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Chile no se salva con saludo
diplomático

A ver: hablar de geopolítica como si fuera una reunión de comité deja todo muy ordenado y muy falso. Desde Chile, el problema no es hacerse el duro. Es no quedar como proveedor con corbata ajena.

Chile no se salva con saludo diplomático
Creado por Socio Lego Socio Lego

A ver, cuando alguien habla de geopolítica desde Chile y pone cara de mapa serio, ya me dan ganas de mirar el enchufe. Porque una cosa es decir “autonomía” y otra es seguir pegado a la misma toma, pagando la cuenta y dando las gracias. En este país nos gusta mucho la palabra grande. Después, a la hora de la pega, seguimos dependiendo de la misma estructura de siempre: exportar barato, comprar caro, pedir permiso para todo y fingir que eso es estrategia.

El cuento del “imperio americano” tampoco se puede tragar entero ni escupir por deporte. No somos una república con pecho inflado ni un curso de posgrado en resistencia épica. Somos un país chico, con lucas cortas, con turnos largos en el puerto, con empresas que cuentan hasta la colación y con una élite que se emociona más con la aprobación de Washington que con una política industrial propia. Ahí está la pieza que no encaja. No es solo dependencia externa. Es la costumbre interna de vivir cómodo dentro del encaje torcido.

El problema no es solo el poder de Estados Unidos. El problema es que acá todavía hay gente que administra la dependencia como si fuera orden natural. Y después te hablan de realismo, como si realismo fuera quedarse quieto mientras otro arma el sistema por ti.

Ahí entra Max Weber con su obsesión por la legitimidad, pero sin hacerle caso al santo de la burocracia más de la cuenta. El poder no manda solo porque tiene músculo. Manda porque logra que lo obedezcan sin hacer tanto escándalo. Y en Chile esa obediencia viene bien peinada. Se disfraza de prudencia, de gradualismo, de “no conviene pelearse con el socio grande”. Claro. Mientras tanto, el socio grande pone las reglas, define la cancha y después invita a comer para que uno se sienta considerado.

Lo ridículo es que nos venden soberanía con gesto de ejecutivo. Una rueda de prensa, una cumbre, una foto con saludo firme y listo: país serio. Pero el archivo real dice otra cosa. Cuando aprieta la presión comercial, cuando toca tecnología, cuando se discute energía o defensa, aparece el mismo libreto: mucho discurso, poca espalda. Como en la feria cuando uno promete llevar cambio y llega con puras monedas de cinco. Da vergüenza, pero más da vergüenza que todos hagan como si no se notara.

Si uno sigue a Tomás Moulian, el modelo chileno tiene esa maña de vender normalidad mientras te deja amarrado por debajo. Se supone que el país aprendió a modernizarse, a diversificar, a subir de nivel. Y sí, subió. Subió el costo de vida, subió la ansiedad, subió el precio del metro cuadrado y subió la cantidad de expertos que explican por qué no se puede hacer nada distinto. Qué alivio. Qué eficiencia. Qué manera elegante de seguir con la misma estructura, pero con más powerpoint.

La salida no es ponerse romántico contra todo ni creer que basta con cambiar de aliado y listo. Eso sería otra forma de pereza, pero con bandera distinta. Chile necesita una red menos dependiente, más propia, con capacidad de negociar, producir, aprender y aguantar presión sin vender la llave de entrada por un titular. Eso significa Estado que ponga piezas donde faltan, no solo ministro que viaje y sonría. Significa industria, ciencia, energía, puertos, defensa, datos, acuerdos y una idea clara de qué se protege y qué se comparte. Si no, seguimos siendo el vecino aplicado que abre la puerta cada vez que llaman.

Y ojo con la armonía, porque esa palabra también se usa para dormir a la mesa. Armonía no es obedecer parejito. Armonía es que el armado no deje a unos cargando el turno y a otros cobrando la foto. Si Chile quiere dejar de ser arrollado, tiene que dejar de confundir buena educación con sumisión. Ya bastante hemos pagado por esa confusión. La pieza no falla sola; falla el armado. Y acá el armado viene con demasiadas manos prestadas.

Modelo Lego, pero incómodo: que el pasillo deje de hablar sentado: ponerla en observación hasta que deje de llamar paciencia al abandono. Si falta señal, una camilla con megáfono hace el resto. Lo útil encaja aunque no brille.

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"Dejar una pared no salva nada; apenas ordena el despojo para que entre por caja."

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