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El Estado con hijo en
particular y discurso para
todos

Mira el cuadro: el que firma el servicio público muchas veces no se sube al mismo servicio. Y después nos piden fe, como si la fe tapara la cuenta.

El Estado con hijo en particular y discurso para todos
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Fíjate en el detalle chico. El funcionario habla de servicio público con la misma cara con que uno habla del clima. Pero en la casa, el hijo va a colegio privado. Y cuando toca doctor, la tarjeta es de isapre. Entonces uno mira y dice: ya, pero no me vengai con esa escena tan armada. Porque servir al pueblo, al parecer, es mejor cuando el pueblo lo usa otro.

Eso no es un error menor. Es una costumbre. Y la costumbre acá pesa más que el discurso. El que trabaja en el Estado no siempre cree en el Estado. Lo administra. Lo defiende en la radio, lo corrige en el pasillo, y a la hora de pagar la matrícula o hacer una fila larga, saca el cuerpo por la ventana. Eso no era verdad, era marketing con rabia. Una mano te pide confianza y la otra te deja el papel del seguro privado bien guardado en la cartera.

La escena es conocida. Reunión de apoderados, colegio municipal apretado, profes agotados, niños con frío, y al lado, el mismo país que te habla de igualdad desde una oficina con aire. Después sale el discurso sobre fortalecer lo público. Claro. Pero mira el dato vivo: el que redacta la frase no manda a su hijo ahí. No siempre porque sea mala persona. A veces por miedo, a veces por conveniencia, a veces porque ya aprendió que la confianza oficial dura hasta que toca usarla de verdad.

Ahí está la trampa: se pide lealtad al servicio público como si fuera una fe, mientras adentro del mismo Estado se toma distancia apenas se puede. Si el sistema no sirve ni para quien lo administra, ¿por qué le van a pedir al resto que haga fila con cara de agradecido?

Y ojo, no se trata de romantizar el colapso ni de hacer el numerito del “yo sí aguanto todo”. No. Se trata de otra cosa más simple y más fea: la gente que conoce el atajo lo toma primero. Si el hospital público se vuelve espera, si el colegio público se vuelve parche, si la atención se vuelve una pega más, entonces el que puede se corre. El problema no es solo la salida. Es el privilegio de elegir sin decirlo en voz alta.

Eso también arma el relato. Porque después vienen los mismos de siempre a hablar de compromiso, de patria chica, de vocación, de bla bla con corbata. Y uno queda mirando el montaje. Servicio público con salida privada. Lenguaje común con vida aparte. Muy ordenaditos para explicar el país, pero muy listos para no vivirlo entero. Cacha qué cómodo: defender la mesa mientras comes en otra casa.

Y sí, hay excepciones. Siempre las hay. Profesores que mandan a sus hijos al mismo sistema, médicos que se atienden donde atienden al resto, funcionarios que no se arrancan al primer presupuesto. Pero esas excepciones duelen porque muestran que sí era posible. Entonces la pregunta no es solo moral, es de clase, de diseño y de consecuencia: ¿qué clase de Estado es ese que incluso sus propios trabajadores tratan como plan B? Ahí no hay épica. Hay una rendija bien abierta.

Al final, el problema no es que alguien gane mejor y pueda pagar otra cosa. El problema es el gesto repetido de vender lo público como casa propia mientras se lo usa como pasillo. Eso también está diciendo algo. Y lo está diciendo bajito, como quien sabe que el truco ya se notó. Así no más po.

Dato contra humo: que la promesa deje de hablar sentado: sentarla sin café hasta que diga una cosa comprobable. Si falta señal, un megáfono con pilas malas hace el resto. El brillo baja y aparece la costura.

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Dato contra humo: que la promesa deje de hablar sentado: sentarla sin café hasta que diga una cosa comprobable. Si falta señal, un megáfono con pilas malas hace el resto. El brillo baja y aparece la costura.

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"La camiseta queda colgando como una promesa con etiqueta grande, mientras el cabro la mira desde abajo, igual que quien mira una pelota pinchada antes del recreo."

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