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El plato vacío también vota

Cuando el gobierno deja sin beca alimentaria a quienes lo sostuvieron, el castigo no se discute en teoría: se siente en la mesa, en el colegio y en la papeleta.

El plato vacío también vota
Creado por Profe Lucho Profe Lucho Koer Sitivo Koer Sitivo

partamos por una cosa: hay decisiones que se anuncian como técnica y se viven como castigo. Uno puede leer un decreto, una glosa, un ajuste o una reasignación y pensar que todo eso queda en el papel. Pero después llega la semana, llega el recreo, llega la hora de almuerzo, y la cuenta se vuelve simple. Menos beca es menos comida. Menos comida es más rabia. Y cuando eso pasa en comunas que han sido bastión del oficialismo, el golpe no se puede esconder detrás de ningún discurso bonito.

No hace falta exagerar. Basta mirar la escena completa. Familias que organizaron su presupuesto contando con una ayuda para que el niño comiera en la escuela. Apoderados que no andan pidiendo favores, sino cumpliendo una rutina mínima para aguantar el mes. Estudiantes que ya conocen la vergüenza de llegar con poco. Y un Estado que un día les dice, con tono sereno, que el programa se revisa, se ordena o se prioriza. Traducción al idioma real: arreglátelas como puedas.

Ojo con esto: la beca alimentaria no es un premio moral. No es una medalla por portarse bien. No es una cuota para quedar agradecido. Es una pieza básica de protección. Cuando se corta o se achica sin cuidado, el problema no es solo presupuestario. El problema es político, porque el mensaje cae sobre el mismo territorio que ayudó a sostener el poder. Y ahí el gobierno deja de parecer administrador y empieza a parecer cobrador.

En esos barrios y comunas, la memoria es corta solo para el que mira desde lejos. La gente recuerda quién vino a pedir voto, quién prometió dignidad, quién habló de prioridades y quién puso la cara en campaña. Después, cuando aparece el ajuste, no hay mucha vuelta. La familia no ve una planilla. Ve la colación que falta. Ve el niño que vuelve con hambre. Ve el gasto que se corre a otra parte. Y entiende, sin necesidad de seminario, que el relato quedó más caro que el almuerzo.

Exacto: aquí no se trata de una molestia abstracta. Se trata de confianza rota. Porque si el oficialismo gana con la promesa de cuidar a los suyos, pero después aprieta justo donde más duele, la gente aprende rápido. Aprende que la lealtad sirve para la foto, pero no siempre para la caja. Aprende que el voto fue leído como apoyo, no como mandato. Y ese error no se corrige con una vocería ni con una frase sobre eficiencia. Se corrige, si acaso, con hechos que no aparezcan tarde.

El plato vacío no espera al informe

A ver, miremos el detalle. Las becas alimentarias suelen quedar fuera del debate grande porque no levantan ruido inmediato. No dan titulares largos. No permiten una pelea elegante en televisión. Pero sostienen algo que la política suele tratar como decorado: la vida diaria. En la escuela, la comida no resuelve todo, claro. Pero sin comida, todo se pone peor. Más cansancio, menos atención, más conflicto, más vergüenza. El aula lo sabe antes que el ministerio.

Fíjese en la crueldad administrativa de este tipo de recorte. No llega con insulto. Llega con formulario. No llega con grito. Llega con correo. No llega diciendo “vamos a castigar a los que nos apoyaron”. Llega diciendo que hay que ordenar, focalizar, revisar antecedentes, depurar padrones. Palabras limpias para una consecuencia sucia. Y ahí está el problema operativo: cuando el lenguaje se pone fino, el daño puede entrar igual, sin pedir permiso.

En la escuela pública, uno ve esa secuencia de inmediato. Hay niños que no reclaman porque no tienen cómo. Hay familias que estiran el silencio porque ya están cansadas de pelear. Y hay directivos y docentes que terminan explicando lo que no deberían explicar. Un profesor no debería convertirse en traductor de una política mezquina. Pero pasa. Una y otra vez. Uno hace clase con lo que hay, no con lo que prometieron. Y a veces, además, hace de mensajero del abandono.

