La moral del rendimiento
Nos enseñaron a mirar el trabajo como una promesa de dignidad, ascenso y seguridad. El problema es que, para mucha gente, trabajar cada vez más ya no abre camino: apenas evita el derrumbe inmediato. Se trabaja para seguir alcanzando justo. Para no caer. Para no atrasarse demasiado.
Lo curioso es que esa experiencia se sigue narrando como si fuera una historia de mérito. Si estás exhausto, te faltó organización. Si no te alcanza, debes mejorar tus decisiones. Si colapsas, probablemente necesitas una app nueva para ordenar tu vida.
La precariedad moderna no siempre te deja sin trabajo. A veces te deja con demasiado trabajo y el mismo vacío.
Hay una violencia fina en convertir el agotamiento en virtud. Quien descansa parece sospechoso. Quien pone límites parece poco comprometido. Quien duda parece frágil. Así, la vida laboral se llena de pequeños rituales de obediencia sonriente: responder tarde, estar disponible siempre, fingir entusiasmo incluso cuando el cuerpo ya se declaró en huelga silenciosa.
En Chile, donde el costo de la vida sube con disciplina y los sueldos conversan poco con esa disciplina, el esfuerzo se vuelve un idioma obligatorio. Hay que rendir. Hay que adaptarse. Hay que agradecer tener algo. Y mientras tanto el tiempo libre se achica hasta parecer un lujo extraño, casi inmoral.
Lo más irónico es que el discurso motivacional sigue funcionando precisamente donde la estructura falla. Cuanto menos protege el sistema, más se exige actitud. Cuanto más dura la intemperie, más se celebra la resiliencia individual. Como si el problema fuera anímico y no material.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué clase de sociedad necesita convencernos todos los días de que el cansancio también puede ser una forma de éxito? Tal vez una sociedad que ya no sabe repartir bienestar, pero todavía sabe diseñar relatos para que la gente soporte su ausencia.
Trabajar no debería sentirse como correr detrás de una vida que siempre se mueve un paso más allá. Y sin embargo ahí vamos, organizando mejor el desgaste, optimizando la falta de tiempo, profesionalizando el agotamiento. Todo muy eficiente. Todo muy triste.

Trabajar hasta el agotamiento no debería parecer mérito; cuando apenas alcanza para seguir igual, el esfuerzo también se vuelve síntoma.
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