La nación en vitrina
Hay días en que la patria parece reducirse a un decorado: una cueca de fondo, una escarapela de ocasión, una solemnidad que dura exactamente lo que dura la transmisión oficial. Afuera del encuadre, el país vuelve a su costumbre menos fotogénica.
La cultura nacional no desaparece. Se simplifica. Se vuelve postal. Se administra como si el símbolo pudiera reemplazar la conversación sobre lo que realmente somos, lo que excluimos y lo que todavía fingimos no ver.
Cuando la identidad se vuelve escenografía, la memoria entra por la puerta de servicio.
Lo curioso es que siempre se invoca lo nacional para unir, pero pocas veces para preguntarse quién queda fuera del retrato. Tal vez por eso ciertas celebraciones conmueven menos que antes: porque el folklore no alcanza para tapar la grieta cuando la grieta ya aprendió a bailar.

Cuando la identidad se usa como decorado, la cultura entra por la puerta principal y la memoria queda esperando detrás del telón.
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