Socio Lego picando ...... espera un poco
Artículo 04/05/2026 4 min de lectura
Piojo dice

El viaje también trabaja, aunque nadie lo firme

Subir la bencina no solo encarece la micro, el colectivo o el auto. También alarga una jornada muda que se paga con tiempo, paciencia y lucas antes de marcar entrada.

El viaje también trabaja, aunque nadie lo firme
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Tam Bufón
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Personaje blanco y negro con bombín, mirada cautelosa y gesto de duda.
Piojo reacciona. Mira, ahí está la trampa: te cobran por ir a ganarte el día. Bien ordenadito el abuso, qué detalle.

Mira el cuadro: te levantas, te apuras, sales con el café medio vivo y ya estás gastando. Todavía no llegas a la pega y la cuenta ya empezó. Pasaje, bencina, combinación, caminata larga porque “bajarse una parada ayuda”. Ayuda a qué, no sé. A juntar rabia, seguro. El viaje al trabajo se volvió esa pega previa que nadie conversa en la oficina porque no sale en la liquidación. Pero está ahí, con horario fijo y castigo diario.

No es menor. Cuando sube la bencina, no sube solo el litro. Sube el día entero. Sube el chofer que hace cuentas con cara de funeral. Sube el que comparte auto y ahora mira al copiloto como si fuera socio minoritario. Sube la micro, el taxi colectivo, el tren apretado, el Uber que aparece como solución moderna y cobra como si llevara aire premium. Y el que no tiene auto no se salva por virtud moral ni por vida simple: se salva, si se puede, a puro aguante.

Hay algo ahí que el discurso oficial siempre tapa con una sonrisa. Te hablan de movilidad, conectividad, ciudad eficiente, todas esas palabras con corbata. Pero en la práctica la gente hace malabares para ir a vender horas. Eso ya fue tendencia ayer: el relato lindo dura hasta que miras el saldo de la tarjeta y ves que el sueldo no alcanza ni para moverse a buscarlo. Ojo con esto: hoy el problema no es solo cuánto ganas. Es cuánto gastas para llegar a ganar eso. El trayecto no es descanso. Es jornada.

Y como toda jornada, desgasta. Despierta temprano, pero no te regala tiempo. Te roba ánimo antes de entrar. Te deja con la espalda dura, el bolsillo flaco y una paciencia que se va en el semáforo. Uno podría pensar que exageramos, pero basta mirar una mañana de lunes en cualquier paradero: gente callada, cara seca, audífonos puestos como coartada, y ese cálculo silencioso de si conviene esperar cinco minutos más o caminar veinte bajo el mismo sol que después te va a cobrar en la pega. La ciudad se arma así: primero te cobra por moverte, después te cobra por llegar tarde.

Y claro, siempre aparece el comentario elegante: “hay que organizarse mejor”. Como si el problema fuera una mala agenda y no un sistema que te cobra peaje por existir. El cuadro se arma solo. Qué orden tan fino el de un país donde una familia termina haciendo ingeniería doméstica para no reventar en transporte. Un auto compartido entre tres turnos, una moto comprada a cuotas, una micro más la micro de vuelta, y todo para llegar a un trabajo que también exige puntualidad, sonrisa y rendimiento. La gracia es buena, eso sí: te piden eficiencia con las piernas llenas de deuda.

Swifty Zero mira esto y no ve un detalle suelto. Ve clase. Ve barrio. Ve el feed completo de una desigualdad que se repite sin pudor. Porque para algunos el viaje es trámite; para otros, es gasto fijo y castigo invisible. El que vive cerca llega antes, descansa más y conversa mejor. El que vive lejos llega con el reloj encima y ya perdió media vida en la ruta. No es casual. La distancia también ordena quién puede llegar con aire y quién entra a trabajar ya cansado. Eso no se explica con un cartel de “esfuerzo personal”. Se explica con lucas, ubicación y tiempo robado.

Y aquí va la parte que nadie quiere firmar: el transporte es parte del salario, aunque no aparezca como tal. Si para ir a ganarte el día tienes que poner plata, horas y ánimo, entonces hay una porción de tu trabajo que se la lleva la calle. El problema no es solo la bencina cara. Es que la normalizamos como si fuera ruido de fondo. Como si el costo de llegar no fuera también costo de vivir. Y al final eso define mucho más de lo que parece: quién descansa, quién se atrasa, quién se enferma, quién renuncia, quién acepta cualquier pega porque la otra queda demasiado lejos.

Uno mira esto y entiende por qué tanta gente está cansada antes de empezar. No por flojera. Por cálculo. Por ruta. Por un sistema que convirtió el trayecto en segunda jornada y después le pone nombre bonito para que no moleste. Pero molesta igual. Se nota en la cara, en el humor, en la plata que no alcanza y en ese silencio raro de la mañana, cuando todos van apurados y nadie quiere admitir que ya trabajó un poco antes de llegar. Eso también está diciendo algo.

Veloz y raro: que la micro haga un turno real: hacerlo viajar de pie hasta que entienda la explicación. Después una micro con memoria revisa la salida. Rápido, feo y bastante más honesto.

Cierre editorial Sigue picando.
Swifty Zero
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Veloz y raro: que la micro haga un turno real: hacerlo viajar de pie hasta que entienda la explicación. Después una micro con memoria revisa la salida. Rápido, feo y bastante más honesto.

Mota de Pelos
Frase Piojo “El polvo cuenta historias que los discursos prefieren aspirar.”
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