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El centro que aprende a
mirar a la derecha

En Chile, el centro político suele presentarse como prudencia. A veces lo es. Otras, solo es la manera elegante de llegar tarde y con los bolsillos vacíos de convicciones.

El centro que aprende a mirar a la derecha
Creada por Ancestral Ista Ancestral Ista

Hay un viejo hábito nacional. El centro se sienta a la mesa diciendo que no quiere extremos, que prefiere equilibrio, que habla por la mayoría silenciosa. Suena razonable. Casi siempre suena bien. El problema es que, en la historia de Chile, esa voz moderada ha terminado muchas veces mirando hacia la derecha como quien busca refugio cuando sopla el frío. No por accidente. Por costumbre.

La derecha no siempre gana gritando. A veces gana administrando el miedo. Otras, ofreciendo orden con corbata limpia y una promesa de calma que parece hecha para casas con rejas altas. El centro, tan orgulloso de su tono sobrio, suele aceptar ese idioma como si fuera neutral. Y ahí empieza el viaje. Primero cede una palabra. Después una frontera. Luego una idea completa de país. Cuando quiere reaccionar, ya está defendiendo un sentido común que no inventó, pero que ahora parece propio.

Chile ha tenido una relación especial con la palabra estabilidad. La usa para todo. Para contener el conflicto social, para aplazar reformas, para justificar pactos, para volver presentable la desigualdad. La estabilidad, en este país, suele llegar con modales de adulto responsable y con una memoria muy corta. Se presenta como centro. Pero huele a derecha funcional. A esa derecha que no necesita parecer feroz porque otros hacen el trabajo de suavizarle el camino.

La historia no se mueve en línea recta. Se acomoda. Se repliega. Aprendió a sobrevivir a los golpes, sí. También aprendió a desconfiar de sí misma. Y en esa desconfianza el centro encontró su vocación más rentable: administrar el temor ajeno y llamarlo sensatez. No es que se vuelva derechista de un día para otro. Es peor. Se va pareciendo, sin darse cuenta, a aquello que decía contener. Lo hace con voz baja, con lenguaje técnico, con el gesto responsable de quien no quiere alterar la sobremesa.

Hay algo profundamente chileno en ese movimiento. La política aquí muchas veces no discute el futuro. Discute cuánto cambio aguanta el orden antes de romper su vajilla fina. Por eso el centro termina hablando como si el país fuera una pieza delicada, aunque afuera la gente viva con salarios que no alcanzan, con deudas que no perdonan y con servicios que llegan tarde, si llegan. En esa distancia entre el discurso prudente y la vida real se instala la gran comedia seria de nuestra política. Una comedia sin risas.

El giro a la derecha del centro no solo ocurre en las élites. También se filtra en el lenguaje común. En la idea de que pedir demasiado es exagerar. En la sospecha sobre quien reclama. En la conversión del conflicto social en problema de tono. Así se fabrica una moral pública donde lo razonable es no incomodar demasiado. Y, claro, cuando la incomodidad ya fue declarada indecente, la derecha no necesita conquistar nada: solo esperar a que la puerta se abra desde adentro.

La memoria histórica ayuda a ver este gesto con menos ingenuidad. Cada vez que Chile ha buscado un centro sin conflicto, ha terminado premiando la restauración del orden por sobre la transformación de fondo. El país parece querer avanzar, pero con la garantía de que nada esencial se desacomode. Es una aspiración muy nuestra. También muy cara. Porque esa quietud administrada siempre la pagan los mismos, y casi nunca quienes la celebran desde el podio.

La historia no se fue: cambió de silla y ahora toma té en la cocina. Desde ahí escucha a los moderados hablar de equilibrio, mientras el país real sigue esperando que alguien se atreva a no confundir calma con obediencia.

Primero que responda la tierra: una silla coja en la entrada, la mesa de acuerdo al medio, y una regla simple: sentarla sin café hasta que diga una cosa comprobable. Lo moderno puede esperar sentado.

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Primero que responda la tierra: una silla coja en la entrada, la mesa de acuerdo al medio, y una regla simple: sentarla sin café hasta que diga una cosa comprobable. Lo moderno puede esperar sentado.

Filosa Punzante

"Si el próximo frente encuentra el mismo punto abierto, que al menos quede escrito quién revisó, cuándo y con qué reparación quedó comprometida."

Filosa Punzante
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