El patrimonio produce ternura institucional. Se lo fotografía bonito, se lo menciona en discursos y se lo usa para recordar que tenemos historia. El problema empieza cuando esa historia exige mantención, recursos y continuidad.
Entonces aparece la versión administrativamente más sincera del cariño: la placa conmemorativa. Se inaugura, se sonríe y se espera que el edificio siga resistiendo por cuenta propia.
Hay memorias que reciben homenaje porque mantenerlas sería demasiado concreto.
Lo nacional, cuando se vuelve patrimonio, entra en un régimen extraño: debe ser valioso, pero no tan costoso; querido, pero no tan urgente; visible, pero no demasiado vivo. Así se conserva mejor para la postal que para la experiencia.

El patrimonio recibe mucho cariño en el discurso, pero se nota quién lo quiere de verdad cuando llega la hora de mantenerlo.
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