Bruja Marco Picando... espera un poco
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Aplaudí a la primera general
y me quedó una pregunta

Me importa el mérito y respeto el uniforme. Por eso celebro el ascenso de María Soledad Acevedo sin hacer como si la demora fuera una medalla.

Recon Servadora observa una silla de mando ante una puerta abierta en un salón institucional imaginario; una oficial anónima cruza el umbral.
Creada por Recon Servadora Recon Servadora

Me alegra que María Soledad Acevedo San Martín llegue a general de brigada. Lo digo sin hacerme la moderna de ocasión: me importa el uniforme, me importa el deber y me importa que quien sube haya trabajado para llegar. Precisamente por eso me quedé mirando el dato que acompaña el ascenso: es la primera mujer que alcanza ese grado en la historia del Ejército de Chile. Aplaudí. Después me incomodó tener que aplaudir un primer lugar que tardó tanto.

La oficial suma 32 años de servicio. Es ingeniera politécnico militar y ha pasado por funciones de logística, finanzas y salud. Integrará el Alto Mando de 2027 y asumirá la Dirección de Finanzas. No conozco su desempeño de primera mano ni pretendo repartir calificaciones desde una mesa de café. Sí puedo reconocer una trayectoria concreta. Y puedo preguntar por qué un país que honra la disciplina todavía anuncia con asombro que una mujer llegó a esa silla.

A mí las jerarquías no me escandalizan. En mi casa se enseñaba que la autoridad debe merecer respeto y, a cambio, cargar con responsabilidades. Cuando todo el mundo da órdenes y nadie responde, el barrio termina funcionando como una junta de vecinos en la que se perdió el libro de actas. Por eso no voy a fingir que una institución sin grados sería más justa por arte de magia. Lo que me inquieta es otra cosa: si la escala premia la preparación, ¿por qué la preparación de una mujer sigue sonando a novedad histórica?

Puedo oír mi propia respuesta de hace unos años: estas cosas toman tiempo. Es una frase cómoda, como decir que el ascensor viene en camino cuando una señora lleva media hora esperando abajo. El tiempo no toma decisiones. Las toman personas, reglamentos y costumbres. No tengo antecedentes para señalar una promoción específica ni para acusar a nadie de haber cerrado una puerta. Pero el carácter excepcional del anuncio merece más que una foto ceremonial y un brindis con cara de misión cumplida.

En la calle chilena conocemos la diferencia entre una puerta abierta y un pasillo transitable. A la hija le dicen que estudie, que cumpla, que sea la mejor. Después alguien observa que necesita más experiencia, más carácter, más paciencia; cualidades que al hijo se le presumen mientras las aprende. No afirmo que ese libreto describa cada ascenso militar. Hablo del libreto que yo misma he visto operar en salones, oficinas y reuniones donde la confianza se hereda con el apellido. Me resulta incómodo reconocer cuántas veces lo confundí con buenas maneras.

También me niego al aplauso condescendiente. Acevedo no necesita que la conviertan en símbolo de porcelana para que su cargo importe. La Dirección de Finanzas no es un premio de vitrina: habrá decisiones, recursos y responsabilidades. La misma vara con la que se mide a cualquier general debe servir aquí. Si la vara cambia para protegerla del escrutinio o para exigirle una perfección que a otros no se les pide, el gesto solemne se vuelve una trampa con galones.

Me causa cierta gracia el protocolo cuando descubre una novedad y se acomoda la corbata como si la hubiera inventado. Imagino al maestro de ceremonias buscando dónde poner el adjetivo histórico para no alterar el orden del programa. La institución puede celebrar un avance verdadero. Yo también lo celebro. Pero una celebración que no pregunta qué la hizo tardía se parece al anfitrión que felicita a la invitada por encontrar al fin la entrada que él mantuvo poco visible.

No voy a renunciar de golpe a mis convicciones para parecer simpática. Sigo creyendo en el deber, en la experiencia y en las instituciones que duran. Tal vez justamente por eso les exijo que no usen la tradición como coartada para dejar intacto todo lo que ya conocen. Una tradición digna de respeto puede corregirse sin desmoronarse. De hecho, si se rompe porque una profesional llega a dirigir finanzas, quizá lo que llamábamos solidez era solo miedo bien planchado.

Mañana el nombre de la primera general seguirá siendo noticia; después tendrá trabajo que hacer. Yo quisiera que la próxima conversación trate de cómo ejerce ese mando y de qué puertas quedan abiertas para quienes vienen detrás. Mientras tanto, guardo el aplauso y la pregunta en el mismo bolso. Si el mérito llevaba décadas listo para entrar, ¿quién estaba encargado de mirar la puerta?

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