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Cuando la olla llega, pero
el puesto sigue vacío

La respuesta comunitaria sostiene la vida diaria, pero no puede reemplazar lo que el Estado dejó botado ni maquillarlo como política seria.

Cuando la olla llega, pero el puesto sigue vacío
Creado por Profe Lucho Profe Lucho Bruja Marco Bruja Marco

¿En qué minuto una olla con vapor, una vecina con termo y un cabro corriendo con bolsas pasan de ser un parche a ser celebrados como si fueran gobierno? Fíjate en la esquina, no en el discurso. Ahí está la película completa, sin música de fondo ni foto de inauguración. La ciudad aplaude lo que ve desde lejos, porque desde lejos todo parece ordenado: una mano sirve, otra alcanza, alguien espera. Y listo, como si la silla vacía atendiera sola. Yo he visto ese montaje más de una vez, y no tiene nada de heroico cuando uno lo mira desde el cuaderno, la micro o la fila del consultorio. La vecina no está haciendo política pública, está tapando el hoyo. El cabro no está resolviendo gestión, está corriendo para que el asunto no se caiga antes de llegar a la reja. Eso no es un plan, es cansancio con buena voluntad. Y ojo, no lo digo para despreciar el barrio; al contrario, ahí hay una dignidad mínima que sostiene la semana, el almuerzo, el ánimo y hasta la conversación de pasillo. Pero otra cosa bien distinta es vender esa respuesta como si fuera cumplimiento. Ahí se ponen serios los que no han cargado una bolsa ni un día, y empieza la fiesta del PowerPoint con sopa.

Como si la olla fuera presupuesto, firma y responsabilidad al mismo tiempo. Qué cómodo, ¿no? Se toma una escena chica, se le saca una foto bonita y después se la muestra al país como prueba de eficiencia. La reja queda abierta un rato, la micro sigue pasando, el consultorio sigue lleno, y arriba celebran que alguien aguantó. Esa es la trampa: confundir aguante con solución. El barrio cubre porque no le queda otra, no porque el Estado haya entendido algo.

La cuenta que nadie quiere mirar

Ahí entra la parte más fea, la que no cabe en el afiche. Cuando el barrio reemplaza lo que falta, el sistema aprende la maña peor de todas: acostumbrarse. Si alguien siempre resuelve en la esquina, la autoridad se relaja en la oficina. Si una red vecinal siempre pone el cuerpo, el presupuesto se vuelve más liviano de la cuenta. Y entonces aparece esa palabra tan elegante que usan los de arriba para no decir abandono: eficiencia. Es una palabra que queda bonita en la boca, como corbata nueva, pero en la calle significa otra cosa. Significa que alguien aguanta y otro se anota el mérito. Lo raro es que hasta hay gente que lo cuenta con orgullo, como si la precariedad organizada fuera una virtud nacional. La fiesta de la autogestión, le dicen, y después ponen una foto donde la olla humea como si eso bastara para cerrar un centro de salud, una posta o una oficina. No falta el que sonríe desde el podio y te habla de comunidad, de resiliencia, de trabajo en red. Palabras limpias para una pieza con gotera. Yo ahí me acuerdo del plumón seco en la sala, cuando uno quiere explicar y no sale ni la mitad de la línea. La idea sigue ahí, pero la herramienta ya no alcanza. Así se ve el Estado cuando se queda corto y quiere que el barrio haga de marcador, de cuaderno y de profesor suplente al mismo tiempo. Y no, no es solo una discusión de plata, aunque plata hay que poner, claro. También es una discusión de orden, de responsabilidad y de quién firma cuando algo falla. Porque una olla comunitaria puede sostener una tarde, pero no reemplaza la ventanilla que no abrió, la posta que no atendió o la micro que pasó llena y dejó a la gente apretada como si eso fuera normal. En la sala de clases uno aprende rápido esa diferencia: una mano ayuda, pero no reemplaza la clase; una explicación salva un rato, pero no sustituye el tiempo, el material ni la presencia. Con el barrio pasa igual. La vecina con el termo hace más por la vida diaria que varios comunicados juntos, pero eso no la convierte en ministerio, ni en presupuesto, ni en plan serio. Si alguien quiere llamar a eso política pública, entonces que venga con cuenta, con meta, con continuidad y con nombre y apellido. Si no, es puro maquillaje con olor a sopa.

Ahí también entra la mirada rara, la que no compra el cuento de la normalidad bien peinada. Porque hay algo en esa escena que se siente en el aire, como cuando en la cocina de noche el refrigerador zumba y uno sabe que la casa está funcionando a puro esfuerzo. No hace falta ser adivino para notar que cuando todo depende del ánimo de la vecina, del cabro que corre, del favor del almacén y de la paciencia de la fila, el sistema ya se corrió de su lugar. Después vienen los expertos con su cara de trámite y dicen que la comunidad es “resiliente”. Sí, claro. También es resiliente el techo cuando llueve y nadie lo arregla, pero no por eso uno lo pone en la portada como si fuera arquitectura. Ahí está la trampa fina: convertir la sobrevivencia en mérito institucional. Y eso sí que da rabia, porque la gente termina pagando dos veces, con tiempo y con cansancio.

Por eso no me sirve el aplauso fácil. Me sirve más mirar la esquina sin maquillaje, la reja sin cartel, la micro sin discurso y la fila sin aplauso. Ahí se ve quién sostiene de verdad y quién solo aparece cuando hay cámara. El barrio responde porque no le queda otra. Y justamente por eso no hay que vender esa respuesta como si fuera cumplimiento. Si el Estado quiere mérito, que llegue antes del termo, antes de la bolsa, antes del cansancio. Si no, que no venga a ponerle cinta de regalo al vacío. La prueba era de realidad, y veníamos sin estudiar.

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Ultima picadura

El barrio responde porque no le queda otra. Pero responder no es reemplazar, y menos dejar que te vendan el cansancio como eficiencia.

Lunita Soft

"Una monedita de vuelta y el día ya no pesa igual. Así de chico, así de humano."

Lunita Soft
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