La farándula nunca fue inocente. Se presenta como ruido ligero, como una sobremesa sin consecuencias. Y, sin embargo, ahí está, ocupando pantalla con una disciplina admirable. No informa: distrae. No debate: administra emociones de baja intensidad. No ilumina: deja todo en una penumbra cómoda, donde nadie está obligado a entender demasiado.
La televisión banal aprendió una vieja astucia. Convertir la exposición en mérito. Volver relevante cualquier gesto si viene con música, reacción y escándalo. Así, la escena pública se parece cada vez más a un set. Todos actúan. Todos sobreactúan. Y el premio no es la verdad, sino la permanencia en cuadro. Erving Goffman habría sonreído con amargura. La vida social, sí, siempre tuvo algo de representación. Pero aquí el decorado ya se tragó el argumento.
El problema no es el chisme, que al menos admite su pequeñez. El problema es cuando la banalidad se vuelve pedagogía. Cuando enseña que opinar es reaccionar. Que saber es repetir. Que el mundo cabe en una pelea de estudio, en una lágrima bien iluminada, en una indignación que dura lo que dura el bloque comercial. La farándula impulsa ignorancia porque la vuelve cómoda, socialmente aceptable y hasta simpática. Nadie quiere quedar como amargado por pedir contexto.
Hay una economía afectiva detrás de esto. La pantalla no solo vende rostros. Vende una manera de estar en el mundo: rápida, superficial, disponible. El espectador entra en una lógica donde todo es inmediato y nada exige memoria. El resultado es conocido. Se debilita el juicio. Se achica la conversación. Se reemplaza la complejidad por una sucesión de gestos que parecen vivos porque están en movimiento constante.
La ironía es exquisita: se celebra la espontaneidad mientras todo está cuidadosamente producido. Se aplaude la autenticidad mientras se castiga cualquier espesor. Se llama “contenido” a esa fabricación continua de irrelevancia con brillo. Y como el brillo sigue encendido, parece que el país conversa. Pero muchas veces solo está mirando cómo se apaga el pensamiento, con buena iluminación.
El asunto es más serio de lo que admite su formato. Una televisión así no refleja únicamente un mal gusto colectivo. Lo organiza. Lo estabiliza. Lo hace circular hasta que parece natural. Y cuando la ignorancia se vuelve paisaje, la pregunta ya no es por qué la farándula existe, sino qué clase de ciudadanía se acostumbra a vivir rodeada de ella, sin siquiera notar el costo de fondo.
Tal vez ahí esté la verdadera hazaña del espectáculo banal: no distraer del poder, sino enseñarnos a convivir con él como si fuera entretenimiento.

Cuando la banalidad se instala como norma, hasta pensar parece una excentricidad.
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