Esperar como disciplina
La fila ya no es solo una fila. Es una pedagogía. Te enseña que tu tiempo vale menos que el procedimiento, que tu cansancio cabe perfectamente dentro del sistema y que el orden se parece mucho a la resignación cuando uno lo mira desde abajo.
Nadie inaugura una fila. Nadie la celebra con cintas. Pero ahí está: doblando la esquina, comiéndose la mañana, ordenando cuerpos cansados bajo una lógica que llama normalidad a lo que solo es desgaste administrado.
El mérito de aguantar
Hay algo profundamente social en ese hábito de soportar sin escándalo. Se espera para pagar, para reclamar, para ser atendido, para pedir una hora, para demostrar que todavía se tiene paciencia cívica. La fila reemplazó a la conversación. Donde podría haber pregunta, hay número. Donde podría haber explicación, hay monitor.
La fila no solo organiza personas. También domestica el reclamo.
Y aun así se insiste en que el problema es individual: llegar más temprano, ser más ordenado, tener más paciencia. Como si la infraestructura del malestar pudiera resolverse con virtudes privadas. Como si el tiempo perdido no tuviera también una política.

La fila no solo demora el trámite: también enseña cuánto cuesta vivir dentro de un sistema que administra el cansancio.
Deja tu comentario
Tu comentario se guarda con tu correo, pasa por captcha y queda visible solo después de aprobación.





Todavía no hay comentarios aprobados en esta pieza.