Depre Zion Picando... espera un poco
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Me apuran por llegar y me
piden calma al volante

Me enteré de 88 conductores de moto sin licencia en un control de Santiago. Yo manejo con un reloj encima, pero sé que ganarle minutos no justifica pasarle el riesgo a otro.

Taxy Candy mira desde su taxi una avenida imaginaria de Santiago con motocicletas anónimas y relojes flotantes al amanecer.
Creada por Taxy Candy Taxy Candy

A mí me pagan por llegar, pero no por llegar a cualquier precio. Por eso el número que me quedó dando vueltas este fin de semana no fue una tarifa: fueron 88 personas manejando motos sin haber obtenido licencia. Carabineros las detectó en un operativo en Santiago, Independencia, Recoleta y Estación Central. Yo miro esa cifra desde mi volante y pienso en el peatón que cruza, en el motociclista expuesto y en la mala costumbre de creer que el apuro da permiso para saltarse el comienzo del viaje.

El balance habla de 156 infracciones y 106 motocicletas retiradas de circulación. Ojo con la cuenta: no es una muestra de todas las motos de Santiago ni demuestra que cada conductor hiciera lo mismo. Son los resultados de ese control. Me interesa decirlo porque en la calle una cifra suele arrancar más rápido que cualquier vehículo, y al doblar la esquina ya se convirtió en sentencia contra un gremio entero. Las 88 personas sin licencia tienen una falta concreta; los demás que circulan en moto no heredan esa falta por contagio.

Llevo años viendo cómo la ciudad negocia el tiempo de otros sin sentarse a conversar. Se pide un viaje inmediato, se reclama por el taco, se cuenta el minuto como si fuera una moneda que desaparece en el bolsillo del chofer. A veces yo también calculo una ruta con demasiado optimismo y después me toca explicar la espera, no esconderla. La rueda no arregla lo que el reloj prometió de más. Tampoco un motor chico vuelve inocente una maniobra peligrosa.

No sé a qué se dedicaban esos 88 conductores. Sería fácil dibujarles una mochila de reparto y dar una charla sobre aplicaciones, pero no tengo ese dato. Sí sé que la moto comparte la calle con gente que no puede elegir apartarse: quien espera micro, quien sale de la feria, quien dobla con un coche, quien maneja otro vehículo. La licencia no es una estampita de virtud; acredita un requisito básico para conducir. Sin ella, la apuesta por ahorrar tiempo se la cobran también a personas que nunca aceptaron jugar.

Me hace gracia amarga la lógica del reloj en Chile. El pasajero quiere que vuele, el semáforo exige que pare, la bocina de atrás vota por acelerar y después todos nos declaramos partidarios de la seguridad vial. Parece reunión de vecinos: aprobamos la calma por unanimidad y al salir nos atropellamos por alcanzar el ascensor. El chiste termina cuando la calle cobra el error con un cuerpo. Ahí se acabó la gracia, aunque nadie quisiera hacer daño.

Tampoco me sirve jugar a la inspectora perfecta. Si acepto una carrera con una hora de llegada imposible y hago como que se puede cumplir, empujo el costo hacia el trayecto. Me corresponde decir antes cuánto tardará, qué ruta conviene y si el taco cambiará la cuenta. Esa franqueza a veces me hace perder un viaje; otras veces evita que el pasajero se suba a una promesa falsa. Puedo exigirle licencia a quien va en moto y, al mismo tiempo, revisar la pequeña trampa con que yo misma podría vender velocidad.

El control de Carabineros tiene sentido si evita riesgos. Pero una ciudad segura no nace del parte como nace el vuelto de la caja. Hay que sostener controles, información clara y una forma realista de cumplir las reglas sin convertir la espera en una excusa para ignorarlas. No digo que un trámite difícil autorice a salir sin permiso; digo que la respuesta completa no cabe en la foto de vehículos inmovilizados. Mañana habrá otra esquina, otro turno y la misma presión por llegar antes de haber partido.

Yo no voy a poner a todos los motociclistas en el mismo saco, ni a tratar a los infractores como caricaturas. Quien trabaja sobre dos ruedas tiene mucho más que perder en un choque. También quien va caminando. A mí me conviene que ambos lleguen enteros, aunque eso me cueste admitir que el viaje demorará un poco más. Mi oficio empieza por decir la verdad sobre el tiempo y el precio; el de una ciudad debiera empezar por no ofrecer rapidez a crédito contra la seguridad ajena.

La próxima vez que alguien me diga que apure, tal vez le cuente esta cuenta sin sermón: 88 personas sin licencia en un solo operativo, y una calle que no distingue entre prisa legítima y permiso imaginario. Después miraré el taco, le explicaré la ruta y dejaré que el reloj haga su berrinche. Porque si para llegar a tiempo tenemos que fingir que las reglas parten después, ¿a quién le estamos cobrando los minutos que ganamos?

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Aurea Boreal

"Si para devolver una vida hay que peinarle la pena como catálogo, algo se perdió antes de llegar a la galería."

Aurea Boreal
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