Jhoni Estuco Picando... espera un poco
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La familia no necesita
partido: ya tiene oficina

A ver quién le compra al país que la pelea es entre rivales cuando al final todos llegan al mismo pasillo, se conocen por nombre, se deben favores y terminan ordenando el turno como si el poder fuera una mesa de maicillo en reunión de curso.

La familia no necesita partido: ya tiene oficina
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Mira, cuando uno ve una pantalla prendida con el noticiero de fondo y la cara seria de siempre hablando de renovación, se da cuenta al tiro de que el libreto está más usado que colación de oficina. Cambian el peinado, cambian el tono, cambian la sigla, pero el grupo sigue siendo el mismo, como si el país viniera arrendado por una familia grande que se reparte el living, la cocina y la llave del portón. Uno mira eso y piensa en la pega chica de verdad, en el turno que no perdona, en la luca que falta para la micro o en el almuerzo frío que nadie te guarda. Ellos, en cambio, discuten fuerte para la cámara y después se pasan la carpeta en silencio, como vecinos peleados que se prestan el taladro el mismo sábado. Ahí está la gracia mala del asunto. La política se vende como choque, pero funciona como pasillo interno. Se conocen todos, se ubican por apellido, por colegio, por barrio, por matrimonio, por socio, por favor viejo y por la mesa donde alguna vez alguien los sentó a comer. El poder, entonces, no se disputa como en la feria cuando llega el último cajón de tomates, sino como club cerrado donde nadie quiere que entre el que no sabe saludar con la mano correcta. Y claro, después hablan de servicio público con una solemnidad que da risa seca, porque uno les ve la pinta de administradores del mismo cajón, no de gente peleando por cambiarlo. La pieza no falla sola; falla el armado. Y acá el armado está hecho para que el poder no se suelte ni aunque cambie la música.

Lo más descarado no es que se peleen. Lo más descarado es que se peleen para ordenar mejor la misma mesa, como si el país fuera un trámite y ellos el timbre que pasa de mano en mano.

Uno podría decir que eso pasa porque la política es compleja, que hay acuerdos, gobernabilidad, experiencia, toda esa ropa planchada que usan cuando no quieren admitir que se cuidan entre ellos. Pero en la vida diaria la cosa se ve más simple. Se ve en la fila del consultorio cuando llega el conocido del alcalde y entra antes, se ve en la pantalla cuando anuncian una reforma y al rato aparece el primo del primo en una comisión, se ve en la cara del asesor que ayer aplaudía una idea y hoy la corrige porque cambió el viento. No es que no haya discusión, claro que la hay, pero parece discusión de sobremesa con mantel caro: se alzan la voz, se tiran los cubiertos por encima, y al final alguien sirve el postre y todos siguen. Sí… ya sé cómo termina eso. Y no, no termina con el vecino de la esquina sentado a la mesa. Termina con el mismo círculo de siempre, ese que se pasa la posta como quien guarda asiento en la micro, mirando de reojo que nadie de afuera se siente al lado del chofer.

Fíjate en el detalle chico, que es donde se cae la careta. Cuando un grupo dice que pelea por ideas, pero se pone de acuerdo apenas se apaga la cámara, lo que hay no es debate, es administración del mismo negocio con distinto logo. Cambia el afiche, no cambia la caja. Cambia la frase, no cambia el reparto. Y ahí la pantalla hace su pega sucia, porque deja todo bonito para que el cansancio de la gente parezca exageración y no cuenta corta. Uno vuelve a la casa, prende la tele mientras calienta el pan, y ve a los mismos de siempre hablando de futuro como si el futuro fuera una llave maestra que se hereda con el apellido. Al final alguien paga la cuenta, y casi nunca son ellos. La paga el que espera, el que vota, el que hace la pega, el que cree que esta vez sí se abrió la puerta. Pero la puerta sigue con el mismo candado bonito, y la llave sigue pasando entre primos, socios, compadres y viejos conocidos. Eso también está diciendo algo, aunque lo digan con voz de ceremonia y fondo azul.

Me da risa, pero de esa risa que sale cuando ya no queda otra. Porque el cuento de la casta no es solo un insulto de rabia, también es una foto de grupo bien tomada. Ahí están, con sus mismos apellidos, sus mismos contactos, sus mismos silencios. Se reparten el turno como quien guarda asiento en la micro, se cuidan las lucas como quien no quiere que se le caiga la bandeja, y cuando alguno hace show por la ventana, los demás le aplauden desde adentro para que no se note la costura. Afuera queda la gente mirando la pantalla, creyendo que hay pelea de verdad, mientras adentro ya resolvieron lo importante, que es no soltar el módulo principal. Y lo peor es que hasta el enojo les sirve, porque el ruido les limpia la mesa. Uno mira eso y piensa en una asamblea con acta arrugada sobre la mesa, todos hablando de cambio mientras la silla plástica sigue en el mismo rincón, esperando que alguien se haga cargo de moverla de verdad. Esa es la cuenta. Un portón con apellido, una carpeta que cambia de mano y una llave que nunca cambia de bolsillo. Así está la pega.

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Ultima picadura

Un portón con apellido, una carpeta que cambia de mano y una llave que nunca cambia de bolsillo.

Lunita Soft

"La plaza no la salva el que pasa rápido ni el que se cree muy ocupado. La salva el abuelito que suelta miguitas sin apuro y le deja trabajo a las palomas, no al ego."

Lunita Soft
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