Lo vi en la pantalla del celular, en la micro, con el reflejo azul pegado al vidrio y la gente apretada como si el día viniera con sobrecupo. Un adulto hablaba para arriba, con esa voz de feria que se infla sola, y al frente un niño respondía lo que podía, que en verdad era poco, porque no había por dónde. El cuadro era tan torcido que daba risa seca. Parecía payaso de entretención, pero sin carpa, sin aplauso y sin gracia de fondo. Solo la parada, bien puesta, como si eso bastara para tener razón. Ahí me saltó la primera sospecha. Cuando el grande necesita empujar al chico para verse firme, ya no está conversando, está armando escena. Y la escena, ya se sabe, siempre cobra entrada. El niño no tenía caja de herramientas para esa pelea. No tenía frase larga, ni voz de experto, ni ese modo de hablar que suena a discurso aunque no diga nada. El otro sí. Tenía volumen, tenía cara de seguridad, tenía esa costumbre tan chilena de hablar como si el mundo le debiera asiento. Y el niño, pobre, quedaba como utilería. Ni por donde ganar. Como cueca bailada por un solo zapato.
Cuando el fuerte necesita hacer show con un niño, no busca convencer. Busca que el resto mire la mano y no el fondo. Y ahí está la movida vieja, la de siempre, la que se disfraza de conversación para no llamarse abuso de voz.
Me acordé del puesto de sopaipillas al lado del paradero, con el aceite oliendo a tarde y el poste lleno de afiches rotos. Ahí uno ve mejor las cosas. Nadie se gana la vida a gritos, porque la masa no sube por puro volumen y la moneda no cae más pesada porque alguien hable bonito. En la calle, cuando alguien quiere pasar por encima, se nota en el ademán, en la forma de mirar, en la manera de apretar el celular como si fuera bastón de mando. En la pantalla, en cambio, todo se vuelve más fácil para el vivo. El algoritmo le hace cariño al ruido, le pone brillo a la careta y le regala público a quien menos lo merece. Después nos preguntamos por qué tanta gente habla para la cámara y tan poca escucha al que tiene al frente. Pucha, si hasta el micrófono parece hecho para premiar al que más interrumpe. Y no, no es solo una pelea chica. Es una costumbre grande. El adulto que se luce sobre un niño enseña una lección bien miserable, aunque venga envuelta en tono de maestro. Enseña que el tamaño manda, que la voz tapa el contenido, que el que sabe hacer show puede torcer la escena a su favor y salir con cara de haber hecho patria. Esa es la parte que me da más vuelta que el resto. Porque el niño no pierde solo por edad. Pierde porque el cuadro ya venía armado para que perdiera. Como esas reuniones donde nadie entiende nada, pero igual aplauden al que habla más fuerte porque parece que eso ordena la mesa. No ordena nada. Solo deja a todos más cansados y al vivo un poco más cómodo.
En el campo uno aprendía otra cosa. Si un viejo le hablaba duro a un muchacho, al menos había barro, herramienta y trabajo de por medio. Se veía el costo. Se veía si el reto servía o solo era puro desahogo. En la ciudad, en cambio, hay adultos que convierten cualquier roce en espectáculo de pantalla, como si la dignidad viniera con filtro. Y el niño ahí, mirando sin saber si responder o correrse, termina siendo la prueba viva de que la conversación ya se perdió antes de empezar. El problema no es que no pueda ganar. El problema es que nunca le dieron una mesa pareja.
Yo me quedo con esa imagen, bien simple y bien fea, de un payaso muy serio usando la discusión como tarima. El niño al lado, quieto, y el resto mirando desde la micro como quien ve pasar una mala función que igual paga con tiempo. Así se nos va armando el país, a puro show con vitrina, a pura careta que quiere parecer argumento. La rima no arregla, pero deja marca. Y acá la marca es clara: cuando el grande necesita aplastar al chico para verse firme, no está discutiendo. Está comprando ruido. Y el ruido, ya sabemos, siempre lo termina pagando otro.
Ultima picadura
Cuando el fuerte necesita hacer show con un niño, no gana una discusión: compra ruido y le cobra al resto la entrada.
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"Si los huevos caben en la pantalla pero no en el corral, no me vendan fiesta: primero la llave, después el aplauso."
Lunita Soft
Paya Solo
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