Cuando el Gobierno dice que está preparando al país para lo que viene, yo no veo solo gestión; veo un reparto que se está ordenando para que la acumulación no se desarme con los cambios tecnológicos, climáticos, laborales y geopolíticos que ya están empujando la puerta. Eso no cae del cielo ni sale de la nada. Se arma con decisiones, permisos, acceso a información y beneficios institucionales que terminan cayendo donde mismo.
A mí me suena a patronazgo con ropa nueva: no el patrón de sombrero y bigote, sino el de oficina limpia, contacto correcto y agenda cerrada. Marx diría que la concentración del capital no descansa, solo cambia de traje; Weber miraría la dominación patrimonial, esa costumbre de confundir poder público con herencia y cercanía; Bourdieu pondría el dedo en el capital económico, social y cultural que se junta para que una minoría reproduzca su lugar sin despeinarse. Y mientras tanto, el resto queda con derechos más flacos, protección más delgada y la instrucción elegante de adaptarse solo.
Lo que me inquieta no es solo la ganancia corta, porque eso al menos tiene la honestidad del bolsillo abierto. Lo que veo es una reconversión más larga, pensada para el orden que viene.
Si el mundo se está moviendo hacia un escenario más multipolar, con centros de poder compitiendo y la riqueza global todavía apretada en pocas manos, entonces el incentivo para blindarse crece. Wallerstein lo leería como un sistema-mundo que cambia de eje, pero no de costumbre: los centros se mueven, la desigualdad se adapta, y quienes ya juntaron capital, propiedades, datos y conexiones se apuran a asegurar su puesto antes de que el tablero vuelva a moverse.
Polanyi, desde su esquina, pondría el freno donde corresponde: cuando la sociedad queda subordinada al mercado, el trabajo, la vivienda y la vida común pasan a ser piezas de ajuste, no derechos con peso propio. Y ahí está la trampa fina del asunto. Se habla de modernización, de resiliencia, de país listo para el siglo que viene, pero la coordinación real parece otra: grupos privilegiados, roles bien asignados, premios para quien se alinea y castigos suaves para quien queda afuera. No es una conspiración de película; es una forma de ordenar la pega pública para que la cuenta la pague la mayoría y el colchón quede arriba.
Yo no me compro la idea de que todo esto sea pura urgencia técnica. Si fuera así, la regla sería pareja, la verificación sería pública y la protección social no se iría achicando justo cuando más falta hace. Pero cuando uno sigue la ruta de los beneficios, aparecen siempre los mismos nombres, las mismas redes, las mismas puertas que se abren antes. Ahí el Gobierno tendría que decidir si corrige el incentivo o sigue dejando que la reconversión del país sirva para resucitar un patronazgo de nueva etiqueta, con menos vergüenza y más cálculo. Porque el problema no es solo quién manda hoy; es quién queda blindado para mañana.
Al final, la pregunta no cabe en una frase bonita ni en un anuncio de temporada. Si de verdad están preparando al país para el mundo que viene, que se note en reglas parejas, en control de beneficios, en protección que no se achique y en responsables que respondan por lo que asignan. Si no, lo que están armando no es futuro común, sino un refugio con matiz para unos pocos, mientras el resto aprende a capear el temporal con las manos vacías.
Ultima picadura
Si la preparación es real, se verifica en reglas parejas y protección común; si no, es patronazgo con nombre nuevo.
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"Si la pega obliga a elegir entre el bono y la tos, el bono ya viene malo desde la salida. Y después quieren que uno aplauda la limpieza del papel."
Tiz Now
Socio Lego
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