El gobierno suele creer que la lealtad electoral es una especie de crédito infinito. Ganan en un territorio, reciben respaldo en una población dura, y luego administran como si esa base estuviera obligada a aguantar cualquier cosa. Grave error. La gente no vota para ser tratada como clientela. Vota esperando algo concreto. Si no llega, el enojo no nace por ideología pura. Nace por desgaste. Y el desgaste, fíjate, es más peligroso que la consigna.

Uno puede pedir paciencia cuando hay apuro. Lo que no puede hacer es pedir paciencia mientras deja vacía la olla.

La lealtad también se mide en la mesa

Lo más incómodo de todo esto es que el castigo no siempre cae donde el gobierno cree. No pega solo en la estadística. Pega en la conversación familiar, en la feria, en el sindicato, en la reunión de apoderados. Pega en la cara de quien defendió al oficialismo cuando otros lo atacaban por conveniencia. Y pega doble cuando el afectado siente que lo dejaron solo justo después de haber puesto el voto y la esperanza.

Ahí la política deja ver su lado más chico. Porque es fácil hablar de justicia social en campaña. Lo difícil es sostenerla cuando toca distribuir de verdad. No con slogans. Con recursos. Con prioridad. Con criterio. Y ese criterio se nota precisamente en lo que se protege primero. Si lo primero que se ajusta es la comida de estudiantes pobres, entonces el orden de las prioridades ya quedó claro. No hace falta más explicación.

Hay quien intentará defender la medida con el viejo recurso de la neutralidad técnica. Dirán que no alcanza, que hay que hacer más con menos, que el país tiene restricciones, que no todo puede financiarse. Todo eso puede sonar razonable en una sala cerrada. Pero en la escuela se escucha distinto. Porque cuando falta la beca, el problema no se siente como eficiencia. Se siente como abandono. Y el abandono, en política, cobra intereses.

También conviene decir algo que muchos evitan. El oficialismo no solo pierde apoyo cuando castiga a los suyos. Pierde autoridad moral. Y esa pérdida pesa más que una encuesta mala. Porque una fuerza política puede sobrevivir a un tropiezo. Lo que cuesta más es sobrevivir a la idea de que ya no mira a su base como sujeto, sino como costo. Ahí la relación cambia. Y cuando cambia, no vuelve con una conferencia.

No es tan difícil hacer las cosas bien. El problema es que hacerlas bien exige elegir. Exige resistir la tentación de recortar donde duele menos en el escritorio, aunque duela más en la mesa. Exige entender que la política no se mide solo por disciplina fiscal o por buena prosa. Se mide por el trato real que da a quienes dependen de ella. Cuando esa medida falla, el voto pierde valor, pero no porque la gente se vuelva ingrata. Pierde valor porque la promesa fue usada y no cuidada.

Y aquí conviene dejar la incomodidad en claro. Si el plato vacío se vuelve costumbre en los mismos lugares donde el gobierno se hizo fuerte, no estamos frente a un error menor. Estamos frente a una señal de fondo. La base no se rompe solo por la oposición. También se rompe por el propio abandono. Entonces la pregunta queda ahí, sin maquillaje: ¿cuánto aguanta un votante cuando descubre que lo cuidaron para la campaña y lo dejaron solo para gobernar? con eso basta para ver el problema

Con lápiz rojo: menos panel y más objeto ridículo: una silla coja. Su única pega: sacarla a hacer fila con la gente que nombró. Si no aprende, repite realidad.

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Con lápiz rojo: menos panel y más objeto ridículo: una silla coja. Su única pega: sacarla a hacer fila con la gente que nombró. Si no aprende, repite realidad.

Huachaca Rete

"En Chile la verdad camina; el cahuin llega en camioneta."

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