fútbol.

Cada una de ellas opera con mecanismos superiores al intelecto humano, solo unos pocos poseen las herramientas para darles un curso determinado, mientras la mayoría carecemos del poder necesario para controlarlas. A nosotros, los que no tenemos la intención de controlar nada, nos quedan dos opciones: o aceptamos que estas manifestaciones humanas son deseables como tales, o no lo aceptamos.

Es aquí donde lo primero es hablar con precisión para no caer en malos entendidos. Según la Rae, detestar es la “acción de Condenar y maldecir a alguien o algo, tomando el cielo por testigo”. Dejando de lado las circunstancias propuestas en esta definición, creo que debemos comenzar a detestar algunas prácticas humanas, especialmente cuando estas traen consecuencias negativas sobre lo propiamente humano. Debemos condenar aquellas situaciones en que la integridad de cualquier persona sea vulnerada.

No es tan complejo: cuando la economía derive en un sistema social que privilegia el bienestar de la propia economía, por sobre el bienestar de la humanidad, hay que condenarla y maldecirla, hablar mal de ella y acusar todas esas prácticas que permiten que una persona de 80 años deba vivir con una pensión de 100 mil pesos, mientras otro de la misma edad posee millones de dólares en una cuenta y sigue acumulando. A todas luces esto es una maldad y el problema radica en el lenguaje, cuando hablamos de economía le conferimos personalidad propia: crece y se desarrolla, sufre si no consumimos y se enferma si no se venden más autos que el año pasado aunque las calles de Santiago ya no aguaten más autos.

También cuando la política comience a protegerse a sí misma para mantener en el poder siempre a los mismos, hay que condenarla y maldecirla, hablar mal de ella y acusar con todas sus letras y en bordes dorados que una persona que gana 8.000.000 de pesos y que además recibe bonos y financiamiento para campañas de parte de los empresarios más ricos del país, no es una persona idónea para decidir que el trabajo de la mayoría de sus compatriotas vale 240 mil pesos. ¿Habrá paradoja más radical en nuestra sociedad?. Hay que reconocer que la política hace un muy buen trabajo cuando nos desencanta y nos deja en casa sin votar, o cuando nos encanta y nos hace votar por personas como Jovino Novoa.

Cuando la religión se imponga como una verdad absoluta y defina la forma de vida de quienes no creen o de quienes creen en otra cosa, hay que condenarla y maldecirla. Es tentador hablar de los fundamentalistas extranjeros sin ver nuestro propio extremismo. Nuestros católicos y evangélicos no se alejan de las prácticas impositivas de otras religiones. Especialmente nuestras iglesias que imponen sus límites morales a toda la sociedad. Las mujeres que abortan, los hombres que aman otros hombres, los niños y niñas a quienes se ha educado bajo una disciplina religiosa, todos ellos son constantemente violentados en nombre de una religión y no se les permite desarrollarse en libertad. Nos hemos acostumbrado a aceptar dogmas que no tienen más fundamento que un ideal, muy alejados de cualquier realidad.

Del mismo modo, cuando el fútbol confronte a los seres humanos al punto de identificar características negativas en los hinchas de otros equipos, y como consecuencia se deba denostar, agredir o matar al otro, hay que condenarlo y maldecirlo, debemos denunciar lo absurdo del fanatismo futbolístico y de la inutilidad de la existencia del fútbol como hoy se concibe. Hay que nombrar con todas sus letras cada una de las prácticas sociales que permiten que esto ocurra. Hay que hablar de los familiares, los compañeros de colegio o trabajo que se molestan porque su equipo es malo o porque son madres o zorras; hay que hablar del modelo de ser humano que propone este deporte y de las expectativas negativas que genera esta imagen en los jóvenes; hay que hablar de los millones oscuros que mueve el fútbol y de cómo influye el dinero en este y otros deportes; hay que hablar de la violencia, la competencia, del dinero, del fanatismo, de la religión de la economía y de la política.

Todo es parte de la misma mecánica de personalización de eventos que son de exclusiva responsabilidad nuestra, los humanos, y que como tales debemos revisar. Y cuando alguno de estos sea perjudicial para un compañeros de especie, hay que levantar la voz, acusar, evaluar y proponer. Yo creo que deberíamos erradicar a los clubes de sociedades anónimas del fútbol. Tal vez no erradicar, pero sí quitarle la importancia que se les da hoy en día y motivar la creación de clubes de barrio, así el héroe no será el futbolista que gana millones y choca ferraris, sino el panadero que además de levantarse a las cinco de la madrugada hizo los dos goles del triunfo. El fútbol es una práctica humana que nos podría ayudar a comprender y aceptar nuestras diferencias e incluso podríamos aprender a alegrarnos por la victoria del equipo que tenemos al frente. De eso se trata finalmente la vida, de saber ganar y de saber perder. Nuestras acciones están siendo conducidas hacia un patrón de exitismo que busca aniquilar al otro, cuando el mayor éxito debiese estar en aprender a respetar para esperar que nos respeten. Hay que encontrar la voz que nos permita mostrar aquello que no debemos aceptar y que hay que detestar. Por eso hay que maldecir cuando un ser humano sea traicionero de sí mismo, así como nos enseñó Violeta:

Maldigo por fin lo blanco,
lo negro con lo amarillo,
obispos y monaguillos,
ministros y predicandos
yo los maldigo llorando;
lo libre y lo prisionero,
lo dulce y lo pendenciero
le pongo mi maldición
en griego y en español
por culpa de un traicionero,
cuánto será mi dolor.

Personas Rol

Cristian Trujillo

Autor:Profesor de lenguaje y comunicación
Cristian Vásquez Diaz Edición
@PiojoChile

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