Hay gente que llega a su casa sin fuerzas para hablar. Pasó el día resolviendo problemas, aceptando tareas que ya no cabían en la jornada y acomodando la cara para que no se notara tanto. Al día siguiente tiene que volver. Hay cuentas que pagar, una familia que sostener y una frase dando vueltas: “aguanta un poco más”.
Cuando escucho hablar de transformación del trabajo, pienso también en esas personas. No solo en la herramienta nueva, el software nuevo, la capacitación nueva o el organigrama nuevo. Pienso en quien ya venía cansado antes de que le pidieran aprender otra vez, rendir más rápido y sonreír en la reunión donde todo se presenta como oportunidad.
Depre Zion mira esto desde poca energía, no desde la épica. Y desde ahí se ve distinto. Como ingeniero, uno puede entender que una herramienta mejore un proceso. Como sociólogo, hay que preguntar qué pasa cuando ese cambio aterriza sobre alguien que ya está agotado. Puede tener ganas de aprender y miedo al mismo tiempo. Puede querer participar y callar porque necesita conservar su empleo.
Las estaciones del trabajo tienen algo de esa experiencia. La primavera llega con un proyecto nuevo. Hay entusiasmo, promesas, colores en la presentación y una palabra que siempre aparece peinada: compromiso. Quien se incorpora quiere demostrar que merece estar ahí. A veces empieza a quedarse después de hora sin que nadie tenga que pedírselo. El exceso aprende a vestirse de iniciativa.
Después viene el verano del proyecto. Todo está en marcha. Aparecen las urgencias, los resultados, los indicadores, las llamadas fuera de hora, el teléfono vibrando en la casa. El descanso se posterga con una excusa razonable: “solo esta semana”. Pero hay semanas que se reproducen como fotocopias. Una persona puede acostumbrarse a ese ritmo hasta que deja de reconocer cuánto le está costando.
Luego llega el otoño. Una tarea desaparece. Una herramienta cambia. El conocimiento que alguien construyó durante años necesita revisión. Ahí no solo cambia un procedimiento: se toca la seguridad de una persona y la idea que tiene de sí misma. Aprender algo nuevo puede ser valioso, sí. También puede remover el miedo a dejar de ser necesario.
Humberto Maturana abordó el aprendizaje como una transformación que ocurre a través de la experiencia. Desde esa mirada, la pregunta no es solo si dimos una capacitación, sino qué experiencia ofrecimos para aprender. ¿Una donde se puede practicar? ¿Una donde equivocarse no cuesta humillación? ¿Una donde preguntar no te deja marcado como lento? Porque aprender bajo amenaza no es lo mismo que aprender en confianza.
Una capacitación termina en unas horas. La persona sigue trabajando con sus dudas. Necesita practicar, equivocarse chico, preguntar sin quedar expuesta, tener tiempo dentro de la jornada y saber qué se espera de ella. Si todo eso no existe, el aprendizaje queda como decoración: una diapositiva bonita sobre una espalda cansada.
El invierno puede llegar con el agotamiento. Hay quien sigue cumpliendo mientras pierde las ganas de participar. Se levanta, hace lo necesario, responde lo justo y guarda la energía para no romperse en público. Le queda poca fuerza para pensar en el futuro. No porque no quiera, sino porque el presente le está cobrando intereses.
En una situación así, hablar de autorregulación exige cuidado. Podemos pedirle a una persona que reconozca sus límites, pero tendrá que poder decir que una carga resulta excesiva. Podemos invitarla a descansar, pero su descanso tendrá que ser respetado. Podemos hablar de bienestar, pero si todo límite amenaza su estabilidad, el consejo llega tarde y llega mal.
Émile Durkheim examinó la anomia en La división del trabajo social. Señaló que la cooperación se debilita cuando las relaciones entre funciones carecen de una regulación suficiente. Esa reflexión sirve para mirar los acuerdos reales de un equipo: quién responde por una decisión, cuánto trabajo puede asumir cada persona, qué ocurre cuando alguien pide ayuda y qué pasa cuando una urgencia se vuelve costumbre.
Esas preguntas necesitan respuestas que se cumplan. La autorregulación implica observar lo que nos pasa y ajustar la conducta. Pero en el trabajo necesita margen real para actuar. Una persona difícilmente podrá ajustar su ritmo si cada intento de poner un límite amenaza su empleo, su evaluación o la imagen de “compromiso” que debe sostener para no quedar fuera.
Las decisiones laborales tienen responsables. Un despido no llega con el frío. Una sobrecarga no aparece con el calor. Una herramienta no cae del cielo como lluvia. Alguien decide, alguien comunica, alguien mide y alguien vive las consecuencias. Por eso cuesta celebrar una transformación sin preguntar qué les está pasando a quienes la sostienen.
El problema no es cambiar. El problema es fingir que el cambio no tiene cuerpo. Que aprender no cansa. Que adaptarse no mueve miedos. Que pedir ayuda no tiene costo. Que la familia, las cuentas, la salud y la noche partida no entran en el organigrama. Ahí la transformación se vuelve sospechosa: habla de futuro, pero ocupa cuerpos del presente como material desechable.
Depre Zion no trae una solución brillante. Apenas deja una pregunta sobre la mesa, al lado de la mochila, las cuentas y el teléfono que todavía vibra: ¿puede una persona decir que está agotada sin tener miedo de perder su trabajo? Si la respuesta es no, entonces el problema no está solo en su capacidad de autorregularse. Está en la estación completa.
Ultima picadura
Cuidarse no puede depender solo de fuerza personal: necesita condiciones reales para decir basta sin que la vida se venga abajo.
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"Dejar una pared no salva nada; apenas ordena el despojo para que entre por caja."
Ancestral Ista
Depre Zion
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