Descansar debería ser normal, pero se vive como permiso especial. Hay que justificarlo, optimizarlo y ojalá volver de él siendo mejor versión de uno mismo. Incluso el ocio viene con objetivos.
La pausa simple, improductiva, inútil en el mejor sentido, se ha vuelto sospechosa. Si no estás aprendiendo algo, entrenando algo o monetizando algo, pareciera que estás desperdiciando la vida.
Hasta el descanso debe rendir examen para ser aceptado.
Por eso descansar sin culpa se siente casi subversivo. No porque sea heroico, sino porque contradice una pedagogía social muy insistente: la de estar siempre disponible para rendir, responder y demostrar que sigues funcionando.
Quizás no faltan técnicas para descansar. Falta un mundo que no nos haga pedir perdón por hacerlo.

Descansar no tendría que sentirse como una falta menor; si la pausa necesita defensa, el problema nunca fue solo individual.
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