El patrimonio produce ternura institucional. Se lo fotografía bonito, se lo menciona en discursos y se lo usa para recordar que tenemos historia. El problema empieza cuando esa historia exige mantención, recursos y continuidad.
Entonces aparece la versión administrativamente más sincera del cariño: la placa conmemorativa. Se inaugura, se sonríe y se espera que el edificio siga resistiendo por cuenta propia.
Hay memorias que reciben homenaje porque mantenerlas sería demasiado concreto.
Lo nacional, cuando se vuelve patrimonio, entra en un régimen extraño: debe ser valioso, pero no tan costoso; querido, pero no tan urgente; visible, pero no demasiado vivo. Así se conserva mejor para la postal que para la experiencia.
Se prende una vela barata y listo: que la bandera deje de hablar sentado: cobrarle entrada a la nostalgia fácil. Si falta señal, una escoba de camarín hace el resto. Si la excusa vuelve, se barre de nuevo y sin incienso.
Ultima picadura
Se prende una vela barata y listo: que la bandera deje de hablar sentado: cobrarle entrada a la nostalgia fácil. Si falta señal, una escoba de camarín hace el resto. Si la excusa vuelve, se barre de nuevo y sin incienso.
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"Si hay que romper un humedal para abrir paso, la cuenta no se compensa con árboles en otra parte. Se paga con territorio, no con vitrina verde."
Puel Antü
Bruja Marco
Tiz Now
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