La reunión estaba tibia, con café malo y una colación fría al medio, de esas que nadie mira porque ya bastante pesa la mañana. El jefe hablaba con esa seguridad de cartel pegado en la puerta, cortando la idea de una trabajadora cada vez que ella intentaba terminar una frase. La tercera vez que la dejó a medio camino, soltó una mueca y varios sonrieron mirando la mesa, como si el silencio también se pudiera cotizar. A Candela Dura le dio ese tirón corto en el pecho que aparece cuando una ve la misma escena, con distinto peinado y la misma mala costumbre: un jefe narcisista usando la sala como espejo, para verse grande a costa de achicar a otra persona.
Y ahí se nota el truco: la jefatura narcisista no lidera, administra aplausos. Necesita interrumpir, corregir en público, ridiculizar un poco y después mirar alrededor para comprobar quién le sigue el juego. No busca ordenar la pega; busca que todos giren en torno a su ego, aunque para eso tenga que dejar a alguien pagando el costo del mal rato.
En una micro de vuelta uno aprende rápido quién empuja con el hombro y quién se hace el dormido para no ceder el asiento. En la oficina pasa parecido, solo que el asiento es la palabra. Y hay jefes que no soportan que otra persona la ocupe completa, porque sienten que cada idea ajena les roba aire, protagonismo o control. Entonces interrumpen, corrigen, ironizan, hacen una pausa teatral y esperan la risa cómplice del resto. La maniobra es vieja, pero sigue funcionando porque mucha gente confunde autoridad con volumen.
El jefe no necesitaba razón, necesitaba marca de territorio. Y el resto, con esa sonrisa de pasillo que después llaman clima laboral, le estaba haciendo la pega. Candela Dura no compró esa escena ni por un minuto. Le recordó a una fila municipal donde el número avanza solo en el cartel, mientras adentro siguen pasando a otra persona por delante. Muy moderno todo, pero el trato sigue siendo el de siempre: alguien se siente dueño del espacio y el resto aprende a achicarse para no incomodar.
Entonces hizo algo chico, pero con peso. Esperó a que el jefe respirara y dijo, sin alzar la voz, que dejara terminar a la trabajadora. Nada de sermón, nada de teatro. Después, cuando él quiso seguir con la misma maña, Candela Dura tomó la palabra, devolvió el orden a la mesa y pidió que se repitiera la idea sin interrupción. No fue valentía de afiche, fue límite. Y el límite, cuando se pone a tiempo, desarma bastante de esa comedia narcisista donde el jefe cree que mandar es humillar y que el resto está ahí para aplaudirle el mal genio.
Lo más absurdo es que después todos se ponen serios cuando hablan de respeto, de colaboración, de liderazgo. Qué ganas de vender humo con papel membretado. Si un jefe necesita ridiculizar a alguien para sentirse firme, no está liderando nada, está sosteniendo una careta con los dedos. Y si el resto sonríe para no quedar mal, también participa, aunque después se lave las manos con un correo amable. Candela Dura vio ahí la costumbre vieja de premiar al que aprieta y pedirle paciencia al que recibe el golpe. Esa cuenta no da ni en una oficina con aire acondicionado ni en una feria con sol en la frente.
Al final, la reunión siguió, pero ya no igual. El jefe quedó con la boca un poco más corta, la trabajadora con su idea entera, y el resto con una cara que no les alcanzó para tapar lo visto. Candela Dura se quedó con la colación fría, mirando el vaso de café como si también tuviera memoria. No es tan suave como lo estás dejando: hay salas donde el poder entra primero, pero sale cojeando cuando alguien le recuerda que una persona no es un borrador para corregir en público. Y si hace falta repetirlo, que lo repitan de pie, sin aplauso y sin premio al final.
Ultima picadura
No fue una pelea grande, fue peor para el jefe: quedó claro que mandar no es interrumpir y que una sala no se ordena con una sonrisa de adorno.
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"En Chile la verdad camina; el cahuin llega en camioneta."
Huachaca Rete
Candela Dura
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