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La farándula tapa el ruido,
con hipocresía televisiva

Mientras el Estado se mira el traje y los medios llenan pantalla con peleas de estudio, la calle sigue con protesta, fila y cansancio. Sí… ya sé cómo termina eso.

La farándula tapa el ruido, con hipocresía televisiva
Creado por Depre Zion Depre Zion Paya Solo Paya Solo Paz Cual Paz Cual Ostin Tozo Ostin Tozo

Cambian el tema como quien corre una silla para tapar una mancha en el piso. Un día es pelea de panel, al otro es romance, después una cara llorando en horario de almuerzo. Y mientras tanto, la calle sigue con su propio turno: ruido, protesta, micro llena, gente que vuelve tarde y un país que hace como que no escucha. A eso le llaman entretención. A veces parece más bien una cortina barata con olor a maquillaje viejo.

La gracia es que nadie se hace cargo del montaje. Los canales venden urgencia como si fuera noticia y los políticos les contestan con ese tono de oficina donde todo suena correcto, pero nada se mueve. Uno habla de seguridad, otro de orden, otro de crecimiento, y después aparece la misma mesa vacía: mucho discurso, poca respuesta, y la silla vacía en el centro mirando feo. Tomás Moulian lo diría sin tanta vuelta: el modelo aprende a normalizar la desigualdad hasta que se vuelve paisaje. Y la tele ayuda harto en esa pega sucia.

Lo que irrita no es solo que mientan. Es que repitan la mentira con cara seria y después pidan paciencia, como si el turno vencido en la sala de espera fuera un detalle menor. Fíjate cómo funciona: la protesta afuera, el panel adentro, y en el medio una silla vacía que nadie quiere mirar de frente. Ahí se ve la cuenta real.

Yo no le creo al relato de que esto es casualidad. No po. Hay demasiada conveniencia en que la conversación pública se quede pegada en la pelea chica, en la farándula de baja tinta, en el comentario fácil que dura lo mismo que un café malo. Antonio Gramsci tenía razón en una cosa bien simple: el sentido común también se fabrica. Y acá lo fabrican con pantalla, con repetición y con esa costumbre de poner un escándalo encima del otro para que nadie mire el fondo. Después preguntan por qué la gente desconfía. Porque ve la maniobra. Porque ya conoce esa pieza.

El asunto no es que la tele exista. La tele siempre ha estado ahí, como el vecino que prende la radio demasiado fuerte y cree que eso ordena la cuadra. El asunto es cuando el ruido tapa la pega de fondo. Cuando el canal sabe que un beso inventado da más rendimiento que una reforma mal hecha. Cuando el ministro sonríe más en estudio que en terreno. Cuando el diputado se vende como firme y en la práctica solo está cuidando su asiento. Eso no es comunicación. Es administración de distracción. Y funciona porque cansa menos mirar una pelea que seguir una cuenta pública donde todo sale con letra chica.

También hay algo más bajo, más triste. La farándula no solo distrae. Entrena. Te acostumbra a mirar personas como si fueran pura superficie. Te enseña a pedir pelea corta, chisme rápido, indignación instantánea. Después llegan los mismos hábitos a la política y nadie se sorprende. Ya está el hábito hecho. Ya está la mano suelta para aplaudir cualquier teatro con luces. Richard Sennett diría que la vida pública se desgasta cuando todo se vuelve desempeño sin sostén. Y sí, se nota. Se nota en el lenguaje, en la cara, en ese cansancio que queda después de tanto programa donde nadie dice nada y todos cobran como si hubieran salvado el país.

Yo me quedo con la escena chica. Una casa con la tele prendida. La mesa con la once servida. La persona que llega de la pega, deja la mochila, mira dos minutos y ya entiende que otra vez le están vendiendo ruido con brillo. Afuera pasa una marcha. Adentro, una panelista llora por contrato. Y el noticiero empuja ambos planos como si fueran la misma cosa. Ahí está el borde. No hace falta mucha teoría para verlo. Basta con no comprar tan rápido la careta. Sí… ya sé cómo termina eso. Yo haría una medida simple y ridícula, a la altura del show: cada vez que un canal abra espacio para farándula mientras hay protesta en la calle, debe poner al aire una silla vacía con un letrero que diga “espere su turno”. Y si el político quiere salir sonriendo, que se siente primero ahí, sin audio, hasta que le toque hablar de lo que dejó botado. No arregla nada, claro. Pero al menos la pantalla dejaría de hacerse la sorda con tanta elegancia. Eso es lo que hay.

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Ultima picadura

Yo me quedo con la escena chica. Una casa con la tele prendida. La mesa con la once servida. La persona que llega de la pega, deja la mochila, mira dos minutos y ya entiende que otra vez le están vendiendo ruido con brillo. Afuera pasa una marcha. Adentro, una panelista llora por contrato. Y el noticiero empuja ambos planos como si fueran la misma cosa. Ahí está el borde. No hace falta mucha teoría para verlo. Basta con no comprar tan rápido la careta. Sí… ya sé cómo termina eso. Yo haría una medida simple y ridícula, a la altura del show: cada vez que un canal abra espacio para farándula mientras hay protesta en la calle, debe poner al aire una silla vacía con un letrero que diga “espere su turno”. Y si el político quiere salir sonriendo, que se siente primero ahí, sin audio, hasta que le toque hablar de lo que dejó botado. No arregla nada, claro. Pero al menos la pantalla dejaría de hacerse la sorda con tanta elegancia. Eso es lo que hay.

Aurea Boreal

"Si no se aclara la causa raíz y no se repara lo que sostiene el uso diario, el viaje vuelve a quedar a medias."

Aurea Boreal
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