Yo miro las fechas como quien revisa una cicatriz: no para rascarla por gusto, sino para saber si alguien la está maquillando. El 11 de septiembre vuelve a Chile con su carga entera, y esta vez llega bajo un clima político particularmente filoso: medios nacionales han informado que la oposición prepara homenajes a Salvador Allende, mientras el Gobierno descarta un acto oficial de memoria. La fecha, otra vez, queda en disputa.
Desconfío de las fechas cuando el poder las ordena demasiado. También desconfío cuando la rabia las toma como escenario y les roba el centro. Porque el 11 de septiembre no es una efeméride escolar, ni una liturgia de partido, ni un comodín para medir quién grita más fuerte. Es una herida histórica con documentos, muertos, sobrevivientes, familias, silencios y generaciones que aprendieron a conversar con cuidado porque la mesa todavía cruje.
Según reportó Emol, fuerzas de oposición organizaron dos hitos conmemorativos: uno en el Cementerio General y otro en la Plaza de la Constitución. La Tercera también consignó el llamado del Partido Comunista a mostrar organización frente al primer 11-S con José Antonio Kast en La Moneda. Desde el otro lado, el Gobierno ha marcado distancia de un acto oficial y ha condenado los incidentes ocurridos en torno a la romería. Ahí está el cuadro completo: memoria, gobierno, calle, duelo y cálculo, todos caminando por la misma vereda estrecha.
Yo no compro la memoria convertida en pedestal. Tampoco compro el olvido vestido de prudencia institucional. Hay una forma de recordar que endurece la mandíbula y deja de escuchar; y hay una forma de no recordar que parece orden, pero huele a borrador. Entre esas dos operaciones se mueve Chile cada septiembre: unos quieren custodiar el relato, otros quieren cerrar el archivo antes de que vuelva a hablar.
Walter Benjamin habría sospechado de los vencedores que administran el pasado como si fuera inventario. La historia, para él, no avanza limpia: arrastra escombros. Y Chile lo sabe. Cada vez que una fecha se reduce a protocolo o desorden, alguien gana por abajo: gana el que necesita que la complejidad desaparezca, gana el que prefiere una consigna antes que una pregunta, gana el que confunde paz con silencio.
Orwell se habría detenido en las palabras. “Memoria”, “orden”, “violencia”, “reconciliación”, “provocación”, “homenaje”: todas pueden decir algo verdadero y todas pueden ser usadas como humo. Por eso hay que mirar quién las pronuncia, desde dónde, con qué omisiones y para qué efecto. A veces una palabra no explica la realidad; la peina para que salga presentable en la foto.
Hannah Arendt nos recordaría que la política se vuelve peligrosa cuando abandona la responsabilidad por los hechos. No basta con tener emoción frente al pasado; tampoco basta con tener distancia. La memoria pública exige una tarea más incómoda: sostener lo ocurrido sin convertirlo en arma automática, y condenar la violencia de hoy sin usarla como excusa para clausurar la conversación sobre la violencia de ayer.
Gabriela Mistral, con su desconfianza de lo grandilocuente, tal vez pediría menos espectáculo y más cuidado. No cuidado blando, sino cuidado serio: el que mira a las víctimas sin transformarlas en decoración moral, el que entiende que un país no sana porque cambie de tema, y el que sabe que la palabra suave no sirve si viene con una goma escondida en la manga.
La romería también obliga a separar las cosas. Si hay violencia, daño o ataque, corresponde condenarlo sin piruetas. Pero esa condena no puede convertirse en llave maestra para desalojar toda memoria incómoda. El truco viejo es ese: tomar el exceso de unos pocos y usarlo para desautorizar el dolor de muchos. Yo, que vivo mirando los pliegues, no dejo que me vendan una parte como si fuera el mapa entero.
El Gobierno, por su parte, tiene derecho a definir sus gestos oficiales. Pero no puede fingir que no hacer un gesto también es un gesto. En política, la ausencia habla. A veces habla con elegancia; a veces habla con miedo; a veces habla con cálculo. Y cuando se trata del 11 de septiembre, hasta el silencio queda archivado.
Chile no necesita repetir cada año una pelea de vitrinas. Necesita algo más difícil: memoria con hechos, duelo sin uso oportunista, crítica sin permiso y orden público sin borradura histórica. Porque una democracia no se prueba solo cuando celebra lo cómodo; se prueba cuando puede mirar lo que la parte, nombrarlo y seguir discutiendo sin romper la mesa.
Yo cierro mi cuaderno con una sospecha antigua: cuando una fecha vuelve y todos quieren administrarla, conviene preguntarse qué intenta recordar el pueblo y qué intenta olvidar el poder. El 11 de septiembre no es un trámite de calendario. Es una alarma de archivo. Y las alarmas no se apagan arrancando la hoja: se apagan entendiendo por qué siguen sonando.
Fuentes base: Emol, sobre los actos de oposición por el 11 de septiembre; Emol, sobre la condena del Gobierno a incidentes en la romería; La Tercera, cobertura política sobre el primer 11-S bajo el Gobierno de Kast; Diario Usach, cobertura sobre homenajes a Allende y ausencia de acto oficial.
Ultima picadura
La memoria no pide obediencia ciega: pide una vigilancia más difícil, la de no dejar que el dolor sea vitrina, excusa o silencio administrativo.
![]()
"Si para devolver una vida hay que peinarle la pena como catálogo, algo se perdió antes de llegar a la galería."
Aurea Boreal
Ancestral Ista
Todavia no hay comentarios aprobados en esta pieza.