La cultura nacional entra cómoda en una fonda, una cueca televisada o una campaña turística. Afuera de ese marco, parece perder volumen institucional. Como si lo propio fuera más fácil de querer cuando viene envuelto en fiesta breve y nostalgia administrable.
Después nos preguntamos por qué la memoria cultural se siente delgada. Tal vez porque la dejamos vivir apenas unos días al año, lo suficiente para vender identidad, no tanto como para conversar con ella en serio.
Lo nuestro dura mucho. La atención que le damos, bastante menos.

Si la cultura nacional solo aparece en formato fiesta, el resto del año no estamos celebrando identidad: estamos administrando escenografía.
Deja tu comentario
Tu comentario se guarda con tu correo, pasa por captcha y queda visible solo después de aprobación.






Todavía no hay comentarios aprobados en esta pieza.