La fila enseña. Enseña a esperar, a no reclamar demasiado fuerte, a sospechar que alguien pasará primero y a normalizar que el tiempo propio vale menos cuando depende de una ventanilla.
Hay algo profundamente social en ese aprendizaje del turno eterno. No es solo desorden. Es costumbre. Una manera de acostumbrar el cuerpo a que todo se demore, incluso lo urgente.
En la fila no solo avanzas lento: también ensayas obediencia.
Y sin embargo nadie la presenta como institución educativa. Una pena. Ya tiene programa, disciplina y evaluación práctica.

Cuando esperar se vuelve costumbre, la paciencia deja de ser virtud y empieza a parecer una forma discreta de obediencia.
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