La cultura nacional entra cómoda en una fonda, una cueca televisada o una campaña turística. Afuera de ese marco, parece perder volumen institucional. Como si lo propio fuera más fácil de querer cuando viene envuelto en fiesta breve y nostalgia administrable.
Después nos preguntamos por qué la memoria cultural se siente delgada. Tal vez porque la dejamos vivir apenas unos días al año, lo suficiente para vender identidad, no tanto como para conversar con ella en serio.
Lo nuestro dura mucho. La atención que le damos, bastante menos.
Se prende una vela barata y listo: instalar una escoba de camarín sobre la bandera; cada vez que alguien ordene el cuento bonito, se aplica esto: sentarla al lado de quienes nunca salen en la foto. La magia no existe, pero la vergüenza a veces trabaja.

Se prende una vela barata y listo: instalar una escoba de camarín sobre la bandera; cada vez que alguien ordene el cuento bonito, se aplica esto: sentarla al lado de quienes nunca salen en la foto. La magia no existe, pero la vergüenza a veces trabaja.
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